El segundo encuentro tendría lugar en un lugar completamente distinto al invernadero: un pequeño café cerrado al público, propiedad de un contacto de confianza de Valeria, según explicó ella misma en las instrucciones enviadas a través del canal cifrado habitual. Esta vez, sorprendentemente, no puso restricciones sobre quién podía acompañar a Alexa.
—Quiere que Damián también esté presente —observó Castaño, revisando el mensaje con una expresión analítica—. Eso sugiere un cambio significativo en su estrategia. Quizás finalmente entendió que necesita negociar de manera más transparente si quiere obtener algo real a cambio.
—O está tendiendo una trampa más elaborada —advirtió Marisol Beltrán, sin ocultar su escepticismo—. No podemos bajar la guardia solo porque parezca más cooperativa esta vez.
Llegaron al café una hora antes de lo acordado, permitiendo que Castaño y su equipo revisaran discretamente cada rincón del local en busca de cualquier indicio de manipulación o peligro oculto. Cuando Valeria finalmente apareció, veinte minutos antes de la hora pactada, lo hizo sola, sin ningún acompañante visible, vestida con una sencillez que contrastaba notablemente con la elegancia calculada que había mostrado durante su primer encuentro.
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—Veo que decidieron confiar en mi invitación, a pesar de todo —dijo, sentándose frente a Alexa y Damián con una expresión que mostraba, por primera vez, un cansancio genuino despojado de cualquier pretensión teatral—. Supongo que eso dice algo sobre su propia desesperación por obtener respuestas, señorita Montes.
—Dice que todavía esperamos que usted cumpla lo que promete —respondió Alexa, con una frialdad calculada—. Aunque, después de descubrir que el reloj era falso, nuestra confianza en sus palabras se ha reducido considerablemente.
Valeria asintió, sin mostrar sorpresa ante la acusación directa.
—Tiene razón en sentirse engañada. Fabriqué esa prueba porque necesitaba garantizar su cooperación inmediata, sin arriesgarme a entregar información real antes de asegurar los términos de mi propia protección. —Hizo una pausa, con una expresión que mezclaba cálculo y algo parecido a una fatiga genuina—. Pero la filtración que ustedes orquestaron sobre nuevas pruebas de la fiscalía, aunque también resultó ser falsa, logró su propósito. Me hizo entender que seguir jugando con medias verdades solo prolongará mi propia exposición al peligro.
—Entonces, ¿qué propone ahora? —preguntó Damián, con una cautela que no abandonaba del todo la desconfianza acumulada.
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Valeria sacó de su bolso un sobre, mucho más grueso que cualquiera de los documentos presentados anteriormente, y lo colocó sobre la mesa con una lentitud deliberada.
—Esto contiene la documentación completa de todas las transferencias financieras que realicé durante dieciocho años, vinculándome directamente con Ricardo Varelli, con el esquema de lavado de dinero, y con los pagos específicos realizados a Hector Salas en las fechas exactas en que Ernesto Montes desapareció —dijo, con una seriedad que contrastaba radicalmente con la actitud calculadora de su primer encuentro—. También incluye la ubicación real donde Hector enterró los restos de su padre, señorita Montes. Esta vez, sin manipulaciones, sin réplicas fabricadas.
Alexa sintió que el corazón se le aceleraba, aunque la experiencia reciente con el reloj falso la mantenía cautelosamente escéptica ante cualquier nueva promesa.
—¿Por qué el cambio repentino? —preguntó, sin tocar todavía el sobre—. Hace apenas dos días estaba dispuesta a huir del país con una nueva identidad. ¿Qué cambió?
Valeria se quedó en silencio durante un largo momento, con la mirada perdida en algún punto distante, antes de responder con una honestidad que parecía costarle físicamente.
—Mi hijo —dijo finalmente—. Tengo un hijo, señorita Montes. Veinticinco años, vive en el extranjero, completamente ajeno a mi verdadera vida durante todos estos años. Cuando descubrí que la fiscalía supuestamente tenía pruebas adicionales contra mí, mi primer pensamiento no fue mi propia seguridad. Fue él. El miedo de que mi hijo descubriera, algún día, la verdad completa sobre quién es realmente su madre, sin que yo tuviera la oportunidad de explicárselo primero, de alguna manera.
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—¿Y eso la hizo reconsiderar huir? —preguntó Damián, con una curiosidad genuina mezclada con desconfianza residual.
—Me hizo entender que huir solo prolongaría la mentira indefinidamente —respondió Valeria, con una vulnerabilidad que Alexa nunca había esperado presenciar en aquella mujer—. Si acepto la condena reducida que la fiscalía está dispuesta a negociar, si colaboro completamente con la investigación, al menos podré ofrecerle a mi hijo una verdad completa, por dolorosa que resulte, en lugar de una vida entera construida sobre una identidad falsa que eventualmente, inevitablemente, se desmoronaría de todas formas.
Alexa finalmente tomó el sobre, abriéndolo con manos que apenas lograba mantener firmes, encontrando en su interior exactamente lo que Valeria había prometido: documentos financieros detallados, fechas específicas, y una hoja manuscrita con una dirección precisa, en las afueras de la ciudad, cerca de un antiguo cementerio abandonado donde, según la nota, Hector Salas había enterrado los restos de Ernesto Montes dieciocho años atrás.
—¿Cómo sé que esto es real? —preguntó, con la voz temblando por una mezcla de esperanza y cautela.
—No lo sabe, todavía —admitió Valeria—. Pero puede verificarlo fácilmente. Lleve a su equipo forense a esa ubicación. Si encuentran algo, sabrá que finalmente le he dado la verdad completa que tanto ha buscado. Si no encuentran nada, entonces tendrá toda la razón para desconfiar permanentemente de cualquier otra cosa que yo pueda decirle.
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Mientras Castaño coordinaba de inmediato con su equipo para organizar una expedición discreta hacia la ubicación indicada, acompañados por peritos forenses capaces de confirmar cualquier hallazgo con la rigurosidad necesaria para un proceso judicial posterior, Valeria continuó hablando, revelando detalles adicionales sobre la operación financiera que había sostenido durante casi dos décadas.