El comedor olía a cera derretida y a romero, el aroma que Elvira usaba siempre para las cenas "importantes", aunque esta vez nadie le había dicho exactamente por qué aquella noche merecía ese nombre.
Alexa se vistió despacio, eligiendo un vestido color borgoña que encontró al fondo del armario, uno de los pocos que no parecía pertenecer al fantasma de Valentina. Se miró al espejo durante un largo minuto, repasando mentalmente las instrucciones de Beatriz: observa las manos, no los rostros.
Cuando bajó, la familia ya estaba reunida, con esa cortesía tensa que parecía ser el idioma oficial de la casa Varelli. Ramón se sirvió vino con una mano que le temblaba apenas. Cecilia se entretenía doblando y desdoblando su servilleta. Adrián, impecable como siempre, la recibió con una sonrisa que no llegó a inquietarla tanto como de costumbre: esta vez, sabía que ella también jugaba una partida.
Damián la esperaba al pie de la mesa, con un gesto casi imperceptible de ánimo. Beatriz presidía desde su silla de siempre, con el bastón apoyado contra la pata de la mesa y los ojos recorriendo a cada comensal como quien revisa las piezas de un tablero antes de mover la primera.
—Qué agradable que todos estén aquí esta noche —dijo la anciana, con una suavidad que a Alexa le pareció casi teatral—. Hacía tiempo que no nos reuníamos todos sin ocasión especial.
—¿Y esta noche la hay? —preguntó Julia, la prima de Damián, mirando con curiosidad hacia su marido Tomás, que permanecía en un silencio tan hermético como el de siempre.
—La hay —confirmó Damián, dejando caer la frase con la precisión de quien lanza el primer dado de una partida ya decidida—. Alexa encontró algo esta semana. Algo que creíamos perdido para siempre.
El silencio que siguió fue instantáneo, como si alguien hubiera cortado el aire de la sala con un cuchillo invisible.
—¿Qué cosa? —preguntó Ramón, con la voz forzadamente neutra.
—Un carrete de fotografías —dijo Alexa, siguiendo el guion que habían ensayado esa tarde, con los ojos fijos en las manos de cada comensal, tal como le había aconsejado Beatriz—. Tomado por Tomás Elizondo la noche en que murió Valentina. Está siendo revelado en este momento, en un laboratorio de la ciudad. Mañana por la mañana tendremos las copias.
La cuchara de Cecilia tintineó contra el plato. Ramón apretó el mantel entre los dedos hasta blanquear los nudillos. Julia palideció, buscando instintivamente la mano de su marido bajo la mesa. Y Adrián, con la copa a medio camino de los labios, se quedó inmóvil durante una fracción de segundo que, de no haber estado observándolo con tanta atención, Alexa jamás habría notado.
Pero fue Tomás, el marido de Julia, el silencioso, el que hasta entonces apenas había pronunciado diez palabras en toda la estancia de Alexa en la mansión, quien dejó caer el tenedor con un golpe metálico que resonó como un disparo.
---
—Perdón —murmuró Tomás, recogiéndolo del suelo con una torpeza que no encajaba con la elegancia fría que había mostrado hasta entonces—. Se me resbaló.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Julia, con una preocupación genuina que no hacía más que subrayar lo extraño del gesto de su marido.
—Perfectamente. —Tomás se recompuso, alisándose la corbata con dedos que todavía temblaban levemente—. Solo... es un tema difícil. Para todos, imagino.
Alexa cruzó una mirada rápida con Damián. Ninguno de los dos había considerado seriamente a Tomás como sospechoso hasta ese momento; era un hombre discreto, casi invisible, que se había casado con Julia apenas un año antes de la muerte de Valentina y que rara vez participaba en las conversaciones familiares más allá de lo estrictamente cortés.
Pero la reacción había sido demasiado intensa para un simple espectador.
—¿Conocías bien a Tomás Elizondo? —preguntó Alexa, dirigiéndose directamente a él, con un tono que pretendía parecer casual.
—¿El jardinero? —Tomás soltó una risa breve, demasiado aguda—. Apenas lo crucé un par de veces. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Solo me parece curioso que compartan nombre.
—Pura coincidencia —dijo él, bebiendo un largo trago de vino para ocultar el temblor de su mandíbula.
Beatriz, desde la cabecera, observaba la escena con una quietud depredadora, como quien ya conoce el final de la historia pero disfruta viendo a los demás acercarse a él, paso a paso, sin saber que ella ya ha leído la última página.
---
La cena continuó con una tensión que ninguna cortesía lograba disimular. Alexa notó que Ramón apenas probaba bocado, que Cecilia bebía más vino del habitual, que Adrián observaba a Tomás con una curiosidad renovada, como si también él estuviera reconsiderando a aquel yerno silencioso bajo una luz completamente nueva.
Fue Adrián quien, finalmente, decidió echar más leña al fuego.
—Cuéntanos, Tomás —dijo, con esa sonrisa afilada que Alexa ya conocía demasiado bien—. ¿Dónde estabas tú la noche en que murió Valentina?
—En mi apartamento —respondió Tomás, demasiado rápido—. Julia puede confirmarlo.
—Estábamos juntos, sí —confirmó Julia, aunque su voz sonó menos firme de lo que ella misma parecía desear—. Pero... llegaste tarde esa noche. ¿No lo recuerdas? Dijiste que habías tenido una reunión de trabajo que se alargó por la tormenta.
El rostro de Tomás se transformó, por un instante, en una máscara de pánico puro.
—Julia, no es el momento...
—¿Por qué no? —insistió ella, con una mezcla de confusión y algo más oscuro empezando a asomar en su expresión—. Si no tienes nada que ocultar, ¿por qué te pones tan nervioso?
El silencio que siguió fue el más largo de toda la velada. Alexa observó las manos de Tomás: cerradas en puños bajo la mesa, los nudillos blancos, exactamente como Beatriz había predicho.
Entonces, Tomás se puso de pie con tanta brusquedad que su silla cayó hacia atrás con un golpe seco.
—Esto es ridículo. No pienso quedarme aquí a ser interrogado como un criminal por una mujer que ni siquiera debería estar sentada a esta mesa.