La nota amenazante desató una respuesta inmediata y coordinada por parte de toda la mansión. Castaño reforzó la seguridad perimetral con un contingente adicional de hombres armados, mientras Marisol Beltrán contactaba de urgencia con el fiscal para solicitar protección policial formal para Alexa, dado que la amenaza ya no provenía de un sospechoso individual, sino de una red organizada con recursos considerables.
—No pienso dejar que esto me detenga —dijo Alexa, con una determinación que reflejaba todo el camino recorrido desde aquella primera noche en que cruzó el portón de la mansión Varelli, meses atrás—. Ya perdí dieciocho años esperando respuestas. No voy a retroceder ahora, justo cuando finalmente empezamos a acercarnos a quienes realmente sostuvieron todo este esquema.
—Nadie te está pidiendo que te detengas —respondió Damián, con una expresión que mezclaba admiración y preocupación genuina—. Pero necesitamos ser más cuidadosos que nunca. Quienquiera que esté detrás de esta amenaza demostró, con lo que le hicieron a Valeria, que está dispuesto a actuar con una violencia calculada y eficiente.
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Esa misma tarde, Beatriz convocó una reunión familiar urgente en el salón principal, consciente de que, ante una amenaza de esa magnitud, la unidad completa de la familia resultaba más necesaria que nunca.
—Durante años, esta familia se mantuvo dividida por secretos, sospechas mutuas y traiciones silenciosas —dijo, de pie frente a todos, apoyada en su bastón con una autoridad que ninguno de los presentes se atrevió a cuestionar—. Pero ahora enfrentamos una amenaza externa que requiere que todos, sin excepción, trabajemos juntos, compartiendo cualquier información que pueda sernos útil, sin ocultar nada por miedo a las consecuencias personales.
Ramón, todavía cargando el peso de sus propias confesiones anteriores, fue el primero en hablar.
—Si hay algo que puedo hacer para ayudar, lo haré —dijo, con una sinceridad que contrastaba con la evasión constante que había mostrado durante gran parte de la investigación—. Ya aprendí, de la manera más dolorosa posible, que los secretos solo prolongan el sufrimiento de todos.
Julia y Tomás, reconciliados parcialmente tras su conversación semanas atrás, también se ofrecieron a colaborar con cualquier información adicional que pudieran recordar sobre las conexiones de Francisco Lerma con el mundo financiero internacional.
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Mientras la familia se organizaba para enfrentar colectivamente aquella nueva amenaza, Castaño continuó investigando la empresa fantasma identificada por Marisol Beltrán, utilizando contactos internacionales que había cultivado durante años de trabajo en casos de corrupción financiera transnacional.
—Logramos identificar parcialmente la estructura —informó, dos días después, reuniendo nuevamente a Damián y Alexa en el despacho principal—. La empresa receptora de las transferencias trimestrales está registrada bajo el nombre de Meridian Capital Holdings, con sede nominal en Luxemburgo, pero con conexiones que, según mis fuentes, se extienden hacia un grupo de inversionistas con intereses considerables en la industria farmacéutica y de construcción.
—¿Tienes nombres específicos? —preguntó Damián, con una tensión evidente.
—Solo uno, hasta ahora, y con una confirmación todavía parcial —respondió Castaño, con cautela—. Un hombre llamado Gustavo Peña Oribe, reconocido empresario con inversiones en varios países de la región, que aparece repetidamente vinculado a Meridian Capital a través de múltiples capas de empresas intermediarias.
El nombre no le resultaba familiar a Alexa, pero la expresión de Damián cambió de inmediato, con una mezcla de sorpresa y una creciente inquietud.
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—Conozco ese nombre —dijo, con una voz tensa—. Gustavo Peña Oribe es uno de los principales donantes de la fundación benéfica que Valentina dirigía antes de su muerte. Asistió a varios eventos en esta misma mansión, incluso lo recuerdo conversando brevemente con mi padre en más de una ocasión durante cenas formales.
—Entonces estuvo cerca de esta familia todo este tiempo, sin que nadie sospechara jamás de su verdadera conexión con el esquema financiero —dijo Alexa, sintiendo que un escalofrío renovado le recorría la espalda ante la idea de que el responsable final de tanto sufrimiento pudiera haber estado, literalmente, sentado a la mesa de aquella misma casa en múltiples ocasiones.
—Necesitamos proceder con extrema cautela —advirtió Marisol Beltrán, quien se había unido a la reunión con una expresión profesional seria—. Peña Oribe tiene recursos legales y políticos considerablemente superiores a cualquiera de los implicados anteriores en este caso. Una acusación prematura, sin pruebas absolutamente sólidas, podría resultar en una demanda devastadora, además de alertarlo lo suficiente como para que destruya cualquier evidencia restante antes de que podamos actuar formalmente.
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Esa noche, mientras el equipo legal trabajaba en desarrollar una estrategia cuidadosa para investigar a Peña Oribe sin levantar sospechas prematuras, Alexa recibió una llamada inesperada en su teléfono personal, desde un número que, para su sorpresa genuina, reconoció de inmediato.
—¿Clara? —respondió, con cautela.
—Alexa, necesito que escuches con atención —dijo la periodista, con una urgencia evidente en la voz—. Después de la desaparición de Valeria, decidí investigar por mi cuenta las conexiones de Meridian Capital. Descubrí algo que necesitas saber antes de que tu equipo legal avance con cualquier estrategia oficial.
—¿Qué descubriste?
—Peña Oribe no actúa solo —dijo Clara, con una gravedad renovada—. Forma parte de un consorcio más amplio, un grupo de inversionistas que ha financiado operaciones similares en al menos tres países distintos durante los últimos veinte años. Esto no es solo sobre la familia Varelli, Alexa. Es sobre una red internacional de lavado de dinero mucho más extensa de lo que cualquiera de nosotros había imaginado.