La fiscalía ocupaba un edificio gris y funcional en el centro de la ciudad, muy distinto a la elegancia de la mansión Varelli o a la discreción añeja del banco Dumont. Alexa y Damián esperaron en una sala contigua a la de interrogatorios, junto con Castaño y el equipo legal que Damián había contratado para seguir de cerca cualquier desarrollo que pudiera afectar directamente a la familia.
—No podemos entrar a la sala —explicó la abogada principal, una mujer de mediana edad llamada Marisol Beltrán, con una expresión profesional que no dejaba espacio para falsas esperanzas—. Pero sí tenemos acceso a la transmisión en vivo desde aquí. El fiscal ha accedido a que ustedes observen, dado su papel central en destapar todo este esquema.
En la pantalla, Renata Coira apareció custodiada por dos agentes, con un uniforme carcelario que contrastaba dramáticamente con la elegancia impecable que Alexa recordaba de su primer encuentro en el banco. Se sentó frente al fiscal con una compostura que, a pesar de las circunstancias, todavía conservaba rastros de su antigua frialdad calculadora.
—Empecemos —dijo el fiscal, un hombre de voz pausada y mirada aguda—. Su abogado afirma que tiene información adicional sobre la noche de la muerte de Valentina Varelli.
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—Así es —confirmó Renata, con una voz que sonaba, para sorpresa de Alexa, genuinamente cansada, despojada ya de cualquier pretensión de control—. Esa noche, después de que yo misma empujara a Valentina, entré en pánico. No sabía qué hacer. Llamé a mi hermano, pero él no contestó de inmediato. Mientras esperaba su respuesta, grabé un mensaje de voz para él, describiendo lo que había ocurrido, con la intención de borrarlo después de que habláramos. Nunca llegué a borrarlo.
Sacó, bajo la supervisión directa de su abogado, un teléfono viejo y desgastado, que entregó formalmente a los investigadores presentes.
—En ese mensaje de voz, que grabé desde el pasillo del segundo piso apenas minutos después del incidente, se escucha claramente una conversación de fondo. Dos voces. La mía, hablando conmigo misma, presa del pánico. Y otra voz, mucho más tranquila, que se acercó a mí en ese momento y me dijo exactamente estas palabras: "Yo me encargo de esto. Tú vete. Nadie necesita saber que estuviste aquí."
El silencio en la sala de observación se volvió absoluto.
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—¿De quién era esa voz? —preguntó el fiscal, inclinándose ligeramente hacia adelante.
Renata vaciló, con una expresión que mezclaba miedo genuino y una especie de resignación cansada.
—No pude verla con claridad esa noche. Estaba demasiado oscuro, y yo estaba demasiado aterrorizada para fijarme en detalles. Pero reconocí la voz. La había escuchado antes, en reuniones familiares, en llamadas telefónicas relacionadas con las finanzas de la familia Varelli.
—Necesito un nombre, señora Coira.
Renata cerró los ojos, como si pronunciar aquel nombre fuera a desencadenar una consecuencia que ya no podía controlar.
—Francisco Lerma —dijo finalmente.
Alexa sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Damián, a su lado, se quedó completamente inmóvil, procesando una revelación que contradecía directamente todo lo que el propio abogado les había contado durante su visita a la costa.
—Eso es imposible —susurró Damián, con la voz quebrada—. Lerma nos ayudó. Nos entregó la carpeta completa de documentos. Admitió su propia complicidad en el esquema original con mi padre.
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En la sala de interrogatorios, el fiscal presionó con la misma pregunta que atormentaba a Alexa en ese momento.
—¿Está segura de que era Francisco Lerma? Según nuestros registros, él mismo colaboró activamente con la investigación posterior, entregando pruebas cruciales contra Ricardo Varelli.
—Estoy segura de la voz —insistió Renata, con una firmeza que no admitía dudas—. Y creo entender por qué colaboró después. Si él fue quien me ayudó a encubrir lo sucedido esa noche, entregar los documentos contra Ricardo le permitió, al mismo tiempo, desviar toda la atención hacia la familia Varelli, alejándola por completo de su propia participación en el encubrimiento del asesinato.
—¿Por qué la ayudaría a usted, específicamente? —preguntó el fiscal.
Renata guardó silencio durante un largo instante, antes de responder con una revelación que terminó de desmoronar cualquier certeza que Alexa creyera haber alcanzado durante las últimas semanas.
—Porque Francisco Lerma es el padre de mi hijo —dijo, con una voz que había perdido por completo cualquier rastro de frialdad—. Tuvimos una relación, hace años, mientras él todavía trabajaba activamente para Ricardo Varelli. Mi hijo nunca supo quién era su verdadero padre. Pero Lerma siempre se aseguró de que ambos estuviéramos protegidos, a cambio de mi silencio absoluto sobre cualquier cosa que pudiera comprometerlo.
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La transmisión continuó durante otra hora, con el fiscal profundizando en cada detalle de aquella nueva revelación, pero Alexa apenas lograba procesar la información adicional, todavía atrapada en la conmoción de descubrir que el hombre que les había ofrecido ayuda, que había parecido genuinamente arrepentido durante su visita a la costa, había estado, en realidad, encubriendo el asesinato de Valentina desde el primer momento.
—Tenemos que ir a verlo —dijo Damián, cuando finalmente la transmisión terminó, con una furia contenida que apenas lograba controlar—. Ahora mismo.
—Espera —intervino Castaño, con una cautela profesional que contrastaba con la urgencia de Damián—. Si Lerma descubre que sabemos la verdad antes de que la policía pueda actuar formalmente, podría huir, destruir evidencia, o peor aún, tomar medidas desesperadas contra cualquiera que considere una amenaza.
—Entonces que actúe la policía de inmediato —dijo Alexa, con una determinación fría que ocultaba el torbellino de emociones que sentía por dentro.