La segunda esposa.

Capítulo 21: Dieciocho años después

La espera se extendió durante casi dos horas, mucho más de lo que Castaño había anticipado inicialmente, mientras Alexa, Damián y Valeria permanecían en el café cerrado, envueltos en un silencio tenso interrumpido solo por el sonido ocasional del teléfono de Castaño vibrando con actualizaciones parciales del equipo forense.

—El terreno está más deteriorado de lo esperado —informó Castaño, tras colgar una de las llamadas—. La zona cercana al cementerio abandonado sufrió modificaciones considerables durante los últimos dieciocho años, con construcción de drenajes nuevos y movimiento de tierra para proyectos urbanísticos que nunca llegaron a completarse. Están usando equipo especializado para localizar cualquier alteración del suelo que coincida con la fecha indicada.

Alexa sintió que cada minuto de espera se estiraba hasta convertirse en una eternidad insoportable, sus manos entrelazadas con las de Damián bajo la mesa, buscando en aquel contacto silencioso la fuerza necesaria para enfrentar lo que fuera que estuvieran a punto de descubrir.

—Si están equivocados sobre la ubicación... —empezó a decir, sin poder completar la idea.

—Entonces seguiremos buscando —completó Damián, con una firmeza reconfortante—. No nos detendremos hasta encontrar la verdad completa, sin importar cuánto tiempo más requiera.

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Finalmente, el teléfono de Castaño sonó de nuevo, y esta vez, al responder, su expresión cambió de inmediato, transformándose en una gravedad que hizo que el corazón de Alexa se detuviera por completo.

—Encontraron algo —dijo, tapando el micrófono por un instante—. Restos óseos, consistentes con la antigüedad indicada. El perito forense necesitará realizar pruebas de ADN para confirmar la identidad completamente, pero las circunstancias del hallazgo, la ubicación exacta, la profundidad del entierro, todo coincide con lo que Valeria describió.

Alexa sintió que las lágrimas comenzaban a correr por su rostro antes de que pudiera siquiera procesar completamente la magnitud de aquella confirmación. Dieciocho años de incertidumbre, de esperanza silenciosa, de preguntas sin respuesta susurradas ante una ventana empañada durante su infancia, finalmente encontraban un punto de resolución, doloroso pero necesario.

—¿Puedo verlo? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Puedo ir al lugar?

—Es mejor esperar a la confirmación completa del ADN —sugirió Castaño, con una cautela comprensiva—. Pero sí, una vez confirmado, tendrás todo el derecho de visitar el lugar, de organizar finalmente un entierro apropiado para tu padre.

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Valeria observaba la escena con una expresión que mezclaba alivio genuino y una tristeza profunda, consciente de que, a pesar de todo el daño causado, aquel momento representaba también una forma de redención parcial para sus propias acciones pasadas.

—Lamento que haya tenido que esperar tanto tiempo para obtener esta certeza —dijo, con una sinceridad que ya no escondía ningún cálculo oculto—. Debí haber revelado esta información hace años, en lugar de permitir que el miedo a mis propias consecuencias legales prolongara su sufrimiento indefinidamente.

—No voy a perdonarla completamente por lo que hizo —respondió Alexa, con una honestidad cruda que no pretendía suavizar la realidad de la situación—. Pero reconozco que, al final, decidió hacer lo correcto, aunque fuera demasiado tarde para cambiar completamente el daño ya causado.

—Es más de lo que merezco, considerando todo lo que he hecho —admitió Valeria, con una resignación tranquila—. Pero lo aceptaré de todas formas, señorita Montes. Es, posiblemente, el único tipo de paz que podré encontrar después de todos estos años.

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Esa misma noche, de regreso en la mansión Varelli, Alexa se encontró incapaz de procesar completamente la magnitud de lo que acababa de descubrir, oscilando entre un alivio profundo y un dolor renovado que, paradójicamente, se sentía más intenso ahora que finalmente tenía certeza, en lugar de la ambigüedad que había cargado durante dieciocho años enteros.

Beatriz la encontró en el jardín de rosas, sentada en el banco de piedra que se había convertido en su refugio habitual durante momentos de crisis emocional, con la mirada perdida en la oscuridad del jardín iluminado apenas por la luna.

—¿Cómo te sientes? —preguntó la anciana, sentándose junto a ella con la ayuda de su bastón.

—No lo sé con certeza —admitió Alexa, con una honestidad vulnerable—. Pensé que encontrar finalmente la verdad traería consigo algún tipo de paz inmediata. Pero en cambio, solo siento un vacío nuevo, diferente a la incertidumbre anterior, pero igualmente pesado de cargar.

—Es normal sentir eso —dijo Beatriz, con una sabiduría que reflejaba su propia experiencia procesando el duelo por su hijo, a pesar de todo el daño que él mismo había causado—. La certeza no borra el dolor, niña. Solo cambia su forma. Pero con el tiempo, aprenderás a cargar ese dolor de una manera distinta, más llevadera, especialmente ahora que finalmente puedes honrar correctamente la memoria de tu padre.

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Damián se unió a ellas minutos después, trayendo consigo una manta que colocó suavemente sobre los hombros de Alexa, protegiéndola del frío nocturno que empezaba a intensificarse.

—El equipo forense confirmó preliminarmente, basándose en objetos personales encontrados junto a los restos, que coinciden con las pertenencias de tu padre —dijo, con una delicadeza que reflejaba el peso emocional de aquella información—. La confirmación oficial de ADN tomará unos días más, pero las probabilidades son extremadamente altas de que finalmente hayamos encontrado a Ernesto Montes.

Alexa asintió, sintiendo que una nueva oleada de lágrimas amenazaba con desbordarse, aunque esta vez, mezcladas con una gratitud profunda hacia las personas que la rodeaban, que habían luchado junto a ella durante cada paso de aquella búsqueda incansable.




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