La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 18 Rumbo al Ombligo del Mundo

Nefertari se deslizó en el asiento trasero de la Land Cruiser Prado, sintiendo la textura del cuero bajo sus dedos. Quedó flanqueada por Leo a su izquierda y Alexia a su derecha. Nina ya ocupaba el asiento del copiloto, mantenía la vista fija a la ruta.

Jake, sale de la chaqueta de Leo como una hormiga y se trasforma en gato, y busco la comodidad en las piernas de Nefertari. Ella sonrió y comenzó a hundir sus dedos en su suave pelaje. La humedad pegajosa de Lima golpeaba las ventanillas, pero dentro del vehículo, el aire comenzaba a enfriarse. El peso de las dudas que la habían mantenido en vela la noche anterior. Sin darse cuenta, reclinó la cabeza sobre el hombro de Leo, ofreciéndole un apoyo firme y cálido que finalmente le permitió cerrar los ojos.

Despertó un par de horas después. El murmullo de una conversación baja llenaba la cabina. Al mirar por la ventana, el mundo había cambiado: la monotonía gris de la capital había sido devorada por un cielo de un azul tan profundo que parecía irreal, extendiéndose sobre una costa árida de dunas infinitas. Notó que Nina estaba inusualmente callada, respondiendo apenas con monosílabos a los intentos de Alexia por animar el ambiente. Había algo en la rigidez de los hombros de la guardiana peruana que Nefertari reconoció: era el peso del hogar acercándose.

Al mediodía, la Prado se detuvo en Ica. Al abrir la puerta, el aire caliente entró como una ráfaga de horno. Nefertari bajó después de Alexia, estirando los brazos para sacudirse la rigidez de los kilómetros. Jake saltó ágilmente, olfateando la tierra seca y persiguiendo insectos con la curiosidad de quien ignora el peligro de la misión. El sol era un martillo constante; una fina capa de sudor comenzó a humedecer la camiseta de Nefertari, pegándose incómodamente a su espalda.

—Esto se pone cada vez más... —Alexia dejó la frase en el aire con una mueca de desagrado, limpiándose una gota de sudor de la frente antes de ocultar sus ojos tras unos cristales oscuros. Siguió a Nina hacia un restaurante de fachada rústica, pero Nefertari se quedó atrás.

El paisaje llano y abrasador la golpeó con una punzada de nostalgia. El calor le recordaba a los veranos en Egipto, a la voz de su padre exigiendo perfección, a la mirada que siempre esperaba más de lo que ella creía poder dar. ¿Estaría a la altura esta vez? La duda, como un parásito invisible, le oprimió el pecho.

Leo, que se había quedado rezagado observándola, se acercó con una botella de agua fresca. —Está fuerte el sol, ¿no? —comentó con una sonrisa suave mientras se quitaba sus gafas de sol, intentando romper el muro de silencio que ella había levantado.

Nefertari tomó la botella, sintiendo el frío del plástico contra su piel ardiente. Le devolvió una sonrisa que no llegó a sus ojos y bebió un sorbo largo.

—Tienes mala cara —insistió Leo, y esta vez su voz perdió la ligereza para llenarse de una preocupación genuina—. Parece que no has dormido nada. ¿Sigues dándole vueltas a lo que nos espera?

Nefertari lo miró por encima del borde de la botella. Odiaba que él pudiera leerla tan fácilmente, que sus defensas parecieran transparentes ante sus ojos marrones.

—Sí —admitió finalmente, y su voz fue apenas un susurro que el viento del desierto casi se lleva—. Tengo esta sensación... como si algo malo fuera a ocurrir. Como si nos observaran desde las dunas.

Se colocó las gafas de sol, ocultando su vulnerabilidad, y escrutó el horizonte árido. Leo se acercó un paso, acortando la distancia hasta que Nefertari pudo percibir el calor que emanaba de él.

—Esa sensación...— Leo bajó el tono, volviéndose grave. —A veces, cuando uno se enfrenta a lo desconocido, la mente juega trucos. Pero no es una sombra. Es tu intuición—.

Entonces, sintió su mano. Fue un toque fugaz en la cintura, una caricia suave que atravesó la tela de su ropa y le envió una descarga eléctrica por la columna. Sus ojos se encontraron por encima del marco de las gafas; la mirada de Leo era cálida, casi coqueta, pero cargada de un apoyo incondicional que la dejó sin aliento.

—Sea lo que sea, no estás sola, estamos juntos en esto.

Nefertari asintió levemente, con los labios apretados en una sonrisa apenas esbozada. Por dentro, su corazón golpeaba sus costillas con una violencia inesperada, un eco salvaje provocado por la cercanía del descendiente de Tuheyoma

Tras un almuerzo rápido donde los sabores de Ica pasaron desapercibidos para ella, regresaron a la Toyota. Leo tomó el volante colocándose de nuevo sus gafas, enviando al chofer al asiento del copiloto para que descansara. Nefertari se hundió en el asiento trasero, notando cómo el aire dentro del vehículo se volvía denso, cargado de un silencio que las preguntas superficiales de Alexia no lograban romper. Nina respondía con una cortesía distante, casi mecánica. Nefertari se limitó a observar la nuca de la joven peruana, preguntándose qué secretos guardaba bajo ese cabello azabache.

El viaje se convirtió en un sopor de curvas y cambios de altitud. Nefertari cerraba los ojos y, al abrirlos, el paisaje se transformaba. El desierto amarillo dio paso a faldas de montañas rojizas y, finalmente, a los picos escarpados de la sierra.

El atardecer había incendiado el cielo sobre el pequeño pueblo de Puquio, tiñendo las cumbres de un naranja sangriento que rápidamente se desvanecía en un azul acero. La geografía era ahora una sucesión de abismos y picos escarpados, donde la vegetación se volvía rala y endurecida por el clima.




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