La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 8 La Justicia de Tuheyoma

Al regresar a la aldea, un zumbido de actividad festiva los envolvió. El shabono, que antes había parecido un refugio tranquilo, ahora vibraba con una energía palpable. Cestas llenas de frutas exóticas y coloridas flores adornaban los postes de las viviendas. Mujeres y niños reían mientras pintaban sus cuerpos con diseños intrincados, usando pigmentos naturales en tonos ocre, rojo y negro. El aire se llenó con el dulce aroma de la leña quemada y el lejano murmullo de cánticos que se elevaban desde el centro del poblado.

Alexia soltó un grito de alegría. —¡Miren esto! ¿Qué está pasando?

Nefertari, fascinada por la transformación, observaba cómo el lugar lucía ahora lleno de vida.

Leo y Angélica, con una sonrisa cómplice, se adelantaron hacia el centro, donde el chamán supervisaba los preparativos. Intercambiaron unas palabras en la lengua yanomami, una conversación grave y respetuosa que finalizó con un gesto de aprobación del chamán y la entrega de algo a Angélica. Leo asintió, visiblemente satisfecho.

Cuando regresaron, Angélica ya llevaba varias telas dobladas de algodón silvestre en los brazos.

—La tribu realizará una ceremonia en honor a las hijas de las diosas que nos honran con su presencia —anunció Leo, con un tono de orgullo.

Nefertari se sintió honrada y ligeramente abrumada por la noticia, mientras que Alexia no pudo evitar sonreír con entusiasmo. —¿En serio? —preguntó, emocionada. —¡Me encanta!

Angélica sonrió y sugirió: —Sí, la ceremonia será al anochecer. Tal vez deberían cambiarse y ponerse algo más ligero.

—Uf, sí, esta ropa me está matando —exclamó Alexia. —Pero primero necesito un baño. ¿Aquí no hay baños?

—Hay un pequeño riachuelo cerca. Puedo llevarlas. Pueden bañarse allí, pero tendrán que ser rápidas si quieren estar listas para la ceremonia —respondió Angélica.

—Está bien, déjame buscar mi bolso y vamos —dijo Alexia.

Las tres mujeres se dirigieron al paraviento donde guardaban sus pertenencias. El sol ya comenzaba su lento descenso, pintando el cielo de tonos anaranjados y violeta a través del dosel de la selva. Apresurándose, las tres mujeres se dirigieron al riachuelo.

Una hora más tarde, después del baño, cuando las últimas luces se desvanecían por completo, regresaron a la aldea. La noche había caído, y la fogata en el centro de la aldea, avivada para la celebración, iluminaba todo el lugar. La brisa hacía danzar las llamas, creando un contraste fascinante. La aldea, con sesenta personas, parecía cobrar vida, bailando y conversando en medio de la celebración.

Nefertari notó a Leo entre la multitud. Incluso desde la distancia, destacaba. No solo por su físico, ahora realzado por un guayuco de algodón silvestre de alta calidad de color azul profundo que caía con una elegancia inesperada, sino por una autenticidad irradiante que nunca le había visto. Al acercarse, Nefertari distinguió los patrones geométricos rojos, vivos como huellas de jaguar, que adornaban la tela y la ancha faja que ceñía su cintura, esta última con pequeños huesos pulidos incrustados. El familiar collar de colmillos de jaguar descansaba sobre su pecho desnudo, ahora pintado con manchas negras y rojas que evocaban la fuerza del felino, patrón que se repetía, en menor medida, en su rostro sobre la barba que había crecido ligeramente, dándole un aire más salvaje. En su hombro derecho, el tatuaje de piel de jaguar parecía cobrar vida con el movimiento de sus brazos.

De repente, en un gesto de profunda complicidad, Leo tomó la cabeza de su hermano espiritual y apoyó su frente contra la suya —un saludo ancestral de almas—. Intercambiaron miradas cargadas de significado y una breve sonrisa, una marca de la hermandad forjada en el fuego de la selva y el ritual.

Nefertari no pudo evitar fijarse en el cuerpo de Leo, pero más allá de la mera observación, una curiosidad se anidó en su pecho. ¿Era este el verdadero Leo? ¿Esa risa suelta y ese brillo en los ojos eran facetas que él ocultaba en su mundo? La idea de un Leo menos acorazado le resultaba extrañamente atractiva. A su lado, su hermano espiritual seguía llevando la piel de jaguar y el collar. El contraste con Leo era evidente, tanto en altura como en constitución física.

Las chicas se acercaron a Leo, luciendo radiantes con sus nuevas vestimentas. Angélica vestía una túnica del mismo intenso azul del guayuco de su hermano, confeccionada en algodón silvestre de alta calidad. Los mismos patrones rojos, pero más sutiles y entrelazados como orgullosas huellas de jaguar, recorrían la tela que caía con fluidez hasta sus tobillos, sus mangas anchas ondeando suavemente con la brisa. Un detalle sutil pero elegante eran las pequeñas cuentas de semilla incrustadas a lo largo de los bordes del cuello redondo y las mangas, dando un aura ceremonial, un eco del adorno en el atuendo de Leo. Una faja ancha con los mismos motivos y colores definía su cintura. Su rostro estaba adornado con delicadas líneas y puntos de pigmentos rojos y negros, patrones que evocaban la mística protectora de Tuheyoma y su rol ceremonial.

Nefertari, por su parte, destacaba con una túnica de suave algodón silvestre color crema, cuya finura apenas velaba su silueta. Sobre la tela clara danzaban patrones en espirales de negro azulado profundo, un diseño único que evocaba misterios ancestrales. El corte de la túnica era recto y holgado, cayendo justo debajo de sus rodillas, con un sencillo cuello redondo. Un toque de color y delicadeza eran las pequeñas plumas cosidas con enorme esmero en los bordes de las mangas. Junto a su familiar collar de escarabajo dorado, ahora llevaba un collar de fibras tejidas adornado con cuentas de semillas, a juego con los brazaletes y tobilleras que completaban su atuendo, creando una armonía natural. Una faja con los mismos patrones en espirales definía su cintura, y las sinuosas pinturas negro-azuladas en su rostro completaban su transformación.




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