Alexa no durmió aquella noche.
Se quedó sentada en el suelo, con la nota del sello de olivo en una mano y la carta de Valentina en la otra, comparando la tinta bajo la luz de la lámpara hasta que los ojos le ardieron. No había duda. El mismo azul. El mismo pulso nervioso en los trazos.
Alguien, dentro de aquella casa, tenía acceso a la letra de una mujer muerta hacía tres años. O alguien era capaz de imitarla con una precisión perturbadora.
A las seis de la mañana, antes de que la casa despertara, Alexa guardó ambos papeles en el forro descosido de su maleta, el único escondite que había traído de su antigua vida y que nadie en aquella mansión conocía. Se lavó la cara con agua fría y bajó a buscar a la única persona que, sospechaba, podía orientarla sin necesidad de mentir.
Encontró a Elvira en la cocina, amasando pan con las mangas subidas hasta los codos.
—Buenos días, señorita. Es temprano.
—Elvira, necesito preguntarle algo y necesito que me conteste con la verdad.
La mujer dejó de amasar. Se limpió las manos en el delantal, despacio, ganando tiempo.
—Ya le dije que no sé nada.
—¿Dónde guardaba sus cosas el señor Ricardo Varelli? Su despacho antiguo, sus pertenencias personales. Su reloj.
Elvira palideció de un modo que confirmó, antes de hablar, que la pregunta había dado en el blanco.
—¿Por qué pregunta eso?
—Porque creo que hay algo escondido en ese reloj. Y creo que usted sabe de qué hablo.
La bibliotecaria del barrio, la maestra de la escuela, el funcionario del banco: Alexa había aprendido a lo largo de su vida que la gente asustada necesitaba, antes que presión, un motivo para confiar. Así que hizo lo único que le quedaba: se sentó frente a Elvira, al otro lado de la mesa de la cocina, y le habló como una mujer habla a otra cuando ambas han perdido demasiado.
—Mi madre murió hace tres meses, Elvira. Mi padre desapareció hace dieciocho años y nadie, nunca, me dijo la verdad sobre nada. Vine a esta casa porque no tenía otra salida. Pero ahora sé que la primera esposa del señor Varelli me buscó antes de morir. Que escribió una carta que nunca llegó a entregar. Y que alguien, anoche, se coló en su habitación mientras yo dormía a dos puertas de distancia.
Elvira se santiguó.
—No debería saber nada de eso.
—Pero lo sé. Y necesito que me ayude.
La mujer miró hacia la puerta de la cocina, hacia el pasillo de servicio, como si temiera que las paredes repitieran sus palabras a quien no debía oírlas. Después, con un suspiro que pareció desprenderle años de encima, habló en voz muy baja.
—El reloj de pared del antiguo despacho de don Ricardo. Nadie lo toca desde que murió. Está en la biblioteca del tercer piso, la que ya no se usa. El señor Damián mandó cerrar esa ala hace seis años, pero la llave sigue en el llavero de la cocina, el que cuelga junto a la puerta trasera.
—¿Por qué nadie la usa?
—Porque don Ricardo murió allí dentro. —Elvira bajó aún más la voz—. Un infarto, dijeron. Pero yo llevaba treinta años sirviendo en esta casa, señorita, y sé reconocer un miedo cuando lo veo. Y la noche en que murió don Ricardo, toda la familia tenía miedo.
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La biblioteca del tercer piso olía a polvo y a papel viejo, un aire estancado que nadie había removido en años. Alexa entró con la llave robada del llavero de cocina, con el pulso acelerado y la certeza de que, si la descubrían, el contrato de un año podría romperse esa misma tarde.
Las estanterías llegaban hasta el techo, cargadas de volúmenes encuadernados en piel que nadie parecía haber abierto en décadas. Un escritorio enorme ocupaba el centro, cubierto por una sábana blanca amarillenta. Y en la pared del fondo, imponente, un reloj de péndulo de caoba oscura marcaba una hora detenida: las once y veintitrés.
El mismo reloj de la fotografía que había visto en una revista vieja, años atrás, en un artículo sobre la mansión Varelli.
Alexa se acercó despacio. Pasó los dedos por la madera tallada, por las agujas inmóviles, por el cristal cubierto de una fina película de polvo. Abrió la puertecilla frontal donde colgaba el péndulo. Nada, solo el mecanismo oxidado y una telaraña reseca.
Busca en el reloj de tu padre. Él lo sabía todo.
Revisó la base. Nada. Revisó la parte trasera, buscando algún compartimento, alguna bisagra disimulada. Sus dedos temblaban de impaciencia.
Entonces recordó algo que su padre le había enseñado hacía mucho, en una de esas tardes de mercado que ahora le parecían pertenecer a otra vida: los relojes de verdad no solo dicen la hora, hija. También guardan secretos en la esfera.
Presionó el centro de la esfera, donde se cruzaban las agujas. Nada. Probó girarlas con cuidado. La hora cambió, el reloj crujió con un sonido metálico oxidado, pero no ocurrió nada más.
Hasta que, por casualidad, las colocó exactamente en las once y veintitrés. La misma hora detenida que marcaba el reloj cuando entró.
Un clic apenas audible.
Un pequeño panel, oculto bajo el número seis de la esfera, se abrió hacia afuera como una portezuela diminuta.
Dentro había una llave pequeña, de bronce ennegrecido, y un trozo de papel doblado tantas veces que parecía una piedra.
Alexa lo desdobló con manos temblorosas. Era una nota breve, escrita con una letra firme y antigua, muy distinta a la de Valentina:
Si alguna vez encuentras esto, significa que ya no estoy para explicarlo yo mismo. Lo que hice con Ernesto Montes no tuvo la intención que el tiempo le ha dado. Fue un trato de negocios que se convirtió en otra cosa. Hay una caja en el banco Dumont, sucursal central, a nombre de E. Montes. Esta llave la abre. Que Dios me perdone por no haber tenido el valor de deshacer lo que empecé.
R.V.
Alexa leyó la nota tres veces, buscando aire entre cada línea.
Su padre tenía una caja de seguridad. Una caja que Ricardo Varelli conocía, que Ricardo Varelli temía, y cuya llave había escondido dentro de un reloj detenido a propósito en la hora de su propia muerte.