La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 20 Pachamama

Pachamama se levantó de su banco con una majestuosidad serena, casi pesada. Nefertari observó cómo sus dedos largos y morenos rozaban las irregularidades de las paredes de piedra labrada.

—Esta casa fue construida por mi pueblo hace muchos años, una manera de honrarme por mis enseñanzas —comenzó la Diosa, su voz resonando con la antigüedad de la piedra misma—. Los incas eran un pueblo noble y justo. Entendían el equilibrio entre la igualdad y la equidad. Practicaban la justicia divina, donde todos merecen las mismas oportunidades.

Un silencio reverente envolvió la sala. Al girarse hacia ellos, los ojos oscuros de Pachamama se empañaron con una tristeza de siglos.

—Cuando tu madre, Isis, me buscó con la idea de crear un mundo perfecto bajo nuestras enseñanzas, me deje seducir por la esperanza—, continuó, y su voz bajó a un suspiro cargado de añoranza. —Yo quería repartir mi idea de justicia e igualdad al mundo, al hombre... pero qué errada estábamos. Mi mayor anhelo era sembrar en ellos la abnegación: esa virtud sagrada de renunciar al deseo propio en favor del bienestar de los demás. Quería que entendieran que no hay mayor gloria que sacrificarse por otro.

Pachamama negó con la cabeza, y sus joyas de plata tintinearon con un sonido lúgubre.

—Pero los corazones de los humanos son nidos de sombras, tan llenos de vicios. Vi cómo poco a poco la envidia los devoraba; cómo odiaban lo que el otro poseía hasta que el deseo se convertía en veneno. y ellos querían, en lugar de abnegación, encontré egoísmo. incluso mis sanadores, aquellos que bendije con mi don, empezaron a desear riquezas e incluso la inmortalidad. Eso, la “inmortalidad”, ha sido el deseo más grande del hombre y fue lo que llenó su corazón de envidia.

Las palabras de Pachamama comenzaron a hacer eco en el corazón de Nefertari, haciéndola sentir la misma profunda decepción que la diosa.

—Los humanos nos odian porque nosotros vivimos para siempre y ellos no, ¿pero realmente es así? Nosotros también somos vulnerables. —dijo la Diosa —Tras el fraude que resultó la utopía de Isis, me refugié aquí a para esconder mi Semilla— Pachamama tomó un respiro profundo, y el aire de la habitación pareció enfriarse —Mi pueblo creció rápidamente bajo mi sombra y recuperé la fe; ¿quién no ha oído hablar del majestuoso Imperio Inca, un pueblo tan noble y justo?... hasta la llegada de los extranjeros. Fue dolor físico ver la oscuridad que traían. Su envidia borró imperios. Solo pude salvar la esencia, protegiendo lugares como Machu Picchu de su mirada rapaz.

—La abnegación no era solo un concepto, era la esencia misma de mi don —continuó la Diosa, y su mirada se volvió penetrante—. Por eso, impuse una ley inmutable a todo aquel que portará mi magia: un sanador puede cerrar la herida más profunda y purificar la enfermedad más letal de su prójimo, pero jamás podrá curarse a sí mismo.

Pachamama hizo una pausa para dejar que el peso de esa revelación se asentara en los jóvenes.

—Para sobrevivir, el hombre está obligado a depender del otro. Es la máxima lección de humildad; nadie es autosuficiente ante el dolor. Solo a través de esa entrega mutua entenderían lo que significa ser una comunidad. Los Incas lo comprendieron mejor que nadie. Bajo mis enseñanzas, ellos desarrollaron la medicina no como una ciencia individual, sino como un acto de servicio colectivo. Fue en este suelo donde la magia y la herbolaria se fusionaron para honrar la vida, no para burlar la muerte.

Nefertari sintió un escalofrío. La lógica de Pachamama era implacable: la magia estaba diseñada para unir a las personas, pero el humano la usó para intentar elevarse por encima de los demás.

—Yo veo el potencial que tiene el humano para alcanzar la grandeza, pero también veo como ese fuego se apaga por la indisciplina y el miedo a la tumba— dijo la madre tierra, su voz llena de sabiduría ancestral. —La magia de la curación no era para que el hombre fuera eterno, sino para que aprovechara su ciclo al máximo. ¿O acaso la medicina moderna no es una magia forma de magia? Curar es un acto sagrado; solo aquellos con el corazón dispuesto a la abnegación son dignos de otorgar a otro la oportunidad de seguir viviendo.

Pachamama recorrió el círculo con la mirada, deteniéndose un segundo más en Nefertari.

—La muerte llega a todos, es el latido final del universo. Todo tiene su ciclo: el mar, la tierra, la flora, la fauna, hasta el mismo universo. ¿Por qué vas a odiar a lo que vive más que tú? ¿Acaso las rosas envidian al caminante porque se marchitan en un suspiro? Las rosas cumplen una función y, cuando esa función acaba, es tiempo de morir y darle la oportunidad a otra de florecer. ¿Saben qué es la verdadera inmortalidad? No es que sus pulmones sigan respirando por mil años. Es que su nombre y su legado sean recordados por siempre. La envidia es el veneno que carcome el alma, la oscuridad que apaga que los aleja de la luz eterna.

Nefertari desvió la mirada hacia Leo. Él estaba inmóvil, con los ojos fijos en la Diosa, absorbiendo cada palabra como si fuera agua en el desierto. Nefertari recordó lo que él le había dicho en el Amazonas sobre el equilibrio de la selva y el propósito de cada ser vivo. Ahora, bajo el techo de Pachamama, aquellas palabras adquirían un significado más profundo, casi doloroso. Empezaba a vislumbrar la verdadera naturaleza de la utopía que los dioses buscaban: un ciclo perfecto de servicio y entrega.

Tras el silencio que siguió a su monólogo, Pachamama se puso en pie con una gracia que recordaba al movimiento de las nubes sobre los picos andinos.




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