El amanecer sobre la costa de Amalfi pintaba el cielo de tonos rosados y dorados cuando el vehículo que Castaño había organizado localmente finalmente se detuvo frente a un portón de hierro forjado, cubierto de enredaderas que llevaban años enteros creciendo sin control, ocultando parcialmente una villa de piedra clara que se asomaba entre los cipreses hacia el mar Tirreno extendido más abajo.
—Esta es la dirección confirmada —dijo Castaño, revisando una última vez los documentos en su teléfono—. Mis contactos locales verificaron actividad reciente: luces encendidas anoche, un vehículo alquilado estacionado en el camino de entrada desde ayer por la tarde.
Alexa sintió que el corazón le latía con una fuerza considerable mientras descendía del vehículo, con Damián a su lado, ambos exhaustos tras el vuelo nocturno pero sostenidos por una determinación que no admitía más demoras ante aquel momento que representaría, finalmente, el verdadero cierre de toda aquella búsqueda incansable.
—Quiero entrar sola primero —dijo Damián, deteniéndose frente al portón con una expresión que mezclaba determinación y una vulnerabilidad genuina—. Necesito hablar con ella sin que la presencia de un equipo de seguridad complete convierta esto en un interrogatorio formal antes de que pueda escuchar su propia versión.
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Castaño vaciló, con su instinto profesional resistiéndose naturalmente ante aquella propuesta, pero finalmente asintió, reconociendo la necesidad genuina de aquel momento íntimo entre abuela y nieto.
—Mantendremos posición discreta en el perímetro —aceptó—. Cualquier indicio de peligro, y entraremos de inmediato.
Alexa tomó la mano de Damián antes de que cruzara el portón, ofreciéndole una última muestra de apoyo silencioso.
—Estaré aquí, esperándote —dijo—. Pero si ella está dispuesta a hablar con los dos, quiero escuchar también su versión directamente.
Damián asintió, besándola brevemente en la frente antes de atravesar el portón abierto, caminando por un sendero de piedra bordeado de lavanda silvestre hacia la entrada principal de la villa, donde, para su sorpresa, la puerta ya estaba entreabierta, como si alguien hubiera estado esperando precisamente aquella llegada.
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Encontró a Beatriz sentada en una terraza con vista directa al mar, envuelta en un chal grueso a pesar de la temperatura templada de la mañana, con una taza de té frente a ella que apenas había tocado. Al verlo aproximarse, no mostró ninguna sorpresa evidente, solo una tristeza profunda que parecía haber envejecido considerablemente su rostro durante las pocas horas transcurridas desde su huida.
—Sabía que me encontrarían —dijo, sin levantarse de su silla—. Una parte de mí, honestamente, lo esperaba con cierto alivio.
—¿Por qué huiste, entonces, si esperabas que te encontráramos? —preguntó Damián, deteniéndose a cierta distancia, todavía procesando la mezcla compleja de furia y dolor que sentía ante la presencia de aquella mujer que lo había criado.
—Porque necesitaba tiempo —respondió Beatriz, con una honestidad que no intentaba disimular su propia vulnerabilidad—. Tiempo para decidir si tenía el valor suficiente para enfrentarte directamente, en lugar de simplemente desaparecer completamente hacia algún refugio donde pudiera vivir mis últimos años con la conciencia, aunque fuera parcialmente, en paz.
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Alexa, que había esperado apenas diez minutos antes de decidir que necesitaba estar presente también, cruzó el portón acompañada de Castaño, encontrando a Damián todavía de pie frente a su abuela, ambos sumidos en un silencio cargado de toda la complejidad emocional de aquel reencuentro devastador.
—Alexa —dijo Beatriz, al verla aproximarse, con una expresión que mezclaba vergüenza genuina y un afecto que, a pesar de todo lo descubierto, parecía completamente real—. Me alegra que hayas venido también. Mereces escuchar esto directamente de mis propios labios.
Alexa se sentó frente a ella, con Damián tomando asiento también, ambos preparados finalmente para escuchar la explicación completa que habían perseguido durante aquella noche devastadora de revelaciones sucesivas.
—Hace dieciocho años, cuando Ricardo me contó sobre los problemas que Ernesto Montes representaba para la estabilidad financiera completa de la familia, yo todavía creía genuinamente que estaba protegiendo a mis propios nietos, a Damián, de las consecuencias devastadoras que una exposición pública completa hubiera representado para todos nosotros —comenzó Beatriz, con la voz temblando ligeramente—. Sugerí, Dios me perdone, que existían formas de "resolver" el problema sin necesariamente recurrir a la violencia directa. Nunca imaginé, o quizás simplemente elegí no imaginar completamente, hacia dónde conduciría exactamente esa sugerencia inicial.
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—¿Y con Valentina? —preguntó Alexa, con una voz que luchaba por mantenerse firme ante la magnitud de aquella confesión—. ¿También creíste estar "protegiendo" a la familia al sugerir su eliminación?
—Valentina amenazaba con destruir completamente todo lo que había construido para proteger a mis nietos durante décadas enteras —admitió Beatriz, con una expresión de dolor genuino—. Para entonces, ya estaba considerablemente más comprometida con Weidmann de lo que debería haber estado jamás. El poder que había acumulado, la protección financiera que aquel sistema corrupto me ofrecía, se habían convertido en algo que yo misma luchaba desesperadamente por proteger, independientemente del costo humano que eso representara.
»Pero quiero que sepan algo —continuó, con una urgencia renovada—. Cuando llegué a esa escalinata esa noche de tormenta, cuando vi a Valentina cayendo, algo se rompió completamente dentro de mí. No fue actuación lo que vieron en mi rostro cuando la sostuve en mis brazos. Fue el momento exacto en que comprendí, finalmente, la magnitud devastadora de lo que había ayudado a crear.