Nefertari se encontró en un cuarto oscuro, un abismo de sombras que se extendía a su alrededor. En su mano, una antorcha temblaba, proyectando una luz danzante que luchaba por penetrar la densa oscuridad. Frente a ella, un largo pasillo angosto se abría paso entre paredes con jeroglíficos ancestrales. Ella reconoció los símbolos al instante: era el pasillo que conducía a la recámara de la Semilla. Se encontraba en el Templo de las Arenas.
Pero algo no encajaba. Una sensación de inquietud la invadía. El calor era sofocante, una opresión que le dificultaba respirar. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de sus pasos resonando en la piedra. Volteó la cabeza a cada lado, la antorcha temblando en su mano. Un murmullo, un susurro apenas audible, comenzó a crecer, convirtiéndose en una risa burlona que helaba la sangre.
A lo lejos, un brillo dorado comenzó a filtrarse. A medida que se acercaba, la risa se intensificaba, llenando el pasillo con su eco malicioso.
Al entrar en la recámara, Nefertari se detuvo en seco. La Semilla del Futuro descansaba sobre una mesa de piedra amarillenta. La risa resonaba ahora con fuerza, como si emanara de la propia Semilla, burlándose de su presencia.
—Acércate, hija de Isis. ¿Tienes miedo? ¿A qué le temes? —El corazón de Nefertari latía con fuerza. A pesar de la sensación de que algo estaba terriblemente mal, se acercó, su mirada fija en el objeto brillante.
La Semilla del Futuro era un óvalo del tamaño de un balón de fútbol. Su superficie, recorrida por surcos en espiral, tenía una textura escamosa con vetas azules que brillaban con una luz interna. La Semilla parecía palpitar suavemente, como si contuviera una vida propia.
De repente, un viento helado comenzó a emanar de la Semilla, un torbellino que agitaba la antorcha. La Semilla cambió de color, transformándose en un púrpura oscuro y repugnante, con vetas negras que palpitaban con una luz maligna. La voz resonó de nuevo, una risa grave y burlona que hacía temblar la recámara.
La Semilla comenzó a sacudirse, como si luchara por liberarse. —Es momento de que todo acabe, y tú eres la elegida —le dijo la voz a Nefertari, mientras el viento golpeaba su rostro y la recámara temblaba con violencia. Nefertari se mantuvo firme, sus ojos fijos en la amenaza, a pesar del terror que la invadía.
De la Semilla emergió una sombra negra, una figura amorfa con ojos rojos que brillaban con maldad. —Eres mía —susurró la sombra, y se abalanzó sobre Nefertari, quien ahogó un grito de terror.
Nefertari se incorporó de golpe en la cama, el corazón latiendo con fuerza. Su frente estaba perlada de sudor, a pesar del frío que emanaba del aire acondicionado. Giró la cabeza hacia la derecha: Alexia dormía plácidamente, ajena al asalto psíquico.
Nefertari se dejó caer de nuevo sobre las almohadas. La oscuridad de la habitación la envolvió, pero su corazón seguía latiendo con rapidez, un tambor frenético. Sus dedos, de forma casi inconsciente, buscaron el collar de escarabajo alado que colgaba de su cuello, apretándolo.
—¿Qué son todas estas visiones? —murmuró, sintiendo una profunda angustia—. ¿Esto es mi clarividencia o mi magia está siendo manipulada? Isis, te necesito.
Pero sabía que la diosa había cortado su instrucción desde que cumplió dieciocho años:
—A partir de ahora, tu camino lo recorrerás sola —le había dicho Isis, con una voz suave pero firme—. Debes aprender por tu cuenta, pues ya te he enseñado todo lo que debía. Confío en ti, eres una mujer fuerte e inteligente. Pero recuerda siempre ser humilde.
Esa era la carga de Nefertari: el liderazgo venía con soledad.
A la mañana siguiente, a Nefertari le costó un esfuerzo tremendo levantarse. El eco de la risa burlona de su sueño resonaba en su cabeza, una melodía macabra que ni el café del desayuno parecía poder disipar. En el restaurante del hotel, su inquietud la mantuvo incómoda, impidiéndole disfrutar de su comida. Alexia, en contraste, charlaba animadamente, completamente ajena a la tensión de la noche. “¿Qué significaba todo aquello?”, se preguntaba Nefertari una y otra vez, su mente absorta en el temor.
Fue durante el desayuno que Leo apareció. Informó que todo estaba listo para el viaje a Ciudad Bolívar. Después de desayunar, ambas descendientes recogieron sus cosas y partieron con él al aeropuerto.
En el aeropuerto, una avioneta privada los esperaba, su fuselaje blanco brillando bajo el sol de la mañana caraqueña. Una vez en el aire, Nefertari contempló el paisaje venezolano que se desplegaba bajo ellos. Estaba fascinada por la inmensidad verde que se extendía hasta el horizonte. La espesura de la selva amazónica, aún lejana, parecía llamarla, un misterio vivo. Desde el cielo, los tepuyes se alzaban majestuosos, y el Salto Ángel se precipitaba en una cascada de agua cristalina, un hilo plateado.
Dentro de la avioneta, Alexia parecía disfrutar la vista más que nadie, tomando fotos con su celular.
—Nefer, ven, vamos a tomarnos una foto —dijo Alexia mientras corría a sentarse a su lado.
—Vamos, Nefertari, sonríe un poco —se quejó.
—Alexia, sabes que no me gustan las fotos, además no estamos de vacaciones —dijo Nefertari.
Alexia resopló. —Ay, Dios, Nefertari, no seas tan aburrida. Aprende de Leo que se divierte con esa chica —comentó Alexia.