No volvieron directamente a la mansión.
Damián condujo en silencio durante casi media hora, con la carpeta de Lerma en el asiento trasero y el nombre de su abuela repitiéndose en su cabeza como un eco que se negaba a desvanecerse. Alexa no lo presionó. Reconocía demasiado bien esa clase de silencio: el mismo que ella misma había guardado durante dieciocho años, mientras intentaba reconciliar el recuerdo de un padre amoroso con la sombra de todo lo que no entendía sobre su desaparición.
—No tiene sentido —dijo finalmente Damián, rompiendo el silencio cuando ya se acercaban a la colina—. Si Beatriz hubiera estado del lado de Salas, ¿por qué nos mostró la fotografía? ¿Por qué nos contó lo que vio en la escalera, arriesgándose a que la señalaran como sospechosa?
—Quizás porque sabía que tarde o temprano encontraríamos ese pago —dijo Alexa, pensando en voz alta—. Y prefirió adelantarse, controlar la narrativa antes de que nosotros llegáramos a una conclusión equivocada.
—¿O prefirió confesar una verdad a medias para ocultar una mentira completa?
Ninguno de los dos tenía la respuesta, y ambos lo sabían. Solo existía una manera de averiguarlo.
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Encontraron a Beatriz en su habitación, como siempre, sentada junto a la ventana con el bastón apoyado contra las rodillas. Pero esta vez, en cuanto los vio entrar, algo en su rostro cambió: una alerta sutil, la de un animal viejo que reconoce el peligro antes de que se anuncie.
—Han encontrado algo —dijo, sin preámbulos—. Lo veo en sus caras.
—Un pago mensual —dijo Damián, sin rodeos, colocando frente a ella una hoja impresa con los movimientos bancarios que Castaño les había enviado por correo electrónico una hora antes—. Desde una cuenta de Hector Salas hasta una cuenta a tu nombre, abuela. Activo desde el mes en que murió Valentina.
Beatriz miró el papel durante un largo instante, sin tocarlo, como si acercar los dedos a esas cifras pudiera volverlas más reales de lo que ya eran.
—Sabía que este día llegaría —dijo finalmente, con una calma que no correspondía a la gravedad de la acusación—. Esperaba tener más tiempo para explicarlo a mi manera, pero supongo que la vida rara vez concede esos lujos a los viejos.
—Explícalo ahora —dijo Damián, con una dureza que Alexa nunca le había escuchado dirigir a su abuela.
Beatriz suspiró, un sonido largo y cansado, y por primera vez desde que Alexa la conocía, pareció verdaderamente frágil, despojada de toda la fuerza calculadora que había mostrado hasta entonces.
—Ese dinero no es un pago que yo reciba, hijo. Es un pago que yo exijo. Cada mes, desde hace tres años.
—No entiendo —dijo Alexa.
—Descubrí, meses después de la muerte de Valentina, que Hector Salas había estado involucrado en la desaparición de Ernesto Montes dieciocho años atrás, y sospeché, aunque no podía probarlo todavía, que también tenía algo que ver con lo que le sucedió a mi nuera. —Beatriz entrelazó las manos huesudas sobre el regazo—. En lugar de ir a la policía, sin pruebas suficientes para sostener una acusación, decidí hacer algo que quizás no fue la decisión más noble, pero sí la más efectiva que se me ocurrió en ese momento.
—¿Qué hiciste? —preguntó Damián.
—Lo chantajeé. —La anciana levantó la barbilla, con un destello de orgullo feroz en los ojos hundidos—. Tenía pruebas parciales, suficientes para amenazarlo con exponerlo públicamente si no colaboraba. Le exigí un pago mensual, no porque necesitara el dinero, sino porque quería mantener un hilo de conexión con él, un recordatorio constante de que alguien en esta familia sabía lo que había hecho y no pensaba dejarlo correr. Ese dinero lo he estado guardando intacto, en una cuenta separada, documentando cada transferencia como prueba de su implicación en caso de que algún día lograra reunir el valor, o la evidencia, necesaria para llevarlo ante la justicia.
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Damián se dejó caer en una silla, procesando la explicación con una mezcla de alivio y exasperación.
—¿Por qué no nos dijiste esto antes? Nos habrías ahorrado horas de sospecha innecesaria.
—Porque no confiaba en que ustedes pudieran mantener la compostura frente a Salas si sabían la verdad completa —dijo Beatriz, sin disculparse—. Es un hombre peligroso, acostumbrado a jugar con ventaja. Necesitaba que ambos siguieran investigando con la mente despejada, sin la tentación de confrontarlo directamente antes de tener pruebas sólidas.
—Casi lo logras —dijo Alexa, con una punta de reproche—. Casi te convertimos en la principal sospechosa de toda esta historia.
—Lo sé, niña. Y lo siento. —Beatriz la miró con una sinceridad que parecía costarle físicamente—. Pero debo confesarte algo más, porque ya no tiene sentido seguir dosificando la verdad como si fuera veneno que hay que administrar en pequeñas dosis.
Sacó de nuevo el joyero de su cómoda, y esta vez, en lugar de la lista o la grabadora, extrajo un sobre distinto, más grueso, sellado con cinta adhesiva amarillenta por el paso del tiempo.
—Esto es lo que Salas me entregó hace dos años, como prueba de buena fe, para convencerme de que no tenía intención de hacerle daño a nadie más de la familia si yo seguía guardando silencio sobre el chantaje. —Le tendió el sobre a Damián—. Contiene la grabación completa de la llamada en la que Ricardo le ordenó, explícitamente, deshacerse de Ernesto Montes hace dieciocho años.
El silencio que siguió fue absoluto.
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Damián abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro había una memoria USB diminuta, y una transcripción impresa, con fecha y hora marcadas en la esquina superior.
—¿Por qué guardaste esto en secreto durante dos años? —preguntó, con la voz quebrada.
—Porque escuchar la voz de mi propio hijo ordenando la muerte de un hombre inocente me destrozó de una manera que no sé si algún día lograré superar —dijo Beatriz, con los ojos llenos de lágrimas que, por primera vez, se permitió derramar frente a ellos—. Ricardo no era un monstruo todo el tiempo, Damián. Era mi hijo. Lo amamanté, lo vi dar sus primeros pasos, lo acompañé en cada etapa de su vida. Y durante dos años, cada vez que pensaba en escuchar esa grabación de nuevo, o en entregarla a las autoridades, sentía que estaba a punto de enterrarlo por segunda vez, esta vez bajo la peor de las verdades posibles.