La segunda esposa.

Capítulo 27: Conversación con el arquitecto.

Alexa activó rápidamente el altavoz de su teléfono, haciendo una señal silenciosa hacia Castaño para que intentara rastrear la llamada mientras Damián se acercaba con una expresión tensa, ambos conscientes de que aquella conversación representaba, posiblemente, el momento más decisivo de toda la investigación realizada hasta entonces.

—Sé que está ahí Damián Varelli también, probablemente intentando rastrear esta llamada —dijo Weidmann, con una calma que sugería experiencia considerable anticipando exactamente ese tipo de reacciones—. Pueden ahorrarse el esfuerzo. Estoy utilizando tecnología suficientemente sofisticada como para garantizar que cualquier intento de localización resulte completamente infructuoso.

—¿Qué quiere? —preguntó Alexa, con una voz que se esforzaba por mantener firmeza a pesar del torbellino de emociones que sentía por dentro.

—Quiero ofrecerle una perspectiva que, sospecho, nadie más le ha compartido durante toda esta investigación —respondió Weidmann, con un tono casi pedagógico que resultaba profundamente inquietante dado el contexto—. Usted ha pasado meses enteros persiguiendo villanos individuales: Ricardo Varelli, Hector Salas, Renata Coira, Francisco Lerma, Gustavo Peña Oribe. Cada uno de ellos, a su manera, responsable de decisiones terribles que causaron sufrimiento considerable. Pero ninguno de ellos, señorita Montes, representa realmente el sistema completo que permitió que todo esto ocurriera durante tantos años.

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—¿Y usted sí? —preguntó Damián, interviniendo directamente con una furia apenas contenida.

—Yo construí la estructura —admitió Weidmann, sin ninguna vacilación evidente—. Pero permítanme ser absolutamente claro: nunca ordené directamente ninguna muerte. Nunca instruí a nadie para que hiciera desaparecer a Ernesto Montes, ni para que empujara a Valentina por esa escalera. Esas decisiones, esas acciones terribles, fueron tomadas por hombres y mujeres que operaron dentro del sistema que yo diseñé, pero cuyas decisiones individuales permanecieron completamente fuera de mi control directo.

—Eso suena exactamente al mismo tipo de distinción moral conveniente que utilizó Valeria para justificar su propia participación —respondió Alexa, con una indignación que no intentaba disimular—. "No maté directamente a nadie, solo proporcioné los medios." ¿Realmente cree que eso lo exonera de alguna responsabilidad genuina?

Weidmann permaneció en silencio durante un instante considerable, como si aquella acusación directa requiriera reflexión genuina antes de responder.

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—No busco exoneración completa —dijo finalmente, con una honestidad que resultaba inesperadamente desarmante—. He construido sistemas financieros que permitieron corrupción masiva durante décadas enteras, que facilitaron el sufrimiento de innumerables personas cuyos nombres probablemente nunca llegaré a conocer completamente. Eso tiene un peso moral que no pretendo minimizar. Pero llamé esta noche, señorita Montes, porque he decidido algo que probablemente la sorprenderá considerablemente.

—¿Qué cosa? —preguntó Alexa, con una desconfianza evidente ante cualquier nueva manipulación potencial.

—Voy a retirarme —dijo Weidmann, con una simplicidad que contrastaba dramáticamente con la complejidad absoluta de todo lo que representaba—. Tengo setenta y tres años, señorita Montes. Construí este sistema durante más de dos décadas, protegiéndolo meticulosamente de cualquier exposición. Pero la publicación de Clara Izaguirre, combinada ahora con la investigación adicional de Patricia Oller, ha generado un nivel de atención internacional que, francamente, ya no puedo controlar completamente, independientemente de los recursos considerables que todavía poseo.

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—¿Está diciendo que se rinde? —preguntó Damián, con un escepticismo evidente.

—Estoy diciendo que soy pragmático —corrigió Weidmann—. Continuar operando bajo este nivel de escrutinio resultaría, eventualmente, en mi propia exposición completa, independientemente de cuánto esfuerzo adicional invierta en protegerme. Prefiero, en cambio, negociar los términos de mi propio retiro desde una posición de relativa fortaleza, en lugar de esperar pasivamente a que ustedes, u otros investigadores similares a Patricia Oller, eventualmente logren desenmascararme completamente de todas formas.

—¿Qué está proponiendo exactamente? —preguntó Alexa, sintiendo que aquella conversación tomaba un rumbo considerablemente más complejo del que había anticipado inicialmente.

—Una transición ordenada —respondió Weidmann—. Les proporcionaré documentación extensa sobre toda la estructura financiera que construí, incluyendo nombres, cuentas, conexiones específicas en cada uno de los países donde opera esta red. A cambio, solicito únicamente que mi propia identificación pública se maneje con cierta... discreción diplomática, permitiéndome retirarme completamente sin enfrentar un proceso de extradición formal que, dada mi edad avanzada y mi estado de salud actual, probablemente resultaría considerablemente más perjudicial de lo necesario.

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—Está pidiendo inmunidad —dijo Alexa, con una frialdad que reflejaba el reconocimiento inmediato de aquel patrón ya familiar—. Exactamente igual que Valeria.

—No exactamente igual —corrigió Weidmann, con una paciencia que sugería que anticipaba aquella comparación—. Valeria negoció su propia libertad a cambio de información limitada. Yo le estoy ofreciendo, señorita Montes, la posibilidad de desmantelar completamente toda la estructura internacional que ha estado persiguiendo durante los últimos meses, no solo fragmentos parciales de ella.

Castaño, que había permanecido escuchando atentamente mientras intentaba infructuosamente rastrear la llamada, finalmente intervino, con una voz calculadora que reflejaba años enteros de experiencia negociando situaciones similares.

—¿Y si rechazamos esa propuesta? —preguntó, directamente.




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