La Semilla de los Animales y de la Vida

CAPÍTULO 4: VENEZUELA

Tras un largo viaje, el capitán anunció que estaban por aterrizar en Venezuela. Nefertari se asomó por la ventana y quedó maravillada con la vista. La costa venezolana era un espectáculo de belleza natural, con el mar Caribe golpeando la orilla y montañas de un verde exuberante que se alzaban majestuosas hacia el cielo. Era un paisaje muy diferente al desierto árido de Egipto, un contraste vívido con su tierra natal. “Este es un lugar lleno de vida”, pensó.

Tras pasar por inmigración y recoger su equipaje, Nefertari se dirigió a la salida del aeropuerto. Vio a una mujer y un joven sosteniendo un cartel con su nombre. “Deben ser los descendientes de Tuheyoma”, pensó.

Nefertari se acercó. La mujer, más baja que ella, era delgada y poseía una elegancia innata. Tenía piel trigueña, cabello negro, largo y ondeado, y unos ojos pequeños y marrones en un rostro de nariz pequeña y perfilada. Vestía una falda de lino azul marino que le caía con elegancia hasta la rodilla, combinada con una blusa blanca de corte impecable. Sus discretos tacones negros lucían pulcros.

El joven, por su parte, era alto y delgado, con un físico atlético y contenido. Su piel era trigueña y su cabello negro azabache, corto y pulcramente peinado. Llevaba una barba de dos días, lo que le daba un aire de descuido estudiado. Su nariz era recta y afilada, y sus labios, delgados. Vestía pantalones de algodón negro de corte impecable y una camisa de lino de manga larga de color rojo oscuro. Lucía mocasines de cuero y un reloj de oro robusto pero elegante. Lo más notable eran sus gafas de sol de diseñador con lentes polarizados, una barrera deliberada que Nefertari interpretó.

—Hola, mucho gusto—, les dijo Nefertari en español, con una sonrisa amigable. —Creo que me están esperando. Soy Nefertari—.

Los ojos pequeños y marrones de la mujer se abrieron ligeramente, sorprendidos de que hablara español. —Mucho gusto, Nefertari—, respondió ella, extendiéndole la mano. —Soy Isabel González, y él es mi hijo, Leopoldo Mendoza—.

Nefertari estrechó sus manos y sintió la calidez de sus saludos. —Es un placer conocerlos—.

—Leo, hijo, toma el equipaje de Nefertari y guárdalo en el vehículo mientras esperamos a la otra joven—, dijo Isabel.

Leo asintió con un movimiento imperceptible y tomó las maletas con una eficiencia fría que rayaba en la indiferencia. Para Nefertari, su gesto era inherentemente arrogante: la actitud de un príncipe que solo hace lo mínimo necesario.

Extrañada, preguntó: —¿Esperamos a alguien más? —.

—Sí, ¿no lo sabías? — respondió Isabel. —Nos avisaron que venía otra chica. Tengo entendido que se conocen. Es la descendiente de Afrodita—.

—¿¡Alexia!? —, exclamó Nefertari, y la sorpresa y la genuina emoción por ver a su amiga la invadieron al instante.

Mientras esperaban a Alexia, Isabel sugirió comer algo en un restaurante dentro del aeropuerto. Era un lugar acogedor, con paredes de ladrillo visto y mesas de madera rústica. Un aroma a café recién hecho y especias exóticas llenaba el aire, invitando a la relajación. Nefertari, cuyo apetito se había despertado con el olor, observó el menú con curiosidad.

Al no conocer la gastronomía venezolana, aceptó la sugerencia de Isabel. —¿Hay algo que me sugieras? — Isabel, con una sonrisa, le propuso un plato clásico y reconfortante: una milanesa de pollo empanizada, con puré de papas y ensalada César.

Cuando llegaron los platos, la milanesa lucía dorada y crujiente, el puré de papas era cremoso y suave, y la ensalada César, fresca. Al probar la comida, Nefertari sintió una explosión de sabores. La milanesa, jugosa y sabrosa, y el puré de papas, dulce y reconfortante.

Mientras comían, Isabel, Leopoldo y Nefertari conversaron animadamente.

—¿Cuándo se enteraron del robo de su semilla? — preguntó Nefertari directamente.

—Esa misma mañana—, respondió Isabel, con un rostro sombrío. —Mi hija vive actualmente en la aldea de la tribu encargada de custodiar la semilla. Ella nos avisó tan pronto se enteró.

—Solo había ocho indígenas custodiando la semilla. ¿Dónde estaba la guardia? — cuestionó Nefertari, notando la insuficiencia de la seguridad.

—Esos “indígenas” son la guardia. Todo su linaje, su cultura, se basa en ser guardianes de la semilla. Han protegido la cueva y las semillas por muchos años—, le respondió Isabel con una dignidad fría, aclarando el estatus de los Yanomami.

Nefertari se quedó observando a Isabel, asimilando la implicación de que la tribu era la guardia. —¿Y no creen que necesitaba más protección? — Insistió.

Isabel suspiró, defendiendo su sistema. —La semilla contaba con suficiente protección: se encontraba aislada, escondida en medio de la selva, detrás de una cascada, custodiada por una de las tribus más aisladas del país. El pueblo más cercano, a miles de kilómetros. No sabemos cómo pudieron encontrarla.

—Bueno, pero la encontraron—, comentó Nefertari, con un tono analítico. —Tal vez si la zona fuese más custodiada…

—Nuestra compañía dona gran parte de su ganancia a la preservación de los parques naturales, especialmente el Parque Nacional Canaima, donde se encontraba la semilla—, interrumpió Leo, elevando la voz con molestia. Se enderezó, mirándola fijamente. —La zona está protegida por la magia de Tuheyoma, y nuestras donaciones la mantienen legalmente restringida. No es como si salieras de tu casa o te asomaras a la ventana y vieras las pirámides en el horizonte. No es un destino turístico.




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