La segunda esposa.

Capítulo 5: El hombre de las cicatrices.

Adrián se enteró del banco Dumont antes del desayuno.

Alexa lo supo en el instante en que bajó al comedor y lo encontró ya sentado, con una taza de café humeante entre las manos y una sonrisa que no auguraba nada bueno.

—Dicen que ayer diste un paseo —dijo, sin levantar la vista del periódico que fingía leer—. Qué productivo. El banco Dumont, nada menos.

—¿Cómo lo sabes?

—En esta casa, querida, los secretos tienen patas cortas. —Dobló el periódico y la miró con una curiosidad genuina, mezclada con algo más oscuro—. ¿Encontraste lo que buscabas?

—Encontré lo que necesitaba.

—Interesante respuesta. Evasiva, pero interesante. —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Deberías tener cuidado con a quién le cuentas lo que encontraste. No toda la gente de esta familia quiere lo mismo que tú.

—¿Y tú qué quieres, Adrián?

—Ya te lo dije. Dinero. Y algo de justicia, de paso, aunque no me creas capaz de sentir eso.

Antes de que pudiera responder, Damián entró en el comedor con el rostro tenso y un sobre en la mano. Se sentó en su lugar habitual sin saludar a nadie, y deslizó el sobre hacia Alexa por encima del mantel.

—Llegó esto a primera hora. Para ti.

Era idéntico al primero que había recibido: papel grueso color marfil, aunque esta vez sin sello de lacre. Dentro, una sola hoja mecanografiada, sin firma:

El hombre que te siguió ayer se llama Mauro Fenoy. Trabaja para quien presta dinero a los Varelli cuando los bancos legales ya no quieren hacerlo. Pregúntale a Ramón por qué conoce tan bien ese nombre.

Alexa levantó la vista. Ramón, al otro extremo de la mesa, se había puesto pálido como la porcelana de su propia taza.

—¿Quién te siguió? —preguntó Damián, con una calma que no engañaba a nadie: la mano con la que sostenía el tenedor temblaba apenas.

—Un hombre fuera del banco. Con cicatrices en los nudillos.

Ramón dejó caer la cucharilla contra el plato con un tintineo seco.

—No sé de qué estáis hablando —dijo, demasiado rápido, demasiado alto.

—Nadie ha dicho tu nombre, tío —intervino Adrián, con una sonrisa lenta—. Qué interesante que hayas saltado tan rápido a defenderte.

—Cállate, Adrián.

—Ramón. —La voz de Damián cortó el ambiente como un cuchillo—. ¿Conoces a Mauro Fenoy?

El silencio que siguió duró lo suficiente para que todos en la mesa comprendieran que la respuesta, cualquiera que fuese, llegaría demasiado tarde para parecer sincera.

—Lo conocí hace años —admitió Ramón por fin, con la voz quebrada—. Pedí un préstamo. Para el negocio de importación. Las cosas no salieron bien y... y todavía le debo dinero. Mucho dinero.

—¿Le diste información sobre mí? —preguntó Alexa, sintiendo que el estómago se le encogía.

—No. —Ramón la miró, y por primera vez Alexa creyó ver auténtico terror en sus ojos, no el de un hombre descubierto, sino el de un hombre atrapado—. Pero quizás alguien de esta familia sí lo hizo. Y yo no soy el único que le debe algo a esa gente.

Cecilia, su esposa, dejó la servilleta sobre la mesa con un gesto brusco y abandonó el comedor sin decir palabra.

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Después del desayuno, Damián la llevó a su despacho y cerró la puerta con llave, algo que no había hecho hasta entonces.

—Tenemos que hablar de lo que encontraste en el banco.

Alexa sacó la libreta de su padre, la nota de Ricardo y la carta de Valentina, y las extendió sobre el escritorio como quien reparte cartas en una mesa de juego cuyas reglas apenas empieza a comprender.

Damián leyó en silencio, con el rostro cada vez más gris. Cuando terminó, se dejó caer en su silla como si las piernas ya no pudieran sostenerlo.

—Mi padre destruyó a tu familia para proteger la suya —dijo, con una voz hueca—. Y mi esposa murió por intentar arreglarlo.

—No sabemos todavía si murió por eso.

—Yo creo que sí. —Se frotó los ojos con los dedos, un gesto de agotamiento que envejecía su rostro diez años—. Siempre lo creí. Pero no tenía pruebas. Solo la certeza de que la escalera de esta casa no mata sola.

—¿Quién crees que la empujó?

—No lo sé. —La miró, y en sus ojos grises Alexa vio, por primera vez sin disfraz, el peso completo de tres años de duelo no resuelto—. Sospeché de todos. De Ramón, por las deudas. De Adrián, por la codicia. De mi propia abuela, porque Valentina amenazaba con sacar a la luz algo que podía destruir el apellido Varelli entero. Incluso sospeché de mí mismo, durante un tiempo, preguntándome si no habría algo que yo hice, o dejé de hacer, que la empujó a ese último paso en la oscuridad.

—No fue un paso. Fue un empujón. O crees que lo fue.

—Lo creo. —Su voz se endureció—. Y ahora, con Mauro Fenoy rondando cerca de ti, temo que la historia esté a punto de repetirse.

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Esa tarde, Alexa decidió visitar a Ramón a solas.

Lo encontró en el invernadero del ala este, entre macetas de orquídeas que cuidaba con una dedicación que contrastaba violentamente con el desastre de su vida financiera. Tenía las manos manchadas de tierra y los ojos enrojecidos.

—No debería estar aquí —dijo él, sin mirarla.

—Necesito que me cuentes la verdad sobre Mauro Fenoy.

Ramón suspiró, un sonido largo y cansado que parecía arrastrar consigo años de vergüenza acumulada.

—Fenoy trabaja para un hombre llamado Hector Salas. Un prestamista que opera en los márgenes de la ley, con intereses que doblan la deuda cada seis meses. Le pedí dinero hace cuatro años, cuando mi negocio quebró. Nunca se lo dije a Damián. Me daba demasiada vergüenza.

—¿Y qué tiene que ver eso con Valentina?

Ramón finalmente la miró, y en sus ojos había algo roto, algo que llevaba demasiado tiempo cediendo bajo su propio peso.

—Valentina descubrió mi deuda. Meses antes de morir. Me encontró revisando los libros de contabilidad de la fundación, intentando desviar fondos para pagarle a Salas sin que nadie se diera cuenta. —Su voz se quebró—. Me prometió que no diría nada, siempre que yo le devolviera el dinero y dejara de pedir préstamos a esa gente. Pero no cumplí. Volví a pedir. Y ella lo descubrió de nuevo, pocas semanas antes de morir.




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