El silencio en el salón se volvió denso, casi palpable, mientras uno a uno los miembros de la familia sacaban sus teléfonos y los depositaban sobre la mesa de centro, bajo la mirada atenta de los hombres de Castaño apostados junto a las puertas.
Ramón entregó el suyo de inmediato, con una rapidez nerviosa que delataba más su ansiedad crónica por las deudas que cualquier otra cosa. Cecilia hizo lo mismo, aunque con una mueca de disgusto que sugería más orgullo herido que culpabilidad real. Julia, todavía con los ojos enrojecidos por el llanto, depositó el suyo sin siquiera mirarlo, absorta en sus propios pensamientos sobre la traición de Tomás.
Adrián lo entregó también, aunque con una sonrisa forzada que intentaba, sin éxito, disimular la tensión acumulada tras la confesión que había hecho apenas una hora antes.
Pero Beatriz permaneció inmóvil en su silla, con las manos cruzadas sobre el regazo, sin hacer ademán alguno de sacar su propio teléfono.
—¿Abuela? —preguntó Damián, con una suavidad que no disimulaba del todo la tensión subyacente—. Todos deben entregar el suyo. Sin excepciones.
—Mi teléfono contiene información privada sobre mis propias investigaciones acerca de Salas —dijo Beatriz, con una firmeza que no admitía discusión—. Información que podría comprometer a personas inocentes si se filtra indebidamente.
—Podemos revisarlo con discreción —intervino Castaño, acercándose con un gesto conciliador—. Solo necesitamos descartar cualquier comunicación con los hombres que atacaron esta casa hace una hora.
Beatriz lo miró con una expresión que mezclaba desafío y una especie de resignación cansada, antes de finalmente sacar su teléfono del bolsillo de su vestido y entregarlo, aunque con una lentitud deliberada que no pasó desapercibida para nadie en la sala.
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Mientras Castaño y uno de sus hombres revisaban rápidamente cada teléfono, buscando mensajes recientes, llamadas sospechosas, cualquier rastro de comunicación con números desconocidos, Alexa observó con atención los rostros de cada presente, recordando una vez más el consejo que Beatriz le había dado el primer día: observar las manos, no los rostros.
Las manos de Ramón temblaban ligeramente, pero de una manera consistente con su ansiedad habitual. Las de Cecilia permanecían firmes, cruzadas sobre su regazo con una rigidez defensiva. Las de Julia jugueteaban distraídamente con un pañuelo, ajenas por completo a la tensión del momento, absorbidas todavía en su propio dolor personal. Las de Adrián se mantenían quietas, pero Alexa notó que sus pulgares se frotaban entre sí con una fricción nerviosa casi imperceptible.
Y las de Beatriz, apoyadas sobre el bastón, permanecían absolutamente inmóviles, con una calma que, paradójicamente, resultaba más inquietante que cualquier temblor evidente.
—Nada en el teléfono de Ramón —anunció Castaño, tras varios minutos de revisión—. Solo mensajes relacionados con sus deudas pendientes y algunas llamadas a Hector Salas de hace meses, antes de la detención.
—Nada relevante en el de Cecilia ni en el de Julia tampoco —continuó, pasando al siguiente dispositivo.
Cuando llegó al teléfono de Adrián, hizo una pausa más larga, deslizando el dedo por la pantalla con una atención renovada.
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—Hay un contacto guardado con una sola letra —dijo Castaño finalmente, mostrando la pantalla a Damián—. "C." Con mensajes que se remontan a hace tres años, exactamente la fecha de la muerte de Valentina.
Todas las miradas se dirigieron hacia Adrián, que se había puesto pálido como la cera.
—Ya se los expliqué —dijo, con una urgencia desesperada en la voz—. "C." es Clara Izaguirre. La periodista a la que Valentina pensaba entregar los documentos. Le llamé esa misma noche, presa del pánico, después de ver lo que vi en la escalinata.
—¿Y los mensajes posteriores? —preguntó Castaño, deslizando el dedo por la pantalla con una expresión que se iba tensando por momentos—. Hay una conversación de hace apenas dos semanas. Muy breve, pero bastante reveladora.
Le tendió el teléfono a Damián, que leyó en silencio, con el rostro ensombreciéndose a cada línea.
—"Necesito que mantengas silencio un poco más. Ya casi termino de recopilar todo lo que necesito" —leyó en voz alta, con una incredulidad creciente—. "No puedo arriesgarme a que hables antes de tiempo, Adrián. Confía en mí, como lo has hecho siempre."
El salón entero quedó sumido en un silencio absoluto.
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—¿Qué significa esto? —preguntó Alexa, con el corazón acelerado—. ¿Clara Izaguirre sigue viva? ¿Sigue en contacto contigo?
Adrián se derrumbó visiblemente, hundiendo el rostro entre las manos.
—Sí —admitió, con la voz quebrada—. Mentí antes. No perdí contacto con ella hace dos años. Seguimos hablando, de manera esporádica, pero regular. Me pidió que no le dijera a nadie que seguía en contacto con ella, que era por mi propia seguridad, para que nadie pudiera presionarme para revelar su paradero.
—¿Por qué confiaste en ella y no en nosotros? —preguntó Damián, con una mezcla de dolor y frustración que resonó en toda la sala.
—Porque Clara fue la única persona que me ofreció protección real después de aquella noche —respondió Adrián, levantando la vista, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Me dijo que, si alguna vez la familia descubría lo que yo había visto, sería yo quien pagaría el precio, no el verdadero culpable. Me convenció de que mantener el silencio, y confiar solo en ella, era la única manera de mantenerme con vida mientras ella reunía suficientes pruebas para exponer todo de una vez, sin dejar escapatoria a nadie.
—¿Dónde está ella ahora? —preguntó Alexa, con una urgencia que apenas lograba contener.
Adrián negó con la cabeza, con una expresión de auténtico desconcierto.
—No lo sé con certeza. Nos comunicamos solo por mensajes cifrados, a través de una aplicación que ella misma eligió. Nunca me dio una dirección, un número de teléfono directo, ninguna manera de localizarla físicamente. Siempre fue ella quien contactaba conmigo, nunca al revés.