Una imagen nítida irrumpió en la mente de Nefertari con una violencia brutal. Vio a Leo transformado: sus ojos amarillos y rasgados brillaban con una luz sobrenatural, sus colmillos y garras estaban afilados y su rostro se contraía en una mueca de furia. El aire se desgarró con un silbido agudo, seguido por el sonido seco de un disparo que resonó en su cabeza. Pudo sentir un escalofrío helado recorrer su espalda y, casi físicamente, la punzada ardiente en el hombro izquierdo de Leo. Luego, el calor pegajoso de la sangre brotando, manchando la visión de un rojo oscuro. Un rugido áspero, más animal que humano, llenó el aire; un sonido crudo de dolor y rabia.
La visión se desvaneció, dejando a Nefertari con los ojos abiertos de par en par, el sudor frío perlando su frente y el corazón latiendo con la fuerza de un tambor en su pecho. Un jadeo ahogado fue el único sonido que pudo emitir. Leo e Isabel la observaban, con sus rostros convertidos en espejos de una preocupación confusa.
—Nefertari, tranquila, tranquila. ¿Qué pasó? —La voz suave y tranquilizadora de Leo era un murmullo distante.
—Leo… Te dispararon —balbuceó Nefertari, clavando sus ojos en el hombro de él como si el agujero negro de la bala ya estuviera allí. Su voz era una cuerda tensa de pánico—. Te dispararon.
Isabel se acercó con urgencia.
—¿Qué sucede, Nefertari? Cálmate.
Nefertari respiró hondo, forzando la entrada de aire a sus pulmones. Sus ojos barrían el estacionamiento buscando al tirador, pero al único que encontró fue a Xavier. El espectador silencioso había dejado de revisar el teléfono y, en su lugar, mostraba una curiosidad fría e invasiva, lejos de cualquier rastro de pánico.
—Te van a disparar, Leo —dijo ella con una urgencia palpable que cortaba el aire—. Te van a disparar.
—¿Quién? —preguntó Leo, intentando una sonrisa tranquilizadora que no llegó a sus ojos. Había incredulidad en su tono, una duda que la exasperó.
—No lo sé —respondió Nefertari, con la frustración tiñendo sus palabras—. Solo vi que te disparaban. Estabas transformado y te dispararon.
Leo se acercó y le susurró:
—Tranquila, Nefer. ¿Quién se atrevería? Estamos en un lugar público, a plena luz del día. Nadie es tan estúpido.
—No, Leo, no entiendes —insistió Nefertari, sintiendo que la impotencia la ahogaba—. Mi visión fue nítida. Te disparan. Están aquí. La Mano Invisible está aquí. Ahora.
Leo e Isabel intercambiaron una mirada preocupada, escudriñando el amplio estacionamiento en busca de algún indicio de peligro. Pero en la entrada del hotel, bajo el sol de la tarde, todo parecía normal. El murmullo de la ciudad y el ruido del tráfico lejano eran los únicos sonidos que rompían el ambiente.
—No creo que aquí, frente a todos, alguien se atreva a hacernos algo —dijo Leo, intentando calmarla—. Tranquila.
Nefertari no pudo relajarse. Mantenía los ojos clavados en el entorno, intentando detectar cualquier señal, cada sombra, cada movimiento, hasta que su mirada se detuvo bruscamente.
Justo entonces, de la Chevrolet Explorer negra que esperaba, un hombre corpulento con traje oscuro bajó del lado del conductor. Caminó directamente hacia Xavier y le susurró algo al oído. Al verlo, Nefertari sintió un escalofrío que le erizó la piel. El hombre era de piel morena clara, con cabello corto y canoso, rostro arrugado y una cicatriz prominente que cruzaba su mejilla derecha como un rayo. Nefertari lo reconoció al instante: era el mismo hombre de su visión, el que había robado la Semilla de los Animales.
Retrocedió unos pasos, con el rostro palideciendo presa del pánico. Leo notó su reacción.
—¿Nefertari? ¿Qué sucede? —preguntó en voz baja, siguiendo la dirección de su mirada.
—Leo, ese hombre… ¿Quién es? —La voz de Nefertari era apenas un susurro tembloroso, sus ojos fijos en la cicatriz.
—Es el chofer de Xavier. ¿Por qué lo preguntas? —respondió Leo, inclinándose hacia ella en un murmullo cómplice.
Nefertari se acercó más a él; el temblor en sus manos aumentaba.
—Ese hombre fue quien robó la semilla. Lo vi cuando toqué a Winter en el templo de Tuheyoma. Fue él.
Leo miró al chofer con una desconfianza creciente; una arruga se formó entre sus cejas.
—¿Estás segura? —Su tono reflejaba sorpresa.
La duda de Leo, aunque comprensible, exasperó a Nefertari.
—¡Sí, Leo, estoy segura! Fue él, fue el hombre que vi —insistió con desesperación contenida.
La confirmación llegó de una fuente inesperada. Jake, en su diminuta forma de hormiga bala, salió del bolsillo de Leo y se posó en su hombro izquierdo. Sus pequeñas patas se movieron con una rapidez inusual, transmitiendo un mensaje urgente. Leo lo miró fijamente.
—¿De qué estás hablando? —murmuró a la hormiga.
Isabel, como descendiente de Tuheyoma, también poseía la habilidad de comunicarse con los animales y captó la intensidad de Jake. Se acercó rápidamente.
—¿A qué se refiere Jake con eso? —preguntó con voz cargada de expectación.
—¿Qué dice? —preguntó Nefertari, confundida por la conversación silenciosa.