La instalación penitenciaria femenina se alzaba en las afueras de la ciudad, un complejo gris y funcional rodeado de muros altos coronados con alambre de púas, considerablemente distinto a cualquier lugar que Alexa hubiera imaginado asociar con la mujer elegante que había conocido meses atrás en el banco Dumont.
Castaño coordinó cada detalle de la visita con una precisión meticulosa, insistiendo en acompañar a Alexa personalmente, junto con dos guardias adicionales apostados discretamente cerca de la sala de visitas, mientras Damián permanecía en el vehículo exterior, respetando la solicitud específica de Renata de hablar únicamente con Alexa.
—Cualquier indicio de peligro, y saldremos de inmediato —advirtió Castaño, mientras caminaban por el pasillo institucional hacia la sala designada—. No bajes la guardia solo porque está encarcelada. Todavía podría estar jugando algún tipo de estrategia que no hemos logrado anticipar completamente.
Alexa asintió, consciente de aquella advertencia, aunque algo en el tono del mensaje que había recibido sugería una urgencia genuina que no encajaba del todo con las manipulaciones calculadas que Renata había mostrado durante sus primeras interacciones meses atrás.
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Encontró a Renata sentada al otro lado de una mesa metálica, con el cabello gris visible en las raíces sin el tinte habitual que había mantenido anteriormente, vestida con el uniforme carcelario que contrastaba dramáticamente con la elegancia que Alexa recordaba de su primer encuentro.
—Gracias por venir —dijo Renata, con una voz que reflejaba el peso considerable de los meses transcurridos desde su detención—. No estaba segura de que aceptaría mi invitación, considerando todo lo que le hice pasar.
—Estoy aquí por la información que mencionaste, no por reconciliación personal —respondió Alexa, manteniendo una distancia emocional deliberada—. Cuéntame sobre ese "verdadero arquitecto" que mencionaste.
Renata asintió, con una expresión que mezclaba resignación y una determinación renovada, tomando un momento antes de continuar, como si necesitara reunir el valor suficiente para compartir aquella información.
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—Hector mencionó ese nombre solo dos veces durante todos los años que trabajamos juntos —comenzó, con la voz baja—. La primera vez, hace aproximadamente diez años, durante una conversación privada donde discutíamos la posibilidad de expandir nuestras operaciones hacia nuevos mercados. Dijo algo así como: "Eso tendría que aprobarlo directamente él, no podemos movernos sin su autorización explícita."
—¿Quién es "él"? —preguntó Alexa, con el corazón acelerándose ante la perspectiva de finalmente obtener un nombre concreto.
—Hector nunca lo mencionó directamente por su nombre completo —admitió Renata, con una expresión de frustración genuina—. Siempre se refería a él simplemente como "el Profesor", un apodo que parecía utilizarse exclusivamente entre un círculo extremadamente reducido de personas con acceso directo a los niveles más altos de la estructura financiera.
—¿Por qué "el Profesor"? —preguntó Alexa, considerando aquel apodo peculiar.
—No estoy completamente segura —respondió Renata—. Pero recuerdo que Hector mencionó, en una ocasión posterior, que esa persona había sido en algún momento profesor universitario de economía, antes de dedicarse completamente a construir y supervisar esta red financiera internacional desde las sombras más profundas.
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Alexa procesó aquella información, intentando conectarla con cualquier detalle previo que pudiera ayudar a identificar a aquel misterioso "Profesor" cuya existencia parecía situarse considerablemente por encima de cualquier otro responsable identificado hasta entonces.
—¿Mencionó alguna vez dónde enseñaba, o en qué universidad trabajó anteriormente? —preguntó.
—Solo una vez, de manera indirecta —respondió Renata, esforzándose visiblemente por recordar los detalles precisos de aquella conversación distante—. Hector mencionó que "el Profesor" había enseñado en una universidad prestigiosa, en algún país europeo, antes de abandonar completamente esa carrera académica para dedicarse a las finanzas internacionales. Creo que mencionó algo sobre teoría económica avanzada, aunque no puedo recordar los detalles específicos con total precisión.
—¿Alguna vez lo viste personalmente? —preguntó Alexa, con una esperanza cautelosa.
Renata negó con la cabeza, con una expresión que reflejaba la misma frustración que Alexa sentía ante la naturaleza esquiva de aquella información.
—Nunca. Toda comunicación con él se realizaba exclusivamente a través de intermediarios extremadamente cuidadosos, nunca directamente. Era, según me explicó Hector en más de una ocasión, la máxima prioridad de toda la estructura: proteger completamente la identidad de esa persona, sin importar qué otros sacrificios resultaran necesarios.
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—¿Por qué compartes esto ahora, después de todos estos meses? —preguntó Alexa, con una cautela que no abandonaba del todo ante aquella revelación todavía incompleta.
Renata se quedó en silencio durante un largo momento, con una expresión que mezclaba vergüenza genuina y una determinación renovada antes de responder con una honestidad cruda.
—Porque esta mañana recibí una visita —dijo finalmente, con la voz temblando ligeramente—. Alguien que no se identificó formalmente, pero que claramente representaba intereses considerablemente más poderosos que cualquiera de los que he enfrentado hasta ahora. Me advirtió, de manera bastante directa, que cualquier información adicional que compartiera sobre la estructura superior de esta red resultaría en consecuencias severas para mi propio hijo.
El peso de aquella revelación se instaló profundamente en Alexa, reconociendo el mismo patrón devastador de amenazas calculadas que había caracterizado cada nivel anterior de aquella conspiración interminable.