La figura de Tuheyoma era imponente. Su cabello negro azabache, largo y liso, caía en cascada sobre sus hombros. Sus ojos, profundos pozos negros e intensos, parecían desvelar los secretos de las almas de Nefertari y Alexia. Un rostro moreno claro irradiaba una suave luz dorada, un aura que impregnaba el aire y le daba a la sala un brillo etéreo. Su figura, alta y esbelta, se movía con una gracia que recordaba a un felino en la jungla.
Iba envuelta en una manta de algodón fino y silvestre de azul profundo, con pequeños patrones marrones, cuya tela parecía fluir con cada paso. La prenda le llegaba hasta los tobillos; las mangas eran anchas, con cordones internos que se ajustaban al cuerpo, mientras que la parte posterior quedaba suelta. El cuello de la manta era cuadrado. Llevaba unos brazaletes de cobre, unos aretes pequeños casi ocultos por su cabello y un collar grande de cuentas de semillas que le llegaba al pecho, adornado con un colgante en forma de jaguar.
Al ver a Tuheyoma, un escalofrío recorrió la espalda de Nefertari y se le erizó la piel. La diosa era aún más imponente y enigmática de lo que había imaginado. Bajo esa mirada que parecía taladrar su alma, Nefertari sintió una mezcla de intimidación y una curiosidad que quemaba por dentro. “Qué querrá hablarnos?”, pensó, mientras se esforzaba por mantener una expresión serena.
Alexia, por su parte, observaba a Tuheyoma con admiración, cautivada por su belleza y la divina aura que emanaba.
El silencio, denso y cargado de expectación, se extendió por el vestíbulo.
—Bienvenidas, guardianas —saludó Tuheyoma con una voz serena, con un aura divina que resonó en el vestíbulo. Hizo una pausa observando a las jóvenes—. Me alegra tenerlas aquí.
Nefertari y Alexia le hicieron una pequeña reverencia en señal de respeto.
—Mi señora Tuheyoma —dijo Nefertari con una leve inclinación de la cabeza—, gracias por recibirnos.
Leo, que había permanecido en silencio y de pie, dejó escapar un resoplido de desdén casi imperceptible. Era un sonido sutil, pero Nefertari, a solo unos metros, lo alcanzó a oír.
—Tanta formalidad —murmuró Leo, cruzando sus brazos con más fuerza. Sus ojos se posaron en Nefertari, taladrándola con una mirada que ella interpretó como fría crítica, como si su cortesía ante la diosa fuese una debilidad.
Con una gracia felina, Tuheyoma caminó hacia un elegante sofá de tela color chocolate y se sentó con las piernas cruzadas, manteniendo una postura erguida y majestuosa. Jake, el gato, se acurrucó a su lado, ronroneando suavemente, mientras que Pancho, la guacamaya, voló hasta su hombro y se posó allí, como un compañero inseparable.
—Isabel, tráeles un café a nuestras invitadas —ordenó Tuheyoma, con una voz suave pero firme—. Tenemos mucho que charlar. Chicas, por favor, siéntense —invitó, señalando el sofá.
Nefertari y Alexia intercambiaron una mirada antes de dirigirse con cautela hacia el elegante sofá. Nefertari no pudo evitar que su mirada se detuviera en los cuadros de la pared. Eran representaciones de las diferentes vírgenes veneradas en el país: la Divina Pastora, la Virgen de la Candelaria, la Virgen de Chiquinquirá. Algo en el rostro de cada una le resultó familiar. Las vírgenes tenían un asombroso parecido a Tuheyoma, como si fuesen retratos de la diosa adoptando diferentes identidades culturales.
Procuraron mantener una postura respetuosa, mientras Isabel se dirigía a la cocina y Leo se mantenía de pie, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
—Después de tantos años, nuestros enemigos han aparecido de nuevo —dijo Tuheyoma con un gesto de asco y desprecio—. La humanidad siempre termina decepcionándome.
Las chicas se quedaron inmóviles, el silencio en la sala era tan denso que casi se podía oír.
—Me imagino que ya saben a quiénes nos enfrentamos —preguntó Tuheyoma, con una mirada penetrante.
Nefertari asintió, mientras que Alexia negó con la cabeza, confundida.
—¿Afrodita no te contó? —preguntó Tuheyoma, extrañada—. Los siete acordamos en contarles a nuestras descendencias sobre los oscuros cuando las semillas fuesen robadas.
—¡Ah, con que era eso! ¡Afrodita no paraba de decirme que debía contarme algo importante! —Alexia soltó un soplido divertido, con los ojos abiertos—. Vaya sorpresa, aunque creo que un mensaje de texto hubiera resuelto el misterio.
—Isis sí me puso al tanto antes de venir —respondió Nefertari, su mirada fugazmente hacia su bolso.
La mirada de la diosa se volvió severa, y Nefertari sintió que ese juicio iba directamente a reprochar la actitud frívola de Alexia.
—Por favor, señorita Nefertari, cuéntele a tu amiga a qué nos enfrentamos —le pidió Tuheyoma, con un tono autoritario.
Nefertari asintió y comenzó a relatarle a Alexia la historia de las semillas y de los oscuros. Alexia escuchó con atención, sin interrumpir, mientras que Tuheyoma observaba a ambas con una mirada penetrante.
Cuando Nefertari terminó, la frustración de Tuheyoma fue un cambio de marea: se levantó con brusquedad felina y se dirigió hacia la ventana. Pancho voló de nuevo a su pajarera de madera y Jake la siguió, un paso detrás de la diosa.
—¡Ah, el humano! —murmuró Tuheyoma, con un susurro denso y severo—. Una raza tan prometedora, con el potencial del jaguar y la nobleza del águila, ¿y en qué se convirtió? En una plaga de avaricia. Vaya decepción.