La segunda esposa.

Capítulo 10: El cebo

A las once de la noche, con Elvira ya instalada en una habitación segura del ala este, vigilada por dos hombres de confianza de Castaño, Alexa, Damián y Beatriz se reunieron de nuevo en el despacho principal, con la carpeta de Lerma, la grabación de Ricardo y los documentos del banco Dumont extendidos sobre la mesa como las piezas de un rompecabezas que, por fin, empezaba a mostrar su imagen completa.

—Salas no quiere los documentos por simple cautela —dijo Beatriz, observando el material con sus ojos hundidos pero agudos—. Los quiere porque sabe que, si llegan a la prensa o a un fiscal honesto, él mismo caerá junto con el apellido Varelli. Ha construido media carrera sirviendo a esta familia. Es tan culpable como lo fue Ricardo.

—Entonces démosle lo que teme —dijo Alexa, con una calma que sorprendió hasta a ella misma—. Hagámosle creer que ya hemos entregado copias a alguien fuera de nuestro alcance. Que ya no tiene sentido amenazarnos, porque la bomba ya está activada, y solo él puede decidir si estalla sola o si decide negociar su propia rendición.

Damián la miró con una mezcla de admiración y preocupación.

—¿Y si, en lugar de rendirse, decide acelerar las cosas? Podría intentar algo desesperado contra cualquiera de nosotros antes de que amanezca.

—Por eso necesitamos que crea que tiene una última oportunidad de recuperar el control —dijo Castaño, que había llegado hacía una hora y permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la expresión calculadora de quien ha pasado media vida tendiendo trampas a hombres como Salas—. Le haremos creer que, si se presenta personalmente a una reunión, discreta, sin policía de por medio, todavía puede negociar la devolución de los documentos a cambio de silencio. Mientras tanto, nosotros grabaremos cada palabra que salga de su boca, con la calidad suficiente para sumar una prueba más a todo lo que ya tenemos.

—Es arriesgado —dijo Beatriz.

—Todo lo que vale la pena en esta historia lo ha sido —respondió Alexa, repitiendo, sin darse cuenta, las mismas palabras que la propia Beatriz había pronunciado días atrás.

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El plan se definió durante la siguiente hora, con una precisión fría que a Alexa le recordó, extrañamente, a las noches en que planeaba cómo estirar los últimos euros antes de fin de mes: cada detalle contaba, cada posibilidad de fallo debía preverse con antelación.

Castaño redactaría, desde una cuenta de correo anónima, una respuesta al mensaje de Salas, proponiendo un encuentro en un lugar neutral: el muelle abandonado de un antiguo puerto pesquero, a las afueras de la ciudad, elegido por Castaño precisamente por su aislamiento y por los múltiples ángulos desde los que podría colocar micrófonos y cámaras sin ser detectado.

—Alexa no irá sola —dijo Damián, con una firmeza que no dejaba espacio para discusión—. Iré con ella.

—Salas especificó que quería hablar solo con la señorita Montes —señaló Castaño.

—No me importa lo que haya especificado. —La voz de Damián se endureció—. No voy a enviarla a encontrarse con el hombre que mató a su padre y probablemente empujó a mi esposa, sin estar yo presente para protegerla.

—Entonces Salas sospechará una trampa de inmediato —dijo Alexa, interviniendo antes de que la discusión escalara—. Iré yo. Pero tú estarás cerca, escondido, junto con Castaño y sus hombres. Si algo sale mal, estarás ahí en segundos.

Damián la miró con una angustia que no intentó disimular.

—No me gusta.

—A mí tampoco. —Alexa le tomó la mano, buscando transmitirle con el gesto una certeza que no sentía del todo—. Pero llevo dieciocho años esperando este momento, Damián. Necesito mirarlo a los ojos cuando por fin sepa toda la verdad.

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A la mañana siguiente, con el cielo todavía cargado de los restos grises de la tormenta de días anteriores, Alexa se preparó para el encuentro con una calma que no reflejaba en absoluto el torbellino que sentía por dentro. Castaño le colocó un micrófono diminuto, oculto bajo el cuello de su abrigo, y repasó con ella, una vez más, las palabras exactas que debía usar para provocar la confesión que necesitaban.

—No lo acuses directamente de nada al principio —le advirtió—. Deja que él mismo se sienta en control de la conversación. Los hombres como Salas solo bajan la guardia cuando creen que ya han ganado.

—Lo sé —dijo Alexa, con una determinación fría—. He pasado toda mi vida aprendiendo a leer a la gente que cree tener siempre la ventaja.

El muelle abandonado olía a sal, óxido y madera podrida, con las tablas crujiendo bajo cada paso y el mar gris golpeando los pilotes con un ritmo constante que a Alexa le pareció, de algún modo extraño, tranquilizador. Llegó diez minutos antes de la hora acordada, como Castaño le había indicado, para tener tiempo de orientarse en el terreno antes de que apareciera Salas.

Él llegó puntual, acompañado solo de Mauro Fenoy, que se quedó varios metros atrás, vigilando los alrededores con una tensión evidente.

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Hector Salas era un hombre de aspecto anodino, el tipo de persona que uno olvidaría al cruzarse con ella en la calle: estatura media, traje gris sin distinción particular, gafas de montura fina. Pero sus ojos, pequeños y calculadores, desmentían por completo la apariencia inofensiva del resto de su figura.

—Señorita Montes. —Su voz era suave, casi cordial, el tono de un hombre acostumbrado a negociar sin levantar jamás la voz—. Me alegra que hayamos podido llegar a este punto sin mayores complicaciones.

—No llamaría a lo de anoche "sin mayores complicaciones" —dijo Alexa, con una frialdad calculada—. Su gente dejó a una mujer inocente atada en su propia casa.

—Un exceso de celo por parte de mis empleados. Le pido disculpas. —Salas no sonaba en absoluto arrepentido—. Pero aquí estamos, hablando como personas razonables, que es exactamente lo que yo esperaba desde el principio.




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