—¡Leo, suéltame! ¡Suéltame! —, gritaba Alexia, luchando por liberarse del agarre de Leo. Intentó usar su poder de ilusión, pero Leo evitó mirarla directamente a los ojos, consciente de su habilidad. El puño de Leo en la parte superior de su brazo era una mordaza de acero. Finalmente, Leo la soltó, dejándola libre pero aún rodeada por la oscuridad y la densa vegetación.
Fuera de la aldea, la oscuridad era casi total, aunque el tenue brillo de la luna lograba iluminar a duras penas los rostros y el entorno, creando sombras danzantes que se mezclaban con el follaje. Un viento fuerte comenzó a soplar, agitando con furia las copas de los árboles, haciendo danzar las túnicas de los descendientes y enredando sus cabellos. Traía consigo el inconfundible olor a ozono y tierra mojada, la promesa de una tormenta inminente, que se mezclaba con la sinfonía nocturna del croar de las ranas y el ulular de los búhos, llenando el aire con un contraste palpable a la tensión entre los tres. Nefertari, de pie a un lado con Angélica, observaba el colapso de Alexia con una cautela helada.
—¡No puedo creerlo! —, explotó Alexia, su voz un eco quebrado de furia, mientras señalaba con un dedo tembloroso hacia la aldea —¡Lo sacrificaron como si fuera… como si fuera un ANIMAL! —.
—Alexia, cállate y cálmate—, dijo Leo con voz firme, intentando mantener la compostura.
Las lágrimas de Alexia brotaron, empañando sus grandes ojos azules, su dolor se mezclaba con una indignación casi personal—¡No me pidas que me calme, Leo! ¡No voy a callarme! ¡Era tu hermano! ¿Cómo puedes estar tan… tan tranquilo? —Alexia gesticuló con una mano temblorosa hacia él, como si señalara la frialdad en su porte, una grieta que ella no podía comprender en medio de tanta tragedia.
—Porque lo sabía—, replicó Leo, y aunque su voz se mantuvo firme, una pena antigua se grabó en sus ojos. —Él me lo dijo—.
—¿Pero por qué? ¡Es cruel! ¡El murió! —, siguió Alexia, llorando histéricamente.
—Debía hacerse, Alexia. Para calmar a los espíritus—, intervino Angélica, más tranquila que Leo, aunque una lágrima resbalaba por su mejilla.
—¿Y Tuheyoma permite eso? ¿Qué clase de diosa tan cruel es...? —, Alexia no pudo terminar la frase, interrumpida por la voz de Leo, que resonó con una furia contenida.
—¡No te atrevas a hablar así de Tuheyoma! ¡No tienes idea de lo que dices! —, rugió Leo, la ira desbordando su voz como un río crecido. —¡Esta es su LEY! ¡La Ley del Jaguar!¡aquí se vive bajo las leyes de Tuheyoma! ¡Este es el castigo que deben pagar por perder la Semilla! —. Su voz, ahora un trueno en la oscuridad no dejaba lugar a réplica.
La tensión entre Alexia y Leo se intensificó, creando un abismo de valores entre ellos. La fuerte brisa, cargada con el frío presagio de la lluvia, azotaba sus rostros, enredando sus cabellos y forzándolos a entrecerrar los ojos. Nefertari, sus ojos escrutando la escena con lucidez, observaba a los dos descendientes y percibía el dolor palpable entre ambos. La penumbra de la noche, iluminada solo por la tenue luz de la luna, parecía amplificar la soledad y el conflicto entre los descendientes.
—¿Y cuál es tu castigo? Tú también eres guardián. ¿DONDE ESTA TU CASTIGO? —, gritó Alexia, alzando aún más la voz, con lágrimas de rabia corriendo por su rostro.
—¡ESTOY AQUI! —, gritó Leo, con la voz quebrada. —Estar aquí y verlo morir es mi castigo. Mientras yo estaba en Caracas celebrando mi cumpleaños en una discoteca, robaron la Semilla. Mientras yo alardeaba mi "estatus" junto a un grupo de "amigos," mis verdaderos amigos estaban aquí muriendo, defendiendo una reliquia que YO debería cuidar. Mientras ellos se sacrificaban, yo estaba disfrutando de la vida. ¡Por eso estoy aquí!
Un silencio sepulcral cayó sobre los cuatros. Alexia quedó en shock ante las palabras de Leo, su mirada reflejando una mezcla de incredulidad y dolor. Nefertari, en cambio, sintió un escalofrió al recordar el castigo que Leo había recibido tiempo atrás. el recuerdo de la joven Yanomami y su infertilidad impuesta, una imagen que ahora resonaba con la cruda e ineludible Justicia de Tuheyoma. Cuando parecía que la discusión había llegado a su fin, Alexia, con la voz cargada de veneno, dijo: —Afrodita tenía razón. Tuheyoma es una perra—.
Inmediatamente, Angélica, con una furia inesperada, abofeteó a Alexia. La mejilla blanca de Alexia se puso roja al instante.
Angélica miró a Alexia con una intensidad feroz, su voz cargada de desprecio. —No voy a permitir que hablaras de Tuheyoma de esa manera—, dijo con voz fría.
—¿Quién eres tú para juzgar los castigos de los dioses? —, espetó Leo. —¿O es que los dioses griegos son mejores? Ellos también castigaban a los humanos por no cumplir sus reglas. Recuerda a Prometeo: desafió a Zeus para darle fuego a la humanidad. ¿Cuál fue el castigo de Zeus? Fue encadenado a una roca mientras un águila le devoraba el hígado eternamente. Tú lo que eres es una hipócrita. ¿Solo porque eres cristiana y lees la biblia, te da el derecho de juzgar y criticar la Ley de Tuheyoma? —
—La vida... la vida es sagrada. Fue hecha a imagen de Dios. Por eso, no se puede desperdiciar así, ni siquiera para pagar una deuda. —masculló Alexia, la voz apenas un hilo.
—Exactamente. Toda vida es valiosa. Por eso mismo se sacrificó—, la voz de Leo se suavizó, pero la convicción en ella era inamovible. —Aquí, Tuheyoma nos enseña la verdad fundamental: toda vida es sagrada, desde la más pequeña hormiga hasta la más grande anaconda. Cada criatura tiene un propósito vital en el gran equilibrio de la naturaleza. Cuando cazamos un animal, no lo hacemos por diversión ni por capricho; lo hacemos por necesidad. Y cuando se hace, agradecemos, mostramos respeto, porque una vida alimenta muchas más. No hay desperdicio en la selva, Alexia. Cada parte es valiosa. La carne se comparte, los huesos se utilizan para herramientas o abonos, la piel para vestimenta o refugio. Nada se arroja, nada se pierde. Así honramos su espíritu, su muerte nunca es en vano. Y este sacrificio… es lo mismo. Es el pago a los Espíritus del Bosque, Alexia. La vida de nuestro hermano es la más valiosa, y por eso, es la única que puede saldar la deuda que contrajimos al perder la Semilla. Al morir los animales guardianes en la cueva, los Espíritus se enfurecieron. Ellos cuidan el equilibrio, pero al sacrificarse por un deber que debíamos haber cumplido nosotros, rompieron ese pacto. Si no se realiza un pago, los Espíritus los abandonarán. Sin su protección y la de Tuheyoma, la aldea perderá su único propósito, que es proteger la Semilla. Perderían su razón de ser, y la selva misma se volvería contra ellos. Una vida por otras, para que la aldea no se extinga.