Tras la caótica huida de Xavier, Carlos y sus secuaces, Nefertari y Alexia se concentraron en su carga. Guiaron a Leo, que llevaba la camisa empapada de sangre, hacia la habitación de hotel que compartían. Él caminaba con dificultad, el dolor reflejado en su rostro mientras se apoyaba pesadamente en Nefertari. Jake, revertido a su ágil forma de gato, caminaba pegado a sus talones.
Mientras ellas se ocupaban del herido, Isabel se encargaba de asegurar el perímetro y al rezagado: el hombre al que había noqueado. Era un valioso prisionero, su única pista tangible. Con la urgencia apremiándola, Isabel recurrió a los gerentes del hotel, viejos conocidos y aliados, a quienes exigió discreción absoluta invocando el poder de su familia. Los gerentes aceptaron con sumisión, comprometiéndose al secreto.
Isabel no perdió un segundo. Con una serie de llamadas rápidas y estratégicas, puso en marcha la red de contactos de su familia. La primera fue a un médico de su entera confianza, un profesional acostumbrado a tratar asuntos delicados sin hacer preguntas. Luego se comunicó con otros aliados clave para asegurar que la amenaza de Xavier fuera contenida al más alto nivel.
Nefertari entró rápidamente a la habitación seguida de cerca por Alexia y Jake. Al cerrar la puerta, un silencio tenso llenó el ambiente, roto solo por la respiración entrecortada de Leo. El aroma a lavanda característico del lugar se mezclaba ahora con el olor metálico y punzante de la sangre.
Con movimientos ágiles, Nefertari buscó toallas en el baño, sintiendo la desesperación por detener la hemorragia. Leo, con un gruñido, se sentó en el borde de la cama y comenzó a quitarse la camisa, revelando la mancha carmesí que se extendía por su hombro. Alexia se mantenía en un rincón, con los ojos escudriñando cada sombra y cada reflejo en los cristales. El zumbido constante del aire acondicionado delataba cada crujido del hotel; cada paso lejano en el pasillo las mantenía en un estado de alerta que erizaba la piel. Sabían que, aunque Xavier se hubiera ido, la Mano Invisible no se había desvanecido; solo se había ocultado.
Nefertari observó la herida abierta con una mezcla de miedo e impotencia. Leo, en cambio, parecía extrañamente relajado. Cuando ella presionó la toalla contra la herida, él dejó escapar un gemido.
—Oye, cuidado —dijo con tono burlesco, usando el sarcasmo como máscara para el dolor—. Trátame bonito.
—Disculpa —murmuró Nefertari, exasperada por su tranquilidad.
Leo giró la cabeza hacia Alexia.
—Alexia, ¿podrías traerme una de esas botellas del bar? Ese whisky creo que sería lo ideal.
Alexia frunció el ceño.
—¿Estás hablando en serio? ¡No es momento para esto, Leo! —Su tono era fuerte, casi un reproche personal.
—Es el momento perfecto para beber —respondió él con la misma calma exasperante.
—¡Estás herido, el novio de tu madre los traicionó, trabaja para los malos y tiene la Semilla! —exclamó Alexia frustrada—. ¡Y a ti solo se te ocurre beber! Deberíamos ir a buscarlos. ¿Acaso no ves la gravedad de la situación?
—Cálmate —dijo Leo, y su tono se endureció con un hilo de autoridad—. ¿Tienes algún plan? Como dijiste, estoy herido, y así no soy de mucha utilidad. Además, tenemos un prisionero con mi madre abajo. Así que sé buena y tráeme esa botella.
Nefertari, harta de que el conflicto interno consumiera el poco tiempo que tenían, intervino tajantemente:
—¡Basta ustedes dos! ¡Recuerden que estamos juntos! Dejen de discutir.
—Pero yo no estoy discutiendo, es ella... —intentó defenderse Leo, pero Nefertari lo interrumpió con una mirada fulminante.
—¡Suficiente! No quiero hablar más del tema.
Nefertari buscó la botella de whisky y mojó una toalla con el licor. Se acercó a Leo, le entregó la botella y, con una sonrisa que rozaba la picardía, presionó la toalla contra la herida. Leo soltó un quejido, tomó un trago largo y su expresión se relajó.
—Lo estás disfrutando, ¿verdad? —dijo él con una sonrisa coqueta.
Ella le devolvió el gesto con un destello travieso en los ojos. Alexia las miró con reproche, pero finalmente suspiró.
—Si así vamos a operar... —Se acercó, le quitó la botella a Leo y tomó un trago ella misma, un acto de rebeldía que disolvió su frustración. Nefertari hizo lo mismo, dejando que el líquido cálido quemara su garganta antes de relajar los hombros.
—Esa es la actitud —añadió Leo.
En ese momento llamaron a la puerta. Los tres se tensaron. Inclusive Jake se puso alerta con las orejas levantadas.
—Soy Isabel —se escuchó al otro lado.
Alexia abrió la puerta. Isabel entró, y tras ella, tres hombres, cuya imponente presencia llenó la habitación de una tensión palpable. El primero en cruzar el umbral fue Jorge, el primo que ya Nefertari había conocido en la selva, con su vivaz mono capuchino encaramado en su hombro. Jorge entró con una sonrisa fácil debajo de su barba y su mata de cabello negro. Se dirigió directamente al minibar sin preámbulos, el mono observando la habitación con igual interés
Luego entró un hombre corpulento de piel clara. Era calvo y con profundas arrugas que surcaban su rostro. Sus ojos pequeños y oscuros escrutaban la habitación con una mirada aguda. Vestía una camisa amarilla de manga corta y unos vaqueros azules desgastados, y en su mano derecha sostenía un maletín de cuero sintético.