La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 22 Machu Picchu

—… Ya sabes lo que tienes que hacer. Debemos hacer el trabajo, ya no hay vuelta atrás.

La voz de Xavier sonaba fina, seductora, cargada de una familiaridad que no le pertenecía. Nefertari sentía su propio corazón martilleando contra sus costillas y un nudo asfixiante en el estómago; sin embargo, sabía que no era su propia reacción, sino el eco emocional de la traidora que ocupaba su lugar en la visión.

De repente, el zumbido en sus oídos fue reemplazado por el estruendo del mundo real. El aire del terminal de Machu Picchu se precipitó en sus pulmones, denso y gélido, mientras el entorno se recomponía a trompicones: el murmullo de las voces, el viento de la montaña y el ruido de los turistas. Nefertari parpadeó frenéticamente, tratando de aclarar las imágenes. Sus ojos verdes se clavaron con fijeza justo donde, hacía unos instantes, la figura demacrada de Xavier se erguía ante ella.

Leo, que se había adelantado unos pasos hacia un puesto de choclos, se detuvo en seco. Al notar el jadeo errático de Nefertari, su rostro se tensó con esa rigidez

—¡Nefertari! ¿Qué pasó? ¿Qué viste? —, preguntó, colocando una mano firme en sus hombros.

Nefertari lo miró, sus ojos aún velados por el impacto. La urgencia de la advertencia la hizo hablar en un susurro ronco, casi inaudible entre el bullicio.

—Lo vi, Leo… Está aquí. Xavier está aquí. Estaba hablando con alguien… justo donde estoy sentada ahora. Ella… —Nefertari guardó silencio, sus dedos subieron de forma instintiva hacia sus propias coletas, acariciando el trenzado y comparándolo con el de la mujer de su premonición.

Leo frunció el ceño y su expresión se endureció como el granito. Escuchar ese nombre fue como encender una mecha. —¿Aquí? ¿Dónde? —preguntó con una ansiedad eléctrica, levantando la mirada para escudriñar la multitud sobre las cabezas de los viajeros.

—Sí —afirmó ella, intentando estabilizar su respiración—. Lo vi aquí mismo. Lucía diferente, descuidado, pero él…

Nefertari calló de golpe. Sus ojos comenzaron a escanear a cada guardián que los acompañaba. Buscaba frenéticamente a una mujer con coletas, pero el equipo estaba compuesto casi en su totalidad por hombres; las pocas mujeres presentes tenían el cabello suelto o recogido en colas de caballo funcionales.

“¿Quién era ella?”, se preguntó, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el clima andino. Por un instante, la duda la asfixió. La visión había sido desde su propia perspectiva; las mismas trenzas, la misma chaqueta del uniforme. ¿Podría ser que ella los traicionara en el futuro? ¿O acaso la Sombra seguía manipulando sus visiones para sembrar la discordia? Sacudió la cabeza con violencia. No. No era ella. La mujer de la visión no llevaba su collar. Ese pequeño detalle fue su salvavidas. Pero si no era ella, ¿quién demonios era?

Decidió no revelar más. Si hablaba de las coletas, podría advertir a la traidora de que estaban tras sus pasos.

Alexia, llegó a su lado en un segundo, con Nina, Aracelis y Sebastián pisándole los talones.

—¡¿Qué viste?! —, exigió Alexia, con la voz vibrando alarmada.

—¡Xavier está aquí! —respondió Leo inmediatamente.

—¿Qué sucede? ¡No entiendo! —, preguntó Aracelis, su voz denotaba una preocupación que a Nefertari le parecía forzada. —¿Estás bien, Nefertari? Luces muy pálidas—, añadió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Nefertari apretó los dientes, decidida a no entregarle ni un fragmento de su visión, pero Alexia, impulsiva como siempre, respondió por ella: —¡Tuvo una visión del hombre que nos vendió en Venezuela!

—¡Oh, vaya! —, dijo Aracelis, fingiendo sorpresa, y comenzó a mirar nerviosamente hacia los lados.

—No lo veo—, masculló Leo, con la mandíbula apretada, escudriñando la multitud.

—No creo que esté aquí ahora—, dijo Nefertari, un poco más calmada, aunque su voz aún era un susurro, cerro los ojos recordando cada detalle de la visión —En la visión el aire se sentía mas frio y el sol apenas saliendo, tuvo que ser más temprano

—¿Qué más viste? —, preguntó Aracelis, con una pizca de genuina preocupación asomando, o al menos eso pareció a Nefertari.

—Solo eso—, respondió Nefertari, cortante. —Ya debe de estar arriba en la ciudadela.

—Si es así, no tenemos tiempo que perder. ¡Jake, adelántate! —, Ordenó Leo,

La hormiga que se ocultaba en el bolsillo de la chaqueta de Nefertari brincó con una agilidad antinatural hacia la densa vegetación selvática que bordeaba el terminal. En un parpadeo, y lejos de las miradas de los turistas, el pequeño insecto se expandió y transformó en un imponente gavilán que rasgó el cielo con un chillido sordo, volando directamente hacia las nubes que coronaban la montaña. Su vuelo se sintió para Nefertari como un presagio oscuro.

Sebastián, con el rostro endurecido por la determinación, dio un paso al frente. —Debemos evacuar a la gente de este lugar de inmediato —ordenó, mirando a los guardianes que lo acompañaban.

—Espera, Sebastián —intervino Aracelis, colocando una mano suave en su brazo—. Si ordenas la evacuación ahora, vas a causar un caos masivo y los enemigos lo usarán para escapar entre la multitud. Lo más probable es que se camuflen como turistas y los perdamos para siempre.




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