La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 17 El Escarabajo y la Serpiente

Nefertari se acomodó en el asiento trasero del vehículo, atrapada junto a Leo y Alexia. Nina tomó el asiento del copiloto. Al otro lado del cristal, Lima se desplegaba bajo un cielo de plomo. La húmeda era una presencia física, una bruma salada y sorprendentemente fría que se pegaba a la piel, obligándola a recordar que la calidez de la selva venezolana era ya un eco lejano. Comparada con el sol implacable de su Egipto natal, esta ciudad parecía existir en un eterno crepúsculo gris, una paleta de colores apagados que Nefertari analizó con su habitual escrutinio clínico.

De pronto, un movimiento en el bolsillo de la chaqueta de Leo surgió Jake, que había cruzado el aeropuerto oculto como una hormiga bala, recuperó su forma felina con un estiramiento perezoso.

—¡Jake! Me asustaste —exclamó Nina desde el asiento del copiloto, girándose con una sonrisa radiante. Estiró la mano para acariciarlo, sus dedos buscando la familiaridad del pelaje—. Me preguntaba dónde te habías metido.

Jake dejo escapar un maullido corto, dejándose acariciar brevemente por la joven peruana, antes de escabullirse con elegancia hacia las piernas de Nefertari. Ella sintió el peso cálido del animal y el rítmico motor de su ronroneo contra sus piernas. Una pequeña chispa de triunfo brotó en su pecho al ver la mano de Nina quedar suspendida en el aire, vacía.

—Lo tenía escondido, sabes que es un problema llevar animales en los aviones—, le explicó Leo.

—Pensé que vendría volando—, comentó Nina.

—No, sería un viaje muy largo, se cansaría y después sería difícil encontrarlo—, respondió Leo.

Nefertari hundió los dedos en el pelaje blanco y negro de Jake, permitiendo que el afecto del animal sirviera como un escudo invisible contra la presencia de Nina. Al levantar la vista, atrapó la mirada de la peruana en el espejo retrovisor. Fue un instante fugaz, una expresión indescifrable que Nina ocultó rápidamente volviendo la vista hacia el asfalto.

—Ay, este gris... —Alexia interrumpió la tensión con un suspiro teatral que pareció llenar todo el vehículo. —Todo se ve tan... aburrido. ¿Dónde está el sol? Siento que estoy en una película sin remasterizar. ¡Necesito color, vida!.

Nefertari notó cómo la espalda de Nina se tensaba. La guardiana peruana no se giró esta vez, pero con su voz cargada de una seriedad de quien defiende y protege su hogar.

—Es la estación. —respondió Nina. Su tono era neutro, pero había un filo de orgullo herido en sus palabras —Es un clima distinto, sí, en verano el cielo esta despejado y sol es muy fuerte que desearía que este “gris” volviera.

—Entonces escogimos un momento pésimo para venir—, sentenció Alexia, frunciendo ligeramente el ceño con un desdén que no se molestó en ocultar. —Espero sinceramente que el paisaje en Machu Picchu sea más... inspirador.

Nefertari no necesitó sus visiones para percibir el cambio en el ambiente. Notó el endurecimiento casi imperceptible en la mandíbula de Nina

—No te preocupes, Alexia. —intervino Nina. Su voz ahora seca, despojada de cualquier cortesía —Cusco tiene un semblante completamente diferente. Es una ciudad hermosa y te aseguro que quedarás enamorada de Machu Picchu.

Nefertari y Leo intercambiaron una breve mirada, un sutil reconocimiento de la creciente tensión entre Alexia y Nina que se palpaba en el aire del vehículo. Se inclinó hacia delante con esa sonrisa equilibrada que solía calmar los ánimos.

—Y dime, Nina, ¿qué tal les va a tus hermanos?

El efecto fue instantáneo. La rigidez de Nina se disolvió, reemplazada por una calidez que Nefertari encontró irritante.

—¡Uy, ni te imaginas! —exclamó Nina, y sus ojos se suavizaron —Mis hermanas están ahorita en la casa de Pachamama en sus lecciones. Mi hermana Toña está terrible, en plena rebeldía, se la pasa discutiendo con mi mamá por todo. Y Luisito también está imposible, que niño tan inquieto. Menos mal que Caro es tranquila, se la pasa encerrada en su cuarto estudiando.

Nefertari sintió un vacío repentino en el estómago. Tres hermanos. El número resonó en su mente como un eco extraño. Ella nunca había concebido la existencia como una red de lazos tan densa; para ella, la familia era un concepto lineal, vertical, jerárquico. La mención de Nina evocó inevitablemente a Maya. Una punzada agridulce le oprimió la garganta al recordar a su hermana pequeña, el único puente que le enseñaba lo que significaba el cariño familiar.

—¿Y la universidad? —insistió Leo, con un tono de voz suave —¿En qué semestre estás?

La sonrisa de Nina se intensificó, y sus ojos brillando con una clara admiración hacia Leo.

—Ya estoy en el segundo semestre en la San Marcos, —respondió Nina, bajando un poco la voz en un tono tímido. —Química farmacéutica. Ya sabes, manteniendo la tradición familiar.

—Vaya, no me imagino lo demandante que debe ser esa carrera. De verdad que me sorprendes—, concluyó Leo.

Su voz tenía una calidez que Nefertari sintió como una corriente de aire helado. Observó desde su rincón cómo las mejillas de Nina se teñían de un carmín suave mientras bajaba la mirada con una timidez que le resultó exasperante. Para Nefertari, esa dulzura no era más que una vulnerabilidad que no podían permitirse; sin embargo, no podía ignorar que Nina poseía todo lo que ella carecía: un hogar real, una vida predecible y, en ese instante, la atención indivisa del hombre que ella misma empezaba a reclamar en silencio.




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