El mensaje amenazante desató una reacción inmediata de alarma dentro del círculo reducido que conocía los detalles del plan con Clara Izaguirre. Castaño, convocado de inmediato al despacho principal, examinó el teléfono de Alexa con una expresión que reflejaba una preocupación considerablemente mayor que en ocasiones anteriores.
—Esto confirma algo que temía desde que recibimos la primera amenaza —dijo, con gravedad—. Alguien, dentro de nuestro círculo de confianza, está filtrando información directamente hacia quienes financiaron todo este esquema. La conversación sobre el plan mediático con Clara se desarrolló exclusivamente entre las personas presentes en esta misma sala hace apenas unas horas.
—Eso significa que el infiltrado sigue aquí, dentro de la mansión, o tiene acceso directo a alguno de nosotros —dijo Damián, con una tensión evidente mientras recorría con la mirada a cada uno de los presentes, como si pudiera identificar visualmente al responsable de aquella traición continuada.
—No necesariamente dentro de la mansión —corrigió Marisol Beltrán, con cautela profesional—. También podrían estar interviniendo nuestras comunicaciones telefónicas o electrónicas, a pesar de las medidas de seguridad que ya implementamos anteriormente.
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Castaño llamó de inmediato a su especialista en seguridad informática, quien llegó apenas una hora después para realizar un barrido exhaustivo de todos los dispositivos electrónicos utilizados por la familia y el equipo legal durante los últimos días.
—Encontré algo —anunció el especialista, tras casi dos horas de revisión meticulosa, mostrando en su propia laptop un fragmento de código que había logrado extraer del teléfono de Ramón—. Un software espía, relativamente sofisticado, instalado hace aproximadamente una semana. Transmite automáticamente el contenido de llamadas y mensajes a un servidor externo, sin que el usuario del dispositivo pueda detectarlo fácilmente.
—¿Ramón sabía que su teléfono estaba intervenido? —preguntó Alexa, sintiendo que la desconfianza hacia aquel miembro de la familia, parcialmente mitigada tras sus confesiones anteriores, volvía a resurgir con renovada intensidad.
—Es poco probable que lo supiera —respondió el especialista—. Este tipo de software generalmente se instala a través de enlaces maliciosos disfrazados de mensajes legítimos, aprovechando descuidos momentáneos del usuario, sin requerir necesariamente complicidad consciente de su parte.
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Ramón, al ser informado sobre el hallazgo, mostró una expresión de genuino horror, muy distinta a la evasión calculada que había caracterizado algunas de sus confesiones anteriores.
—No tenía idea —dijo, con la voz temblando—. Recibí un mensaje hace una semana, supuestamente de mi banco, pidiéndome que verificara una transacción sospechosa. Hice clic en el enlace sin pensarlo demasiado. Dios mío, si esto permitió que escucharan la conversación sobre Clara...
—No es tu culpa directamente —dijo Damián, aunque con una tensión que sugería que la confianza hacia su tío todavía requería tiempo adicional para reconstruirse completamente—. Pero necesitamos ser considerablemente más cuidadosos de ahora en adelante. Castaño, ¿puedes revisar también los dispositivos del resto de la familia?
—Ya estoy en ello —confirmó el especialista, mientras continuaba examinando sistemáticamente cada teléfono y computadora disponible dentro de la mansión.
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Mientras el equipo de seguridad continuaba con la revisión exhaustiva, Alexa se retiró brevemente al jardín, necesitando un momento para procesar la magnitud creciente de la vigilancia a la que estaban siendo sometidos. Encontró a Elvira allí, como en tantas ocasiones anteriores, aunque esta vez la anciana cocinera mostraba una expresión preocupada que contrastaba con su habitual serenidad.
—¿Está bien, señorita? —preguntó Elvira, notando de inmediato la tensión evidente en el rostro de Alexa.
—Descubrimos que alguien ha estado espiando nuestras comunicaciones —admitió Alexa, sintiendo que la presencia reconfortante de Elvira ofrecía, como siempre, un refugio genuino en medio de tanta tensión acumulada—. No sé en quién confiar completamente ya, Elvira. Cada vez que creemos haber cerrado una puerta, descubrimos otra abierta de par en par.
—Confíe en las personas que han demostrado, repetidamente, estar dispuestas a arriesgar algo propio por usted —dijo Elvira, con una sabiduría tranquila—. El señor Damián. La señora Beatriz. Yo misma, aunque sea solo una simple cocinera. La confianza, señorita, no se mide por la ausencia de errores, sino por la disposición genuina a corregirlos cuando ocurren.
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Fortalecida parcialmente por aquellas palabras, Alexa regresó al despacho principal, donde Clara Izaguirre había sido contactada de urgencia para informarle sobre la posible fuga de información y coordinar medidas adicionales de seguridad antes de proceder con cualquier publicación.
—Si saben que estamos planeando exponerlos mediáticamente, es probable que intenten actuar preventivamente, ya sea desacreditándonos públicamente, o tomando medidas más directas contra cualquiera de nosotros antes de que la historia pueda publicarse —advirtió Clara, a través de una videollamada con una conexión deliberadamente encriptada para evitar cualquier intercepción adicional—. Necesitamos acelerar el proceso, en lugar de retrasarlo, mientras simultáneamente reforzamos la seguridad de todos los involucrados.
—¿Cuánto tiempo necesitas para completar el artículo? —preguntó Damián.
—Con la documentación que ya tengo, incluyendo las pruebas de Valeria, los testimonios de Lerma y Renata, y ahora la conexión con el ministro de Justicia, podría tener una versión preliminar lista en menos de cuarenta y ocho horas —respondió Clara, con una determinación renovada—. Pero necesito que ustedes confirmen formalmente su disposición a ser citados directamente en la historia, incluyendo los detalles más comprometedores sobre la propia familia Varelli.