El pequeño bus turístico, un vehículo azul adornado con lunares verdes, aguardaba frente a la agencia. Nefertari se deslizó en uno de los asientos, sintiendo la vibración del motor diésel bajo sus pies mientras Sebastián tomaba el volante. A su lado, Alexia se acomodaba con su elegancia habitual, mientras que Nina y Aracelis ocupaban la fila delantera, sumidas en un murmullo de recuerdos.
—¿Recuerdas cómo disfrutábamos los viajes en este bus junto a tu familia? —preguntó Aracelis a Nina, con una voz cargada de una efusividad que a Nefertari le resultó irritante.
—Sí, siempre me encantaron —respondió Nina. Por un segundo, la nostalgia suavizó sus facciones, pero rápidamente se encogió en su sitio, teñida por una vergüenza súbita—. Pero qué vergüenza… se me olvidó por completo lo de la pulsera. Lo lamento mucho.
—Sabes que nuestra norma no me permite que te lleve a ningún lugar sin el protocolo, Nina —dijo Sebastián con calma, mientras maniobraba el bus por las calles de piedra.
—Lo sé, lo sé, Sebas, discúlpame, de verdad —respondió Nina, su voz apenas un hilo.
Nefertari sintió que la paciencia se le agotaba como el oxígeno en la altura del Cusco. Un suspiro cortante escapó de sus labios antes de que pudiera frenarlo.
—¡¿Cómo se te va a olvidar algo tan importante como eso?! —le reprochó, inclinándose hacia adelante para que Nina viera la severidad en sus ojos verdes—. Si me hubiera pasado a mí, los guardianes no nos llevarían a ningún lado, aunque la misma Isis se los ordenara.
—¡No lo sé! ¡Es que…! —tartamudeó Nina, buscando una excusa—. Siempre que he venido para acá, ha sido con mi papá, y él siempre… Es la primera vez que vengo sola.
Nina guardó silencio de golpe, visiblemente molesta, pero Nefertari no pensaba concederle tregua.
—Eso no es excusa —sentenció Nefertari, con voz gélida—. Esa norma existe para protegernos. Por ejemplo, cuando Alexia y yo fuimos al Amazonas, Leo nos entregó unos collares para que la tribu supiera que éramos invitadas de Tuheyoma. Si a él se le hubiese olvidado, nos habrían ejecutado antes de tener oportunidad de explicar nuestra herencia.
Nina volvió a darle la espalda, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Alexia, notando que la tensión estaba a punto de romper algo irreparable, intervino con tono ligero.
—Oh, cariño —soltó Alexia, restándole importancia con un gesto lánguido de la mano—, ninguno de nosotros ha pasado por esto antes. La última vez que intentaron robar las Semillas fue hace más de un siglo, y aun así, todos cumplimos el protocolo a la primera.
El comentario de Alexia cayó como un bloque de hielo. No estaba intentando consolarla; estaba señalando que la inexperiencia de Nina no justificaba su descuido. El silencio que siguió fue asfixiante.
—Bueno, ya, ya, igual aquí todos somos de confianza—, intervino Aracelis, tratando de conciliar.
Nefertari apretó los dientes. “confianza”. “¿Confianza? Contra la mano invisible. Lo ultimo que debes de tener es confianza.”
—Por cierto, Leo—, dijo Aracelis, forzando un cambio de tema para disipar la electricidad del aire, —¿cómo supiste que debía mostrar el brazalete? ¿Nina te lo contó?
Nina se sonrojo, mientras Leo se levantó y apoyó cerca de la escalera de la puerta del minibús.
—Porque yo estuve aquí en su cumpleaños— respondió, con la voz cargada de seguridad. —Vi cuando el señor Luis se lo entregó. Imaginé que era más que un simple regalo.
Nefertari desvió la mirada hacia la ventana. Ella también lo había intuido, pero que Leo lo confirmara revelaba la cercanía que tenía con la familia de Nina.
El trayecto hacia Ollantaytambo se llenó con las anécdotas infantiles de Aracelis. Al bajar, el aire ya no cortaba la piel; era más suave, anunciando la entrada a la ceja de selva. Se despidieron de don Pepe en el andén y abordaron el tren expreso, una elegante máquina azul y amarilla. Sebastián los guio hacia un vagón de madera oscura pulida y asientos tapizados.
De nuevo, Aracelis y Nina se sentaron juntas. Nefertari esperaba que Alexia se sentara a su lado, pero su amiga le lanzó una sonrisa pícara y se deslizó junto a Sebastián. Nefertari sintió un vuelco de nerviosismo cuando Leo ocupó el lugar vacío a su derecha. Alexia le devolvió un guiño cómplice antes de centrar su "artillería pesada" sobre el joven guardián peruano.
Mientras el expreso se deslizaba por el Valle Sagrado, el río Urubamba serpenteaba a su lado como una cinta de plata turbia. Alexia se inclinó sobre la mesa, invadiendo el espacio personal de Sebastián con naturalidad felina.
Alexia se inclinó sobre la mesa de madera pulida, invadiendo el espacio personal de Sebastián con una naturalidad felina. Nefertari observó cómo su amiga fijaba la mirada en el joven guardián, desplegando esa sonrisa que solía ser un arma infalible.
—Así que, Sebastián, cuéntame más de ti —soltó Alexia suavemente—. De día guía turístico y de noche guardián. ¿Eres el jefe aquí o qué?
Sebastián no evitó el contacto visual. Un leve rubor trepó por su cuello, aunque mantuvo la seriedad.
—Algo así —respondió—. Antes era mi padre. Mi familia ha protegido este suelo por generaciones.
—Nuestra familia ha servido a la Señora Pachamama por siglos —intervino Aracelis, volviéndose sombría—. Es un honor... y una deuda de gratitud. La familia de Nina siempre fue buena con nosotros, incluso cuando nuestra madre... —Su voz se quebró y Nefertari vio el brillo del llanto contenido en sus ojos.