Encontraron a Adrián en la biblioteca del segundo piso, sirviéndose una copa de coñac con la tranquilidad de quien no sospecha nada de lo que acaba de desmoronarse a varios kilómetros de distancia, en un muelle abandonado.
—Vaya, vaya —dijo al verlos entrar, con esa sonrisa ladeada que Alexa ya conocía demasiado bien—. Parecen haber tenido una mañana agitada. ¿Alguna novedad en la investigación de la pareja detective?
—Hector Salas está detenido —dijo Damián, sin preámbulos, cerrando la puerta de la biblioteca tras de sí con un chasquido que sonó definitivo—. Y antes de que se lo llevaran, mencionó tu nombre.
La copa de coñac se detuvo a medio camino de los labios de Adrián. Fue solo un instante, una fracción de segundo de vacilación, pero Alexa, entrenada ya en leer cada temblor, cada pausa calculada, lo captó con total claridad.
—No sé de qué estás hablando —dijo él, recuperando la compostura con una rapidez admirable.
—Dijo que preguntáramos sobre una llamada que recibiste la noche en que murió Valentina —continuó Alexa, acercándose un paso—. De un contacto guardado en tu teléfono con una sola inicial.
El rostro de Adrián, por primera vez desde que Alexa lo conocía, perdió por completo su máscara habitual de ironía despreocupada.
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—Esto es absurdo —dijo, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Salas dirá cualquier cosa para desviar la atención de sí mismo. Es un prestamista desesperado intentando salvar su propio pellejo.
—Entonces no te importará mostrarnos tu teléfono —dijo Damián, con una calma que no dejaba lugar a negociación—. Si no tienes nada que ocultar, será un minuto.
Adrián los miró, a ambos, con una expresión que osciló entre el desafío y un pánico que empezaba a filtrarse por los bordes de su compostura.
—No tengo por qué entregarles mi privacidad solo porque un criminal haya soltado mi nombre para salvarse.
—Entonces lo haremos de otra manera —dijo Alexa, sacando su propio teléfono—. Castaño ya está trabajando con la policía para obtener una orden judicial sobre tus registros telefónicos de hace tres años. Si prefieres contarnos tú mismo la verdad ahora, antes de que llegue esa orden, quizás todavía puedas controlar cómo se cuenta esta historia.
El farol surtió el efecto esperado. Adrián se quedó inmóvil durante un largo instante, calculando, sopesando las opciones que le quedaban, hasta que finalmente, con un suspiro que pareció desinflarlo por completo, se dejó caer en el sillón de cuero más cercano.
—Está bien —dijo, con la voz quebrada—. Está bien. Se los contaré todo. Pero necesito que entiendan algo antes: yo no la maté. Jamás le habría hecho daño a Valentina. La quería como a una hermana.
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—Entonces empieza por el principio —dijo Damián, sentándose frente a él, con una paciencia forzada que apenas lograba contener la urgencia debajo.
Adrián se sirvió otra copa, esta vez con manos visiblemente temblorosas, antes de empezar a hablar.
—Esa noche, Valentina me llamó a mi habitación. Me dijo que necesitaba mi ayuda para algo urgente, que había descubierto documentos sobre el esquema financiero de tu padre y que pensaba hacerlos públicos al día siguiente. Me pidió que la ayudara a sacar copias de la casa esa misma noche, antes de que alguien pudiera detenerla.
—¿Por qué a ti? —preguntó Alexa.
—Porque yo era, en teoría, el único de la familia sin ningún interés directo en proteger el imperio financiero de Ricardo. —Adrián soltó una risa amarga—. Irónico, ¿verdad? Mientras todos los demás escondían sus propias culpas, yo era el único que Valentina consideraba lo suficientemente neutral como para confiar en él.
—¿Y la ayudaste?
—Empecé a hacerlo. —Su voz se quebró ligeramente—. Bajamos juntos hasta el despacho de mi tío Ricardo, buscando una copia adicional de los documentos que ella ya tenía. Pero entonces escuchamos pasos en el pasillo, y Valentina me pidió que me escondiera, que no quería que nadie supiera que yo estaba involucrado si algo salía mal.
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Adrián hizo una pausa larga, con los ojos fijos en el líquido ambarino de su copa, como si pudiera encontrar en él el valor necesario para continuar.
—Me escondí en el armario del despacho. Desde ahí, a través de la rendija de la puerta, vi a Valentina salir al pasillo, hacia la escalinata principal. Y vi a alguien más acercándose a ella, alguien que había estado esperando en las sombras.
—¿Quién? —preguntó Alexa, con el corazón acelerado.
—No pude verlo con claridad. Llevaba una capucha, algo inusual para estar dentro de la casa. Los vi discutir, en susurros que no llegué a entender del todo. Y entonces, todo pasó muy rápido: un empujón, un grito, y Valentina cayendo por la escalinata mientras la figura encapuchada desaparecía corriendo hacia el ala oeste.
—¿Por qué no dijiste nada entonces? —preguntó Damián, con una furia contenida que apenas lograba disimular—. ¡Durante tres años, Adrián! ¡Tres años viendo cómo esta familia se desmoronaba bajo la sospecha, sin que tú dijeras una sola palabra sobre lo que habías visto!
—¡Porque tenía miedo! —estalló Adrián, poniéndose de pie de golpe—. Si admitía haber estado ahí esa noche, ayudando a Valentina a copiar documentos que incriminaban a toda la familia, me convertiría automáticamente en el principal sospechoso. ¿Quién me creería si decía que había visto a alguien más, sin poder identificarlo con certeza? Habría sido mi palabra contra la ausencia total de pruebas, y mi propio historial de deudas y problemas financieros me habría condenado de inmediato ante cualquier investigador.
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—¿Y el contacto guardado como una inicial? —preguntó Alexa, recordando el detalle que Salas había mencionado antes de ser detenido—. ¿Quién es "C."?
El rostro de Adrián palideció por completo.
—Después de ver lo que vi, salí corriendo del despacho, aterrorizado, sin saber qué hacer. Llamé a la única persona en la que confiaba completamente fuera de esta familia, alguien que me había ayudado antes en situaciones delicadas, a cambio de favores que prefiero no detallar. Le pedí consejo sobre qué hacer con lo que acababa de presenciar.