Después de su encuentro con Tuheyoma y Omama, Nefertari se unió a la cena. En la mesa, Leo y Miguel reían; Leo le hacía bromas sobre Alexia, provocando un intenso sonrojo en su hermano menor. Alexia, por su parte, ignoraba activamente todo a su alrededor. Terminó su comida con prisa, se levantó sin despedirse y se retiró a la habitación. Nefertari, sintiéndose relegada y sola, terminó de cenar con un nudo en el estómago.
Su mente no podía descansar. “¿Comportamiento errático de los animales en la cordillera?”. La advertencia de Omama seguía resonando, confirmando que la Semilla robada ya estaba alterando el equilibrio de la naturaleza. El miedo la invadió, pero entonces, la voz de Tuheyoma se impuso en su memoria: “El poder reside en el lazo. Solo en la unión hallarán la fuerza invencible”.
Nefertari regresó al cuarto. La oscuridad era casi total, apenas rasgada por la luz tenue de la pantalla del celular de Alexia, que iluminaba su rostro con una frialdad espectral.
—Ya estás acostada. ¿No te quedaste hablando con Miguel un rato más? —preguntó Nefertari, intentando sonar casual.
Alexia ni siquiera levantó la vista.
—No, me dolía la cabeza —respondió con voz plana, desinteresada pero no abiertamente hostil.
Nefertari avanzó hacia su maleta.
—¿Estás bien? Te fuiste muy rápido de la mesa.
Alexia suspiró, con la mirada pegada a la pantalla.
—Sí. Solo estoy cansada del viaje.
Un silencio denso se instaló entre ellas, un muro invisible construido de resentimiento. Nefertari se movió en la penumbra, despojándose de su túnica lavanda. Mientras buscaba su pijama de satén, los recuerdos la asaltaron: veranos bajo el sol griego y el cielo estrellado de Egipto, noches enteras compartiendo secretos. La distancia actual le provocaba un dolor sordo en el pecho. Sabía que debía tender un puente.
Finalmente, vestida, se sentó al borde de su cama, la piel erizada por la brisa helada del aire acondicionado. Al otro lado de la habitación, el suave golpeteo de los dedos de Alexia contra la pantalla del celular era el único sonido que rompía la opresión del silencio. Nefertari sabía, en lo profundo de su ser, que debía tender un puente. Las palabras de Tuheyoma resonaban en su mente: “solo en la unión hallarán la fuerza”
—La casa de Tuheyoma es bonita, ¿no te parece? —insistió Nefertari—. ¿Viste el...
—¡Por favor, Nefertari, no tengo ganas de hablar! —interrumpió Alexia con irritación.
—¡Oh, vamos, Alexia! ¿Cuánto más vas a estar así? —espetó Nefertari, perdiendo la paciencia—. Pensé que ya estábamos bien después de lo que sucedió en Caracas.
Alexia finalmente giró la cabeza. Su tono era glacial:
—Que los ayudara y protegiera en Caracas no significa que te haya perdonado. Dije que vine a ayudarte, a diferencia de ti, yo sí conozco la lealtad.
Nefertari se cruzó de brazos.
—¿Aún con eso? Por favor, Alexia, ¿qué esperabas, que arremetiera contra toda la aldea contigo para evitar el ritual del chico? Ya te explicaron por qué se tuvo que realizar el ritual, ¡ya supéralo!
Alexia, se sentó en la cama, mirándola con una furia fría.
—Si crees que estoy molesta contigo por no apoyarme, estás equivocada. Cómo se nota que no me conoces.
El comentario hirió a Nefertari. La lógica había fracasado; el orgullo y la ira chocaban sin dejar espacio para la amistad. Suspiró profundamente y decidió cambiar de táctica. Bajó la voz hasta hacerla casi inaudible.
—Es extraño, ¿verdad? ¿Hace cuanto tiempo que no compartíamos una cama?
En su mente, evocaba las innumerables pijamadas, las risas ahogadas, las confidencias sobre su entrenamiento, sus poderes, las lecciones aprendidas juntas. Por un instante fugaz, sus miradas se encontraron, antes de que Alexia volviera su atención a la pantalla de su celular. Esa breve conexión, sembró en Nefertari una tenue esperanza. Nefertari observó el rostro inmóvil de Alexia, bañada en luz azulada.
—Creo que fue cuando cumpliste quince años—, susurro. —Fui a Grecia y estabas saliendo con ese chico mayor... ¿recuerdas? Tú estabas tan enamorada de él, que estabas dispuesta a romper tu promesa de castidad por él, pero antes querías contarle tu secreto... que eras descendiente de Afrodita.
Un silencio expectante llenó el cuarto. Nefertari prosiguió:
—Yo te aconsejé que no lo hicieras, que esperaras. Esa noche, entraste al cuarto llorando... él se había asustado, te llamó bruja cuando le mostraste tu poder. ¿Recuerdas lo que me dijiste entonces, Alexia? Que solo podíamos confiar en nosotras.
Nefertari escrutó la oscuridad. Alexia no mostraba emoción, pero sus dedos temblaban levemente.
—Esa confianza no la podrá romper ningún hombre, ni siquiera uno como Leo —continuó Nefertari con convicción—. Leo es...
—¡Finalmente vas a admitir que estás enamorada de él! —interrumpió Alexia. Una sonrisa traviesa asomó en su rostro, rompiendo la máscara de frialdad.
Nefertari guardó silencio, sintiendo el calor teñir sus mejillas. Se giró bruscamente, dándole la espalda para ocultar su rubor. En ese instante, el colchón crujió y unos brazos la rodearon en un abrazo brusco. Una risa vibrante llenó la habitación.