Francisco Lerma no los esperaba, y eso se notó en el instante en que abrió la puerta de su casa frente al mar.
—No volveré a hablar de este tema —dijo, antes incluso de saludarlos, con una mano todavía en el pomo, como si pudiera cerrarles la puerta en cualquier momento—. Ya les di todo lo que sabía.
—Su hijo nos contó algo distinto —dijo Damián, sin moverse del umbral.
El rostro de Lerma, curtido por los años y el salitre, se desencajó por completo.
—¿Tomás? ¿Han hablado con Tomás?
—Está bajo custodia en mi casa —dijo Damián—. Y nos contó que usted lo llamó la noche en que murió Valentina. Que lo hizo conducirlo hasta la mansión. Que usted discutió con alguien en el primer piso, minutos antes de que ella cayera por esa escalera.
Lerma se quedó inmóvil durante un instante que pareció estirarse hasta el infinito. Después, con los hombros hundidos como si una cuerda invisible hubiera cedido de golpe, se apartó de la puerta.
—Pasen —dijo, con una voz que ya no tenía fuerzas para fingir sorpresa—. Supongo que ya es hora.
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El salón, con sus estantes de libros de derecho y sus fotografías descoloridas, parecía más pequeño que la primera vez que lo habían visitado. O quizás era Lerma quien, de pronto, parecía haber encogido, envejecido diez años en apenas una semana.
—Siéntense —dijo, sirviéndose un whisky que no ofreció compartir—. Y escuchen, porque no pienso repetir esto dos veces.
Se dejó caer en su sillón, con el vaso temblando ligeramente entre los dedos.
—Ricardo Varelli me llamó esa tarde, desesperado. Me dijo que Valentina había encontrado los documentos originales del esquema con Ernesto Montes, los que yo mismo había ayudado a redactar años atrás, y que estaba decidida a entregárselos a un periodista de investigación al día siguiente. Me pidió que fuera a hablar con ella. Que la convenciera, con mi experiencia legal, de que publicar aquello destruiría a toda la familia, incluido su propio esposo, que no tenía nada que ver con los negocios turbios de su padre.
—¿Y fue usted a convencerla? —preguntó Alexa.
—Fui. —Lerma bebió un largo trago—. Hablamos en su habitación, en el ala oeste. Le mostré los riesgos legales, las consecuencias para Damián, para la fundación que ella misma había fundado. Pero Valentina no quería escuchar razones. Me dijo algo que todavía recuerdo palabra por palabra: Hay una niña ahí afuera que perdió a su padre por culpa de este secreto, Francisco. No pienso callarme para proteger el apellido de los mismos hombres que la convirtieron en huérfana.
Alexa sintió que el pecho se le encogía al escuchar, de boca de un desconocido, las palabras exactas que Valentina había pronunciado por ella, sin conocerla todavía, dieciocho años después de que su padre desapareciera.
—Discutimos —continuó Lerma—. Yo insistí, ella se mantuvo firme. Al final, salí de su habitación furioso, sin haber logrado nada, y bajé a buscar a Ricardo para decirle que su nuera no iba a ceder. Fue entonces cuando escuché los gritos en la escalinata.
—¿Qué vio exactamente? —preguntó Damián, con la voz tensa como una cuerda a punto de romperse.
—Vi a Beatriz, abajo, sujetando a Valentina en el último escalón. Vi a Ricardo, paralizado en lo alto de la escalera, con una expresión que nunca olvidaré: no era horror. Era cálculo. Como si ya estuviera pensando en cómo manejar la situación, en lugar de correr a ayudar a su propia nuera.
El silencio que siguió fue absoluto. Damián se había quedado blanco como el papel.
—¿Estás diciendo que mi padre la empujó?
—No lo vi empujarla —admitió Lerma, con cautela—. Cuando llegué al pasillo, Valentina ya estaba cayendo. Pero sí vi que Ricardo estaba allí, a solo un par de metros de ella, en el instante exacto. Y vi su rostro después, cuando todos corrimos hacia la escalinata fingiendo sorpresa. Ricardo Varelli no estaba sorprendido. Estaba aliviado.
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—¿Por qué no dijo nada de esto en todos estos años? —preguntó Alexa, con una furia fría que apenas lograba contener—. Dejó que mi padre fuera recordado como un fugitivo, que Valentina fuera enterrada como una víctima de un simple accidente, que Beatriz cargara en silencio con la sospecha de haber sido ella quien...
—Porque Ricardo me amenazó —la interrumpió Lerma, con una desesperación que, por primera vez, sonó genuina en lugar de calculada—. Me dijo que, si yo hablaba, él se encargaría de que todo el mundo supiera que yo había sido cómplice del esquema financiero desde el principio. Que terminaría en prisión, que mi hijo cargaría para siempre con el apellido de un criminal. Tenía una familia que proteger, señorita Montes. Igual que su padre, en su momento.
—Mi padre no tuvo la opción de elegir entre proteger a su familia y proteger la verdad —dijo Alexa, con la voz temblando de rabia contenida—. A él se la quitaron por completo. Desapareció. Nunca volvió a ver crecer a su hija, nunca volvió a abrazar a su esposa, nunca tuvo la oportunidad siquiera de decidir qué sacrificio estaba dispuesto a hacer.
Lerma bajó la vista, incapaz de sostener la mirada de Alexa.
—Tiene razón —dijo, con un hilo de voz—. No hay excusa suficiente para lo que hice. Para lo que callé.
—¿Qué pasó con mi padre? —preguntó ella, directamente, sin rodeos—. Usted redactó los documentos de su salida. Usted sabe lo que ocurrió después de esa reunión.
Lerma cerró los ojos, y por un momento pareció que no respondería. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro.
—Ricardo me dijo, años después, en un momento de borrachera que ahora entiendo que fue también una confesión parcial, que Ernesto Montes no había huido con el dinero como todos creyeron. Dijo que Ernesto se negó a firmar la cláusula de confidencialidad final, que amenazó con ir directamente a las autoridades fiscales con todo lo que sabía, y que Ricardo "resolvió el problema" antes de que eso pudiera suceder.