Leo sonrió, con un destello de astucia en los ojos.
—Nos refugiaremos en la casa de Tuheyoma en Maracaibo
La diosa le devolvió la mirada con incredulidad, pero Leo explicó:
—La Mano Invisible no se atreverá a buscarnos en tu hogar, además, el lugar está protegido por tu magia—.
Tuheyoma, sin saber qué decir, simplemente asintió. Isabel interrumpió:
—Es buena idea, hijo. Pero, no sabemos en quién confiar aquí. ¿Cómo irán? No creo que sea prudente tomar un avión. Si nuestros enemigos tienen gente en el gobierno, podrían estar al tanto de nuestros movimientos y el aeropuerto los pondría en alerta.
—¿Qué hay de Alfredo? —, preguntó Leo. —Ha trabajado para nosotros durante años, y es quien nos llevó a la casa de Tuheyoma cuando desarrollé mis poderes y me fui a vivir con ella.
Isabel analizó la propuesta por un momento y asintió.
—Está bien, Alfredo los llevará. Pero se irán lo más temprano posible. El viaje es largo, y cuanto antes salgan, mejor.
Tras establecer el plan, Isabel buscó una habitación para descansar, dejando que Nefertari y Alexia hicieran lo mismo. Al amanecer, Alfredo llegó en una Ford Explorer negra, esperando a los jóvenes en el estacionamiento del vestíbulo.
Nefertari, aún soñolienta, subió al vehículo. Vestía unos pantalones anchos de lino beige, una camiseta de algodón color terracota y su chaqueta. Calzaba sandalias planas de diseño minimalista y, como únicos adornos, lucía su collar de escarabajo alado, su discreto reloj de oro y unos pendientes pequeños.
Leo tomó el asiento del copiloto. Vestía una camisa de algodón negra, pantalones cargo verde oliva y zapatillas deportivas. Sus gafas de sol de diseñador y su reloj deportivo completaban su estilo. Alexia, con los audífonos puestos, se acomodó en la parte trasera con un suspiro exagerado. Su vestido maxi blanco roto y sus sandalias de cuero color camel reflejaban una elegancia casual, pero el maquillaje ligero no ocultaba la barrera invisible que había levantado entre ella y los demás. El silencio era denso.
Jake, en su forma de gato, saltó al asiento trasero y se acurrucó junto a Nefertari. Ella observaba a su amiga, percibiendo que el dolor de la "traición" seguía latente. El viaje comenzó en la oscuridad de la madrugada, bajo las luces tenues de una ciudad que aún dormía. La Explorer se deslizó por las calles vacías, dejando atrás el hotel y los peligros que acechaban.
El viaje a Maracaibo se extendió a lo largo del día, una odisea a través del corazón de Venezuela. Durante las paradas, Jake aprovechaba para estirarse. Nefertari y Leo compartían historias y comparaban sus culturas; él les hablaba de los paisajes y la rica gastronomía local.
—Prueben esto—, dice, extendiendo a las chicas un pequeño bocado que había comprado antes de llegar a un peaje bajo. —No van a conseguir un dulce así en ningún otro lugar. Es un dulce de guayaba.
Alexia apenas levantó la vista de su teléfono para tomarlo sin decir palabra. Nefertari, en cambio, lo probó con curiosidad. El sabor dulce y ligeramente ácido, envuelto en hoja de plátano, le recordó a los higos secos que comía en su casa. Era una sensación reconfortante.
Absorta, Nefertari contempló la belleza de los paisajes. Las montañas verdes eran un contraste radical con los vastos desiertos de Egipto. La vista al mar desde las costas de Puerto Cabello la invitó a soñar con el Nilo. Luego, la inmensidad del Puente sobre el Lago de Maracaibo se presentó ante sus ojos. Nefertari sintió asombro por la ingeniería; le recordó que, aunque las pirámides de Giza se erigieron para conectar a los dioses con la tierra, este puente estaba diseñado para unir a los mortales entre sí.
Ya entrada la tarde, la ciudad de Maracaibo los recibió con su bullicio característico. Un camino de tierra irregular los condujo a la entrada de la propiedad. La mansión, de estilo neoclásico, se alzaba majestuosa: una sola planta de techos altos y tejas rojas, con paredes de un suave color crema. En el centro del jardín, una fuente adornada con la escultura de un jaguar les daba la bienvenida.
Alfredo detuvo el vehículo. Jake fue el primero en bajar, corriendo por el inmenso jardín. Nefertari sintió de inmediato el calor del atardecer y la brisa cálida.
—Bienvenidos a la casa de Tuheyoma—, dijo Leo. Abrió los brazos para darles la bienvenida, pero hizo un gesto de dolor al tensar la herida en su hombro.
—Bienvenidos a la casa de Tuheyoma —dijo Leo, abriendo los brazos, aunque hizo una mueca de dolor al tensar la herida de su hombro.
La puerta de madera se abrió y apareció una mujer mayor de cabello negro azabache, vestida con una falda larga y colorida.
—¡Leo, hijo, qué bueno verte! —dijo la mujer con una sonrisa amplia.
—Chiquinquirá, ¿cómo estás? —respondió Leo, abrazándola con cuidado—. Ellas son Alexia y Nefertari.
—Si, si, la señora Tuheyoma me dijo esta mañana que vendrías acompañada de dos señoritas. Bienvenidos, estamos a su disposición. Pasen, pasen—, dijo Chiquinquirá —Alfredo ¿cómo esta? Ya le digo a Adalberto que venga a ayudarte con las maletas ¡Adalberto, ven a buscar las maletas del señor Leopoldo!
Un hombre mayor, de cabello canoso y también con rasgos de la península, salió y saludó a Leo con cordialidad, recogiendo las maletas.