Francisco Lerma vivía en una casa de piedra frente al mar, al final de un camino de pinos que el viento doblaba hacia el acantilado. Alexa llegó allí dos días después, con el pretexto oficial de "conocer a un viejo amigo de la familia" y el permiso, esta vez sí, de Damián, que insistió en acompañarla con dos guardias discretos siguiendo el coche a cierta distancia.
El abogado los recibió en la puerta con el recelo de quien lleva años esperando que el pasado llame a su timbre.
—Sabía que alguien vendría tarde o temprano —dijo, invitándolos a pasar a un salón lleno de libros de derecho y fotografías descoloridas—. Lo que no esperaba era que trajera a una desconocida con la cara de Valentina Ruiz Ferrer.
—No soy ella —dijo Alexa, ya acostumbrada a repetir la frase como un mantra.
—Lo sé. Pero el parecido explica muchas cosas. —Lerma se sentó frente a ellos, con las manos entrelazadas sobre el regazo—. Imagino que no han venido a hablar del tiempo.
—Necesitamos que reveles algo por nosotros —dijo Damián, colocando la cámara desechable sobre la mesa—. Sin que pase por ningún laboratorio que pueda reconocer nuestros nombres.
Lerma observó el objeto durante un largo instante, como si reconociera en su forma anticuada el peso de los años que llevaba evitando precisamente ese momento.
—Tengo un cuarto oscuro en el sótano. Herencia de una vieja afición. —Se levantó con un suspiro—. Denme dos horas.
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Mientras esperaban, Lerma les sirvió café y, sin que se lo pidieran, empezó a hablar.
—Trabajé para Ricardo Varelli durante veintidós años. Fui yo quien redactó los primeros contratos con Ernesto Montes. —Miró a Alexa con algo parecido a la vergüenza—. Su padre era un hombre honesto que cometió el error de ser bueno en lo que hacía. Ricardo necesitaba a alguien capaz de mover dinero sin dejar huellas, y Ernesto, con su talento para los números, era perfecto para el trabajo. Al principio no sabía para qué se usaba ese dinero. Cuando lo descubrió, quiso salir.
—¿Y se lo permitieron? —preguntó Alexa, con la voz tensa.
—No del todo. —Lerma bajó la vista—. Hubo una reunión, la última semana antes de que desapareciera. Ricardo le ofreció un trato: una suma considerable a cambio de silencio absoluto, y la promesa de dejarlo marchar a otra ciudad, lejos, donde pudiera empezar de nuevo con su familia.
—Mi padre nunca llegó a ese "de nuevo".
—No. —El abogado cerró los ojos—. Ahí es donde mi conocimiento termina, señorita Montes. Yo redacté el acuerdo de salida. Firmé los papeles de la transferencia. Y una semana después, me enteré de que su padre había desaparecido sin cobrar un solo euro. Pregunté. Ricardo me dijo que no era asunto mío y que, si valoraba mi carrera, dejara de preguntar.
—¿Y lo dejaste?
—Dios me perdone, sí. —La voz de Lerma se quebró—. Tenía familia propia. Hijos pequeños. Me convencí de que Ernesto se había asustado y había huido por su cuenta, llevándose el dinero por otra vía. Necesitaba creer eso para poder seguir mirándome al espejo.
Damián, que había permanecido en silencio, intervino con una pregunta que llevaba clavada desde el principio.
—¿Mi padre mató a Ernesto Montes?
Lerma tardó mucho en responder.
—No lo sé con certeza. Pero sé que, años después, cuando Valentina empezó a hacer preguntas parecidas, Ricardo se puso tan nervioso como aquella vez. Y tres meses después, ella estaba muerta.
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El sótano olía a químicos y a humedad vieja. Lerma emergió de él casi dos horas después, con el rostro ceniciento y un sobre de fotografías reveladas entre las manos temblorosas.
—Deberían sentarse antes de verlas —dijo.
Las extendió sobre la mesa, una por una, como quien reparte un mazo de cartas marcadas con la peor de las suertes.
Las primeras eran oscuras, borrosas, tomadas a través de la ventana de la casita del jardinero: la escalinata principal, vista a distancia, bajo la lluvia. En varias de ellas apenas se distinguían dos siluetas en lo alto de los escalones. Pero en la quinta fotografía, el flash accidental de la cámara —quizás un error de Tomás, quizás un relámpago capturado en el instante preciso— iluminaba la escena con una claridad brutal.
Valentina, con un camisón blanco empapado por la tormenta, de espaldas a la cámara, en el último escalón.
Y frente a ella, sujetándola por los hombros con una fuerza que no dejaba lugar a dudas, una figura cuyo rostro el flash capturó a medias, de perfil, iluminado por un relámpago.
Alexa sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.
No era Damián.
No era Ramón, ni Adrián, ni Ricardo.
Era Beatriz Varelli.
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—Es imposible —susurró Damián, con la fotografía temblando entre sus dedos—. Mi abuela apenas puede subir un tramo de escalera con su bastón. ¿Cómo iba a...?
—Mire la siguiente —dijo Lerma, con voz sombría.
En la sexta fotografía, tomada segundos después según el orden del carrete, se veía a Beatriz, todavía en lo alto de la escalinata, sola, con las manos extendidas hacia el vacío donde Valentina ya no estaba. Su rostro, iluminado por el mismo relámpago, no mostraba el pánico de quien acaba de presenciar un accidente.
Mostraba una calma gélida. Casi satisfecha.
—Esto no prueba que la empujara —dijo Damián, con la voz rota entre la negación y el horror—. Pudo haber intentado sujetarla. Pudo haber llegado después de la caída.
—Pudo —admitió Alexa, con suavidad, aunque no creyera una palabra de lo que decía—. Pero hay una manera de saberlo con certeza. Tu abuela te dijo, el primer día, que en esta casa lo único peor que la muerte era el silencio. Quizás sea hora de preguntarle directamente.
Damián se quedó mirando la fotografía durante un largo minuto, como si pudiera encontrar en ella una explicación distinta a la que sus propios ojos le mostraban. Cuando por fin habló, su voz sonó más vieja que nunca.