La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 21 La Calma de las Alturas

El desayuno en la hacienda de Pachamama se extendió en un silencio incómodo, roto solo por el parloteo inocente de Nina con sus hermanas. Nefertari apenas levantaba la mirada de su plato; el rubor de la vergüenza aún latía en sus mejillas. Podía sentir el peso de las miradas: la de Leo, cargada de una diversión que le resultaba irritante y dulce a la vez; y la de Alexia, cuyos hombros temblaban en un esfuerzo heroico por no estallar en una carcajada. Pero era el silencio de Nina lo que más le dolía; una sospecha silenciosa que flotaba sobre el café humeante como una neblina.

Esa mañana decidieron subir a Machu Picchu para una primera inspección. Para pasar desapercibidos, se camuflaron como un grupo de turistas más. Alexia fue la pieza clave: se puso unas gafas de sol de diseñador y comenzó a tomarse fotos y videos frente a cada muro de piedra, actuando con una frivolidad tan convincente que nadie habría sospechado que llevaba una daga oculta. Nefertari, sin embargo, no podía relajarse. Mientras Alexia posaba, ella escaneaba cada rostro entre la multitud, buscando la sombra de la Mano Invisible. Pero ese día, la montaña se mantuvo en calma.

Al caer la noche, regresaron a la casa de Pachamama. Nina informó a su padre que la Mano Invisible no había aparecido. Luis sugirió que, para mantener una vigilancia constante sin levantar sospechas, Nefertari, Leo y Alexia debían integrarse como "trabajadores de apoyo" en la agencia de turismo familiar. Además, por seguridad y para mantener la identidad de Pachamama en absoluta discreción, Luis ordenó que se mudaran a una pequeña posada en el pueblo de Aguas Calientes.

Así comenzaron los días de vigilia.

Los días se convirtieron en una rutina de uniformes y rostros desconocidos. Para Nefertari el trabajo era agotador; pasaba horas de pie bajo el sol de altura o la llovizna persistente, cargando suministros y vigilando que ningún turista se desviara de las rutas. Sus pies protestaban y su mente analítica empezaba a resentir la falta de acción.

Durante esas jornadas, Leo no perdía ocasión para mostrarle su afecto: un roce de manos al entregar una botella de agua, un susurro al oído o una mirada cargada de intención. Pero Nefertari siempre lo rechazaba en público. Sentía los ojos de Nina sobre ellos, una mirada cargada de un duelo silencioso que no quería alimentar. Tampoco le gustaba cómo Aracelis los observaba; la amiga de Nina siempre estaba cerca, compartiendo confidencias con ella y cruzando apenas las palabras necesarias con Nefertari.

Alexia, por su parte, parecía haber encontrado su propia forma de pasar el tiempo. Usando la excusa de que necesitaba mejorar su español, pasaba horas junto a Sebastián. Nefertari la observaba de lejos, sintiendo un alivio agridulce al ver que su amiga recuperaba esa chispa coqueta y superficial, dejando atrás, al menos en apariencia, las sombras de lo ocurrido en la selva con el hermano de Leo.

Las noches en la posada eran su único respiro genuino. Una semana después de haber iniciado la rutina en Aguas Calientes, la impaciencia de Leo estalló en la privacidad de su habitación. Nefertari lo observó despojarse de la chaqueta oficial de la agencia con un gesto brusco, lanzándola sobre una silla de madera. La prenda técnica, de un gris pizarra frío con refuerzos marrones en los hombros, quedó arrugada, dejando a la vista el emblema de la serpiente y el nombre "El Tesoro de Pachamama" en letras cobrizas, como si Leo estuviera desechando una piel que no le pertenecía.

—Esos cobardes... ¿cuándo piensan aparecer? —gruñó él, caminando de un lado a otro en el espacio reducido—. Llevamos una eternidad aquí y ni rastro. Se suponía que ya deberían estar sobre nosotros hace días.

Nefertari se sentó en el borde de la cama, observándolo en silencio. El cansancio le pesaba en los párpados, pero era una fatiga mental; sabía que si la Mano Invisible se había tomado tanto tiempo, era porque estaban tejiendo una red demasiado grande para ser detectada a simple vista.

—Ten calma, Leo —murmuró ella, tratando de que su voz fuera el contrapunto sereno a su agitación—. Ellos saben que estamos aquí. No van a hacer nada impulsivo. Debemos mantener el perfil bajo, por mucho que nos carcoma la espera.

Leo se detuvo y se sentó en el colchón, dándole la espalda. Al quitarse la camisa, reveló la amplitud de su espalda, cuya musculatura se tensaba bajo la luz vacilante de la vela. Nefertari no pudo evitar acercarse. Sus dedos rozaron con delicadeza la cicatriz en su hombro, un recordatorio táctil de lo que ya habían sobrevivido. Lo abrazó por detrás, pasando sus brazos por su cintura y depositando pequeños besos en su piel, buscando disolver la rigidez de sus músculos con el calor de su propio cuerpo.

—¿Cómo es que eres tan cariñosa de noche, pero tan fría durante el día? —preguntó Leo, aunque su voz ya no tenía filo, sino una nota de anhelo.

Nefertari soltó un suspiro cargado de fastidio y resignación. —Leo, ya hemos hablado de esto. Es por Nina. No me gusta que nos vea juntos... me parece una falta de respeto hacia ella y lo que está pasando.

Leo se volteó con rapidez, atrapando la mirada de Nefertari con una fijeza que la obligó a dejar de lado sus escudos. —Y eso qué —dijo él, con una honestidad cruda que vibró en el aire—. Ya nos han visto juntos. No hemos hecho nada malo, Nefertari. Yo no la ilusioné. Yo solo... yo te quiero a ti.

Las palabras golpearon a Nefertari con más fuerza que cualquier visión del futuro. Se conmovió, sintiendo cómo la rigidez de sus hombros cedía. Se inclinó y le dio un beso suave, un sello de paz en medio de la tormenta que presentía.




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