La segunda esposa.

Capítulo 14: El aeropuerto

Las luces del aeropuerto internacional parpadeaban contra el cielo despejado cuando llegaron, apenas veinte minutos después de recibir la alerta de Castaño. La terminal de salidas bullía con la actividad nocturna habitual de los vuelos tardíos: familias despidiéndose, hombres de negocios arrastrando maletines con prisa, el murmullo constante de los altavoces anunciando embarques inminentes.

—Según el último reporte, Renata facturó un vuelo con destino a Montevideo —informó Castaño, revisando su teléfono mientras caminaban a paso rápido hacia la zona de control de seguridad—. Sale en cuarenta minutos. La policía ya está en camino, pero llegarán después que nosotros.

—Entonces tenemos que retenerla de alguna manera hasta que lleguen —dijo Damián, con una tensión que se reflejaba en cada paso decidido.

—No podemos simplemente abordarla sin autorización legal —advirtió Clara, caminando junto a ellos con la carpeta de pruebas apretada contra el pecho—. Si actuamos de manera precipitada, cualquier abogado podría argumentar después que la confrontación fue ilegal, contaminando todo el proceso judicial que tanto nos ha costado construir.

—Entonces hablemos con ella —propuso Alexa, con una determinación fría que ya no dejaba espacio para la duda—. Sin acusarla directamente. Solo necesitamos que se quede el tiempo suficiente.

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La encontraron en la sala de espera de primera clase, sentada con una compostura que resultaba casi admirable dado lo que acababan de descubrir sobre ella: Renata Coira, impecable como siempre, con un traje de viaje discreto y una maleta de mano colocada junto a sus pies, revisando algo en su teléfono con la tranquilidad de alguien que no imagina que su mundo está a punto de desmoronarse.

Alzó la vista al verlos acercarse, y por un instante, su rostro profesional vaciló apenas, una fisura diminuta que Alexa, ya entrenada en leer ese tipo de grietas, captó de inmediato.

—Señorita Montes —dijo, recuperando la compostura con una rapidez admirable—. Qué sorpresa encontrarla aquí. ¿Viaja también esta noche?

—Sabemos quién es usted —dijo Alexa, sin rodeos, sentándose frente a ella sin pedir permiso—. Sabemos sobre Hector. Sobre el esquema con Ricardo Varelli. Sobre lo que le hizo a mi padre, y a Valentina.

El rostro de Renata se transformó en cuestión de segundos: la máscara de amabilidad profesional se desvaneció por completo, reemplazada por una frialdad calculadora que Alexa reconoció de inmediato como la misma que había visto en Hector Salas apenas un día antes.

—No sé de qué está hablando —dijo, aunque su voz ya había perdido la seguridad inicial.

—Clara Izaguirre tiene pruebas —intervino Damián, sentándose junto a Alexa—. Transferencias bancarias, registros, documentos que conectan directamente su cuenta personal con el pago que recibió la misma noche en que murió mi esposa.

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Renata miró a Clara con un reconocimiento instantáneo, una mezcla de sorpresa y algo parecido al respeto reticente de un adversario que por fin encuentra la horma de su propio zapato.

—Usted —dijo, con una voz que había perdido por completo cualquier rastro de amabilidad—. Llevo tres años intentando localizarla. Pensé que ya se había rendido, que había desaparecido como tantos otros que decidieron no interponerse en mi camino.

—Subestimó mi determinación —respondió Clara, con una calma helada—. Igual que subestimó la determinación de Valentina, en su momento.

—Valentina fue una ingenua —dijo Renata, con un desprecio que resultó escalofriante por su sinceridad—. Pensó que podía destruir un imperio financiero construido durante tres generaciones simplemente porque le pareció moralmente incorrecto. No entendía que, en el mundo real, los negocios requieren sacrificios que la gente como ella nunca está dispuesta a hacer.

—¿Sacrificios como matar a una mujer embarazada? —preguntó Alexa, con una furia que apenas lograba contener.

El silencio que siguió fue absoluto. Renata se quedó inmóvil, con una expresión que, por primera vez, mostró algo parecido a la genuina sorpresa.

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—¿Embarazada? —repitió, con una voz que había perdido completamente su tono calculador—. No lo sabía.

—Encontré las fotografías —dijo Alexa, recordando la caja de zapatos bajo su cama, las imágenes de Valentina con las manos sobre el vientre, la carta nunca enviada que hablaba de un futuro que jamás llegaría a existir—. Valentina estaba embarazada cuando la empujó por esa escalera.

Por primera vez desde que había comenzado la conversación, algo parecido al remordimiento cruzó el rostro de Renata Coira, una grieta genuina en la armadura de frialdad calculadora que había construido durante años de complicidad con los negocios sucios de su hermano.

—Yo no la empujé —dijo, con una voz que se había vuelto súbitamente más débil—. Fui yo quien discutió con ella esa noche, sí. Fui yo quien le advirtió que las consecuencias de exponer el esquema serían devastadoras para todos, incluidos ella misma y su futuro hijo, si es que realmente estaba embarazada como usted dice. Pero cuando ella se negó a escuchar, cuando insistió en que publicaría todo de todas formas, perdí el control. La empujé, sí, en un momento de pánico y desesperación. Pero no sabía que llevaba un hijo en su vientre. Si lo hubiera sabido...

—¿Qué? —preguntó Damián, con una furia contenida que apenas lograba mantener a raya—. ¿Se habría detenido? ¿Habría encontrado alguna línea moral que no estuviera dispuesta a cruzar, después de ya haber matado a un hombre inocente dieciocho años atrás?

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Renata no respondió de inmediato. Se quedó mirando sus propias manos, como si pudiera encontrar en ellas alguna evidencia física del peso que acababa de admitir cargar durante tres años.

—Ernesto Montes no murió por mi orden directa —dijo finalmente, con una voz hueca—. Eso fue decisión de mi hermano y de Ricardo Varelli. Yo solo me encargué de que el dinero se moviera correctamente después, de que ninguna transacción pudiera rastrearse hasta nosotros. Pero con Valentina... con Valentina actué yo misma, directamente, por primera y única vez en todos estos años.




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