La Semilla de los Animales y de la Vida

CAPÍTULO 7 El Templo de Tuheyoma

Leo, Angélica, Nefertari y Alexia se abrieron paso por la densa maraña de la selva. El aire, pesado y húmedo, se pegaba a la piel, cargado con el aroma dulzón de la tierra mojada y el zumbido incesante de miles de insectos invisibles. El sendero ante ellos era apenas una cicatriz, engullida por las raíces retorcidas como serpientes.

Adelante, Leo y Angélica conversaban animadamente. Nefertari escuchaba cada palabra, manteniendo una distancia prudente. El murmullo de los hermanos resaltaba la facilidad elemental con la que Leo se movía en ese mundo, una familiaridad profunda que ni Nefertari ni Alexia podrían igualar. Observó a la joven griega, cuya exasperación por el calor y los mosquitos crecía. Nefertari, en silencio, solo ajustó la pashmina de seda morada en su cabello, empapado por el sudor.

—¿Has visto a Tuheyoma? —preguntó Leo, con curiosidad, su voz baja y pensativa.

Angélica suspiró, su rostro reflejaba una seriedad inusual. —Sí, vino el día que robaron la Semilla. Estaba furiosa, como un huracán arrasando con todo. Ya sabes cómo se pone.

—Sí, ella no es precisamente muy dulce —asintió Leo, con una sonrisa irónica. —Tiende a ser muy... explosiva.

—Así es —confirmó Angélica. —Estaba furiosa, pero no por perder las semillas, sino por aquellos que se sacrificaron en vano. Ayer regresó durante el ritual fúnebre para mostrar su respeto a los muertos.

Nefertari sintió un escalofrío que no era del ambiente. El concepto de la Diosa furiosa por el sacrificio inútil. Sus guerreros habían fallado. «¿Cómo actuaría Isis si yo fallo?», pensó.

—El chamán me contó —continuó Leo— que los espíritus del bosque están inquietos, cree que el equilibrio se rompió debido al robo.

Nefertari se adelantó ligeramente, alcanzando a los hermanos.

—Disculpen —interrumpió en inglés—. Angélica, Isabel me dijo que tú fuiste quien le informó sobre el robo de la Semilla. Dada la ubicación, ¿cómo le pudiste dar el mensaje con tanta inmediatez?

Angélica la observó y luego intercambió miradas con Leo.

—Por señales de humo —respondió Leo en tono de broma y con una sonrisa. —Una red de comunicación muy efectiva.

Nefertari mantuvo la seriedad, ignorando la frivolidad, esperando la información que necesitaba.

—A través de los animales —contestó Angélica, volviéndose completamente hacia Nefertari—. Esa es nuestra red. Los descendientes de Tuheyoma tenemos una conexión mágica especial con nuestras mascotas. Yo estaba dormida esa noche y sentí que Winter estaba en peligro. Corrí hacia el templo y lo encontré malherido. Me contó que la Semilla había sido robada, y que usaron su magia para manipularlo a él y a los otros jaguares. Yo sabía que debía notificarlo, así que contacté a los animales nocturnos de la selva y les dije que llevaran la información a Caracas.

Angélica sonrió, volviendo a la ligereza. —Yo sabía que Pancho y Jake escucharían rápidamente el mensaje y se lo dirían a mi madre, y por supuesto, a Tuheyoma.

—Uffff, no sabes cómo se alborotó Pancho, pegaba gritos y volaba por todo el apartamento —se quejó Leo.

—¿Quién es Winter? —preguntó Alexia.

—Es mi perro. Ya lo conocerán —dijo Angélica.

El estruendo creciente de la cascada comenzó a llenar el aire. La cercanía del Salto Ángel entregaba una postal inolvidable. Sin embargo, para Nefertari, esta vista no era solo belleza. Una sensación de fatalidad invadió su mente, el déjà vu de su sueño cobrando vida con intensidad a medida que se acercaban al templo de Tuheyoma. La carga de lo que sabía, y lo que se sentía responsable de evitar, era inmensa.

Alcanzaron un pequeño río, donde un joven indígena, cubierto por una piel de jaguar como una capa, estaba sentado de espaldas. Al escuchar las voces aproximarse, el joven se levantó. Sus ojos profundos y oscuros se iluminaron al reconocer a Leo. Con una sonrisa genuina, ambos jóvenes se unieron en un abrazo fraternal, un encuentro que trascendía las palabras.

Leo y el joven comenzaron a charlar en la lengua Yanomami, con Angélica uniéndose a la conversación. Se les notaba la profunda conexión que forjaron.

«Era exasperante», pensó Nefertari, al ver la verdadera lealtad que no conseguía en Egipto.

El joven tenía la piel cobriza, su cabello negro cortado de forma tradicional, y lucía un collar con colmillos de jaguar pulidos sobre su pecho desnudo, pintado con lunares rojo y negro. Su figura envuelta en la piel del depredador evocaba en la mente de Nefertari la imagen de los guerreros que lucharon defendiendo su tesoro.

Leo presentó a las descendientes. —Ellas son Nefertari y Alexia, hijas de diosas, así como Angélica y yo somos hijos de Tuheyoma —Leo le habló en español de manera lenta para que el joven entendiera.

El joven se quedó impresionado al ver a Alexia, admirando su belleza. —Tú eres una diosa muy hermosa —le dijo en un español rudimentario.

Alexia, sin entender español, le pidió a Nefertari que le tradujera. —Dice que eres una diosa muy hermosa.

El rostro de Alexia se transformó. Una sonrisa radiante y coqueta iluminó sus facciones, y clavó su mirada directamente en los ojos del joven. Sus ojos al instante se encendieron con un rosa brillante. La expresión del joven yanomami se volvió casi reverente. Nefertari, reconociendo el poder de la ilusión de Alexia, le dio un ligero empujón.




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