Nefertari y Alexia salieron de la habitación; el eco de sus pasos resonaba por el pasillo. Atrás dejaron a Tuheyoma y a un Leo herido. En su marcha, ambas se hundieron en sus propios pensamientos, procesando la intensidad de los últimos minutos.
Nefertari observó a Alexia y notó la sombra que se había instalado en sus ojos; el brillo habitual de sus pupilas se había opacado y la enorme sonrisa se había borrado de su rostro. La vivacidad que la caracterizaba se había desvanecido, un eco silencioso del trauma vivido en la selva. Nefertari se preguntaba si ella también habría cambiado, marcadas ambas por la experiencia, aunque de formas distintas.
El ascensor se detuvo en la planta baja, revelando a Isabel, que las esperaba junto a un hombre imponente. Alto y corpulento, de cabeza calva y piel clara, vestía un traje negro impecable con una corbata roja que contrastaba con su seriedad.
—Alexia, Nefertari, les presento al señor Julio—, dijo Isabel, su voz profesional, pero con un toque de urgencia. —Es el jefe de seguridad del hotel.
Julio asintió y su mirada escrutadora. —Un placer conocerlas, Síganme por favor—, dijo con una voz ronca y grave, que resonaba con autoridad. —Vamos a llevarlas al cuarto de seguridad—, guiándolas por un pasillo estrecho.
Las guio por un pasillo estrecho, iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido monótono, hasta una puerta de metal maciza. Con un chirrido, la hoja se abrió a la oficina de seguridad. Para Nefertari, el lugar era un laberinto de tecnología; un espacio amplio y frío dominado por una pared de monitores que mostraban cada rincón del hotel.
El aire, gélido por el aire acondicionado, zumbaba con el susurro constante de las radios. En el centro de la oficina, junto a un escritorio de metal adornado con una computadora y un desorden de papeles, se encontraba el prisionero, esposado a una silla y con la cabeza gacha. Su rostro mostraba los rasguños infligidos por Isabel y una mancha de sangre seca que bajaba desde el cabello hasta las mejillas.
—¿Hay algún lugar más privado donde podamos hablar con nuestro... amigo? —, dijo Isabel con una voz que irradiaba autoridad.
—Claro—, respondió Julio, señalando una puerta al fondo de la oficina. —Detrás de esa puerta hay un pequeño comedor.
—Perfecto. ¿Sería tan amable de ayudarnos a trasladar a nuestro amigo allí? —, pidió Isabel, su tono cortés pero firme.
—Por supuesto. Antony, ayúdame con esto—, ordenó Julio.
Antony, uno de los cuatro guardias que vigilaban los monitores, se levantó. Julio, con una eficiencia fría, golpeó al hombre en la cara y el estómago antes de soltarlo de la silla, dejándolo sin aliento y con un hilo de sangre en la boca. Entre ambos lo arrastraron por el pasillo, dejando un rastro de sangre y sumisión, hasta arrojarlo sin contemplaciones en el comedor.
El comedor era un espacio pequeño de paredes grises y desnudas, sin ventanas. Un mesón de cerámica soportaba un lavaplatos oxidado, una nevera ruidosa y un microondas con la puerta entreabierta. Un televisor anclado a la pared mostraba una telenovela venezolana para nadie. En el centro, una mesa de plástico blanco rodeada de sillas endebles prometía una incomodidad prolongada.
—Traigan la silla del escritorio—, ordenó Isabel, su voz cortante. —No quiero que se nos rompa en medio del interrogatorio.
Julio trajo la silla de metal y volvieron a esposar al prisionero. El hombre babeaba sangre y saliva, con la mirada perdida y aturdida.
—Gracias Julio, ahora déjanos sola, no te preocupes nosotras nos encargaremos desde aquí—, dice Isabel, con un tono autoritario que no admitía réplica.
Julio y Antony salieron. Isabel fulminó al hombre con la mirada; una llama de ira se encendió en sus ojos.
—Maldito bastardo, estuvo meses en mi casa espiándome—, masculló Isabel con rabia.
—¿Lo conoces? —, Preguntó Alexia.
—Si, su nombre es David, trabajaba como seguridad en mi casa—, respondió Isabel
—Muy bien, ¿y ahora qué? —, preguntó Nefertari, con una mezcla de curiosidad y cautela.
—Ahora le sacaremos información —respondió Isabel. Agarró al hombre por el cabello y le dio pequeñas bofetadas para espabilarlo—. Hola, David. ¿Estás ahí? ¿Me recuerdas?
Cuando David enfocó la mirada en Isabel, su expresión se transformó en terror puro. Un grito ahogado se atascó en su garganta mientras forzaba la silla hacia atrás.
—No, por favor, por favor, no me haga daño. No sé nada, se los juro, se los juro.
Isabel lo observó con confusión.
—Oh, cálmate, ¿quieres? Solo quiero que me digas todo lo que sabes sobre La Mano Invisible.
—No sé nada, no sé nada, se los juro, se los juro—, repitió David, su voz temblando con una histeria aguda. —Se los juro… Se los juro…
Isabel, frustrada, le propinó una fuerte bofetada. del golpe, David escupió sangre manchando el piso del comedor.
—Rafael tenía razón, es inútil—, gruñó Isabel, llevándose las manos a la cabeza.
Nefertari sabía que era el momento perfecto para actuar, para demostrar la razón por la que la habían enviado a Venezuela. Se acercó a David con cautela, el hombre la miraba con los ojos bien abiertos, una mirada llena de desconfianza. Tocó su rostro y cerró sus ojos concentrándose, activando su poder para tratar de conseguir alguna pista tal como lo hizo con Winter en el templo de Tuheyoma.