La segunda esposa.

Capítulo 19: Nadie es inocente

—No puedo tomar esa decisión yo sola —dijo Alexa finalmente, con la voz firme a pesar del torbellino que sentía por dentro—. Lo que me pide afecta directamente a Damián, a su familia, al sistema de justicia que tanto hemos luchado por sostener durante estas semanas.

—Entonces consúltelo —respondió Valeria, sin perder la calma—. Pero no tarde demasiado, señorita Montes. Mi paciencia, al igual que mi libertad, tiene un límite. Le daré cuarenta y ocho horas para responder. Después de ese plazo, la información sobre su padre desaparecerá conmigo, posiblemente para siempre.

Alexa sintió que el peso de aquella amenaza caía sobre ella con una fuerza devastadora. Dieciocho años buscando respuestas, y ahora la única persona capaz de ofrecérselas completas le exigía, a cambio, traicionar todo lo que había construido junto a Damián durante aquellas semanas de investigación conjunta.

—¿Cómo sé que no está mintiendo? —preguntó, con una desconfianza que no lograba ocultar del todo—. ¿Cómo sé que realmente tiene esa información, y no está simplemente manipulándome para escapar de la justicia?

Valeria sonrió, con una expresión que mezclaba comprensión genuina y una frialdad calculadora que nunca abandonaba por completo.

—Una prueba de buena fe, entonces —dijo, sacando de su abrigo un pequeño objeto que depositó sobre la mesa cubierta de musgo—. Esto perteneció a su padre. Lo he guardado durante dieciocho años, como un recordatorio constante de lo que estaba dispuesta a hacer para proteger mi propia libertad.

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Alexa se acercó, con el corazón acelerado, y reconoció de inmediato el objeto: un reloj de pulsera desgastado, con la correa de cuero completamente deteriorada por el tiempo, pero con el mecanismo todavía intacto. En el reverso, grabada con una caligrafía pequeña y cuidadosa, encontró una inscripción que le resultó dolorosamente familiar.

Para Ernesto, con todo mi amor. Marta.

El reloj que su madre le había regalado a su padre, el mismo que Alexa recordaba vagamente de su infancia, brillando en la muñeca de Ernesto Montes cada vez que la cargaba sobre sus hombros en el mercado.

—¿Cómo obtuvo esto? —preguntó, con la voz quebrada por la emoción.

—Lo recuperé después de que Hector se encargara de su padre —respondió Valeria, con una frialdad que contrastaba brutalmente con la intensidad del momento—. Consideré, en su momento, que podría serme útil algún día como prueba de que realmente tenía la información que ahora le ofrezco. Parece que ese día finalmente ha llegado.

Alexa tomó el reloj entre sus manos temblorosas, sintiendo que las lágrimas que llevaba conteniendo durante toda la conversación finalmente encontraban su camino, mezclando dolor y una certeza renovada de que, por fin, estaba cerca de obtener la verdad completa que había buscado durante toda su vida adulta.

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—Necesito tiempo para pensarlo —dijo finalmente, guardando el reloj con un cuidado reverencial en el bolsillo de su chaqueta.

—Tiene cuarenta y ocho horas —repitió Valeria, con una firmeza que no admitía extensiones—. Use ese tiempo sabiamente, señorita Montes. Y recuerde que cualquier intento de tenderme una trampa, cualquier intervención de Castaño o de la policía durante nuestro próximo contacto, resultará en la pérdida permanente de la única oportunidad que tendrá de encontrar finalmente a su padre.

Se alejó entre las plantas trepadoras, desapareciendo en las sombras del invernadero con la misma elegancia calculada con que había aparecido, dejando a Alexa sola con el peso devastador de una decisión que amenazaba con poner a prueba cada principio que había defendido durante aquellas semanas de búsqueda incansable de justicia.

Damián y Castaño llegaron minutos después, habiendo escuchado toda la conversación a través del auricular, con expresiones que reflejaban la misma conmoción que Alexa sentía.

—No podemos dejarla escapar —dijo Castaño, de inmediato, con una autoridad profesional que no dejaba espacio para sentimentalismos—. Si Valeria Ibáñez logra huir del país con una nueva identidad, perderemos cualquier posibilidad de hacerla responsable legalmente de todo lo que ha hecho durante estos dieciocho años.

—Pero tiene información sobre mi padre —respondió Alexa, con una desesperación que no intentaba disimular—. Información que podría finalmente darme la paz que he buscado toda mi vida.

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—Entiendo lo que representa para ti —dijo Damián, acercándose con una expresión que mezclaba comprensión genuina y una preocupación profunda—. Pero Alexa, si le permitimos escapar, estaríamos sacrificando la justicia para Valentina, para Tomás Elizondo, para todos los que ella y mi padre destruyeron a lo largo de estos años. No podemos simplemente dejarla ir, sin importar lo que ofrezca a cambio.

—Lo sé —susurró Alexa, sintiendo que el peso de aquella contradicción la desgarraba por dentro—. Pero llevo dieciocho años esperando este momento, Damián. Dieciocho años sin saber qué le pasó realmente a mi padre, sin poder darle a mi madre, antes de morir, la certeza de que su esposo no la había abandonado voluntariamente.

El silencio que siguió se extendió durante varios minutos, mientras caminaban de regreso hacia el coche, cada uno procesando a su manera la magnitud de aquella decisión imposible que se cernía sobre ellos.

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Esa noche, de regreso en la mansión, Alexa se encontró incapaz de conciliar el sueño, sosteniendo el reloj de su padre entre las manos, repasando mentalmente cada palabra de la propuesta de Valeria, buscando desesperadamente alguna solución que no requiriera sacrificar ni la justicia ni la verdad que tanto necesitaba.

Encontró a Beatriz despierta nuevamente, en la cocina, como si la anciana hubiera desarrollado la costumbre de esperar a Alexa cada vez que una nueva crisis amenazaba con desestabilizar completamente la frágil paz que habían logrado construir.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Beatriz, sin necesidad de explicaciones adicionales sobre la gravedad de la situación.




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