La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 10 La Pesadilla del Hombre de Fuego

La hamaca se balanceaba suavemente, meciendo a Nefertari en un sueño ligero. El aire húmedo de la selva envolvía su piel y el inconfundible olor a tierra mojada llenaba sus fosas nasales.

De pronto, un crujido sordo rompió el silencio, despertándola de su letargo. Con los ojos abiertos, Nefertari examinó la oscuridad. A su alrededor, la aldea dormía bajo el manto de la noche; solo se escuchaba el susurro distante de la selva.

Otro crujido, esta vez más cercano, la alertó. Un frío antinatural se arrastró por su piel. Dirigió su mirada hacia la fogata apagada, donde las cenizas brillaban tenuemente. El ruido parecía provenir de allí, como si algo o alguien se moviera entre las brasas. De nuevo, el crujido de ramas que se quebraban, y una pequeña chispa saltó de la fogata, desprendiendo un breve, pero inconfundible, olor a carne quemada.

La curiosidad venció al miedo y Nefertari se levantó de la hamaca, acercándose a la fogata con cautela. Al ponerse frente a las cenizas, una carcajada seca y áspera resonó, helándole la sangre. El fuego se encendió de golpe; las llamas danzaron con una furia imposible, formando la silueta de un hombre alto y corpulento. La figura de fuego la miró fijamente, con ojos ardientes que parecían carbones encendidos, devorando su alma.

—Tú eres la elegida para el ritual —dijo con una voz que resonaba como el crujir de las brasas.

El aire a su alrededor se volvió denso y pesado. Antes de que Nefertari pudiera reaccionar, la silueta de fuego se abalanzó sobre ella, sus manos extendidas como garras llameantes que le prometían una agonía ardiente.

Nefertari se despertó de golpe, el corazón latiendo con fuerza en su pecho. La imagen de la silueta de fuego aún ardía en su mente. Su frente estaba perlada de sudor y la respiración le salía entrecortada.

—Otro sueño —murmuró con un suspiro de alivio, pasando sus manos por su cabello—. "Otra vez, fragmentos, sombras... ¿De qué me sirven estos sueños si no logro descifrarlos?", pensó.

Instintivamente, su mano buscó su collar de escarabajo, como buscando respuestas en el frío metal. Sentía el peligro inminente, lo sabía, pero ¿cómo luchar con un enemigo que se disolvía como el humo?

—¿Una pesadilla? —Una voz grave interrumpió la oscuridad. Era Leo, su silueta dibujada por la tenue luz de la luna.

Nefertari se sobresaltó.

—Lo siento, ¿te desperté? —Su voz era ronca.

Leo se removió en la hamaca; el crujido del tejido resonó suavemente.

—No hay problema, ¿qué soñaste? —preguntó Leo en un tono paciente.

—Nada, solo… un caos de imágenes sin sentido, pero no logro descifrarlas. Es una tortura —Nefertari suspiró—. Solo sé que parecen estar relacionados con la profecía, pero ¿de qué me sirven si no puedo entenderlos?

Leo permaneció en silencio un instante, pensativo.

—¿Has hablado con Isis al respecto? —sugirió.

Nefertari negó con la cabeza.

—No, no quiero molestarla con estas cosas. Ya me la imagino diciéndome que soy incapaz de entender mis propios sueños —frunció el ceño; el recuerdo de las reprimendas de Isis aún estaba fresco en su mente—. Además, son mis sueños, son mi responsabilidad.

—¿Y qué hay de tus padres? ¿No podrían ayudarte? —preguntó Leo, con una voz suave que intentaba disipar la tensión.

La pregunta de Leo golpeó a Nefertari con una claridad dolorosa. La imagen de su padre, sentado detrás de su escritorio, ignorándola por completo, se proyectó en su mente.

—Mi padre nunca me ha compartido nada de su experiencia como guardián ni de sus poderes desde el momento en que desarrollé los míos —respondió Nefertari; la amargura se filtró en su voz—. Me dejó a cargo de Isis y, en cuanto cumplí dieciocho, abandonó sus responsabilidades como guardián para enfocarse en los negocios familiares. Prácticamente, solo mi hermana Maya y yo hablábamos al respecto.

La voz de Nefertari se quebró al mencionar a su hermana. Recordó la dulzura y el genuino interés de Maya, la única que la había apoyado.

—Pero, como sabes, el poder de clarividencia de Maya es menor que el mío —explicó Nefertari, con un tono teñido de duda—. Su entrenamiento con Isis fue diferente. Ella ha estudiado los sueños, pero no con la misma profundidad que yo.

Leo se inclinó ligeramente, con una seriedad cómplice.

—Pero quién sabe, tal vez necesites otra perspectiva, o su menor poder le permita una visión que tu lógica no ve —respondió Leo, con un tono tranquilizador—. O ella podría comentarle a Isis sobre los sueños y así tal vez conseguir una respuesta. ¿No crees?

Nefertari lo pensó por un momento. Tenía lógica. Podría explicarle sus sueños a Maya y pedirle que tratara de obtener información de Isis.

—Sí, tienes razón —admitió Nefertari, su voz suave con un asomo de esperanza—. Podría intentarlo.

—Bueno, será mejor que descanses —dijo Leo, mientras se acomodaba de nuevo en la hamaca—. Tuheyoma me dijo que al amanecer vendrán por nosotros para regresar a Caracas.

Nefertari volvió a acomodarse en la hamaca, pero el sueño no regresó con facilidad. La imagen del hombre de fuego persistía, sus ojos ardientes grabados a fuego en su mente.




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