Nefertari salió apresuradamente del despacho, buscando evitar cualquier intento de su madre de detenerla. Ignorando los murmullos de los trabajadores, se desplazó entre los cubículos con la cara levantada, un gesto obstinado para ocultar su orgullo dolido. Con pasos firmes, se dirigió hacia el ascensor.
Al llegar al vestíbulo, su cuerpo finalmente cedió. El peso de la pena y la carga emocional por el desprecio de su padre la golpearon. Regresó al Mercedes, donde Karim la esperaba con el motor en marcha.
—A casa, por favor—, le dijo con voz cansada.
Durante el viaje, Nefertari observó el paisaje urbano, pero no veía nada. Su mente estaba consumida por la frustración y la rabia por sentirse ignorada. Las lágrimas amenazaban con brotar. Instintivamente, sus dedos rozaron el escarabajo de su collar, buscando un consuelo silencioso.
La mirada de Nefertari estaba perdida. Se preguntó cuántos de los transeúntes sabrían que sus vidas eran posibles gracias a un pacto divino. El mundo que la rodeaba no era solo el Egipto moderno: era un ecosistema donde los dioses, como Horus, Anubis e incluso su propia mentora, Isis, vivían y respiraban, integrados en el día a día. Habían aceptado roles en la sociedad mortal para proteger sus secretos, pero eso no cambiaba la regla fundamental: la magia estaba viva, y las leyendas eran historias olvidadas.
Tampoco tenía muchos amigos. Nefertari siempre había sido solitaria, y nadie de su vida diaria sabía de su linaje ni de su responsabilidad como Guardiana de la Semilla. ¿Quién podría entenderla?
Tomó su teléfono y buscó en su directorio. Entre los primeros nombres, encontró el de la única persona que la podía entender y a la que consideraba su amiga: Alexia.
Alexia, otra Guardiana de la Semilla, descendiente de la diosa Afrodita en Grecia, era su única ancla. Se conocieron a los ocho años, y su amistad, forjada en la lealtad de sus linajes, era el único lugar donde Nefertari podía ser solo Nefer.
Nefertari le envió un mensaje, con los dedos temblorosos. "Alexia, hola, ¿cómo estás?".
Su teléfono sonó casi de inmediato. "Nefer, amiga, ¿cómo estás?", le respondió Alexia.
"Un poco frustrada con mi padre, en realidad", escribió Nefertari.
"¿En serio? ¿Qué pasó?", le preguntó Alexia. "Afrodita me contó sobre tu sueño y el robo de la semilla de los animales", añadió.
"Por eso fui a hablar con mi padre", le explicó Nefertari. "Pero me ignoró otra vez".
Nefertari le contó a Alexia todo lo que había pasado. Alexia la escuchó con genuina atención y comprensión, lo que ayudó a Nefertari a desahogarse. Las dos chicas compartieron confidencias y preocupaciones durante todo el trayecto hasta la casa de Nefertari.
Nefertari llegó a su hogar sintiéndose mucho más tranquila. La frustración y la rabia se habían disipado, pero la preocupación por su viaje a Venezuela seguía presente. No sabía exactamente qué le depararía la misión, pero sabía que era importante.
Entró y, en el vestíbulo, se encontró con su hermana menor, Maya. La joven de quince años era muy parecida a Nefertari, con el mismo cabello negro (aunque más alborotado) y los ojos verdes, pero su piel era clara, como la de su madre. Vestía unos jeans a la moda y una sudadera negra con un estampado dorado.
—¡Nefer! —, exclamó Maya con entusiasmo, corriendo a abrazarla.
Las dos hermanas tenían una relación muy estrecha, aunque Nefertari había vivido con Isis hasta los dieciocho años. Ambas compartieron algunas clases de la diosa. Maya también despertó la clarividencia, pero su poder se manifestaba de forma más sutil, con destellos fugaces, a diferencia de las visiones más complejas de Nefertari. Por ese motivo, según la antigua tradición de los descendientes de Isis, solo el primogénito, poseedor de las visiones más claras, era digno de la tutela de la diosa y se convertía en líder de los Guardianes.
—Hola, Maya—, le dijo Nefertari, devolviéndole el abrazo con cariño. —¿Cómo estás? —
—Muy bien—, respondió Maya. —¿Dónde estuviste todo el día? —
—Fui a la oficina de Papá—, le contestó. En ese momento, su teléfono sonó. Al sacarlo del bolsillo y ver que era un mensaje de su padre, sintió automáticamente cómo la sangre le hervía de rabia. ¿Qué quería su padre ahora? Con el ceño fruncido le dice a su hermana:
—Maya, ¿sabes si han dejado algo para comer en la cocina? Tengo un poco de hambre.
—No lo sé, déjame preguntar—, le responde su hermana.
Aprovechando que Maya fue a la cocina, Nefertari revisa el mensaje de su padre:
“Disculpa que no pude atenderte, sabes que cuando estamos en junta no debes interrumpir, era innecesario tanto drama. Estaba reunido con los demás miembros de la guardia para asegurar nuestro legado. No tienes que preocuparte por eso, tú tienes otra misión, ya los descendientes de Tuheyoma están enterados de que irás a ayudarlos. Ya te conseguimos los pasajes para Venezuela, sales mañana en la mañana.”
“¿Drama?” La palabra hirió como un látigo. El mensaje no era una disculpa, sino un reclamo enmascarado. Estaba reunido con otros miembros de la guardia para asegurar su legado, y Nefertari, la Líder, la Guardiana Primogénita, había sido excluida. Ella no era una líder, sino una mensajera bien entrenada que solo recibía órdenes y boletos de avión. La rabia se mezcló con una determinación fría. Venezuela no era solo una misión; era su oportunidad de demostrar su valía.