La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 23 La Traición

El tiempo pareció detenerse, congelado en una imagen cruel. La mente de todos luchaba por procesar lo que veían: Aracelis, la hija de la familia más leal a Pachamama, la amiga cercana de Nina ahora sostenía a la joven como un rehén. El cañón de la pistola se aferraba implacable a la sien de Nina, quien tenía los ojos desorbitados y húmedos de un miedo abrumador. En contraste, los ojos de Aracelis ardían con una furia gélida, el reflejo de un resentimiento guardado por demasiado tiempo.

Nefertari sintió una punzada de rabia que le subió por la garganta. La frustraba no haber atado los cabos antes, no haber visto las señales de la traición que se ocultaba a plena vista. Observó a Leo: sus brillantes ojos amarillos, aún con un eco de su mimetismo felino, mostraban una furia cruda; la de quien se siente engañado y manipulado. La victoria de hace unos minutos ahora le sabía a ceniza.

—¡Aracelys! ¿Qué estás haciendo? —gritó Sebastián. Su voz resonó contra los muros de piedra con una mezcla de confusión e indignación.

—Lo que debí haber hecho hace mucho tiempo —respondió Aracelis. Su voz era áspera, desprovista de la calidez que solía fingir—. Algo que “debimos” haber hecho —reafirmó con un énfasis escalofriante. Su mirada volvió a Nefertari por un instante, cargada de un significado oculto que Nefertari no logró descifrar, pero que la hizo estremecer.

Sebastián dio unos pasos cautelosos, con las manos extendidas, incapaz de comprender la magnitud de la ruptura. —¡Déjate de juegos, Aracelis!

Rápidamente, ella hundió la pistola con más fuerza contra la piel de Nina y bramó con una amenaza implacable:

—¡No te acerques más! ¡Que nadie se mueva o le vuelo los sesos! ¡Especialmente Jake! Si esa bestia se transforma en hormiga, rana o lo que sea para intentar acercarse, ¡aprieto el gatillo! —, Nina cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas brotaron sin control, trazando surcos húmedos por sus mejillas. Sus manos, aún temblorosas y manchadas con la sangre de la herida que acababa de sanar, se aferraron por puro instinto al brazo con el que Aracelis la rodeaba por el cuello.

Jake, que había mantenido su forma de jaguar, dejó escapar un gruñido vibrante que sacudió el aire junto a Leo. Sus ojos felinos no se apartaban de la traidora, pero se mantuvo estático, consciente de que cualquier movimiento condenaría a Nina.

Nefertari sentía sus manos atadas por primera vez en su vida. Había pensado en todas las contingencias, pero la traición interna era una carta que Aracelis había sabido jugar con maestría. Estaban bajo su control absoluto.

—Aracelis... amiga... —la voz de Nina era un hilo tembloroso, quebrada por el terror y la incredulidad.

—¡Cállate! ¡No quiero escucharte! —replicó Aracelis con un chasquido cortante.

—Aracelis, ¿qué es lo que quieres? —preguntó Nefertari. Su voz sonaba sorprendentemente tranquila a pesar de la furia que hervía en su interior, pero sus dedos se cerraban con tal fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas. Sabía que la lógica era la única arma que les quedaba en un tablero donde habían perdido todas las piezas.

—Primero, quiero que los liberen a todos —ordenó Aracelis, señalando con un gesto seco de la cabeza hacia Xavier y los guerrilleros que seguían arrodillados y atados.

—¿De qué estás hablando? Son nuestros enemigos, quieren robar la... —comenzó a protestar Sebastián, con el rostro desencajado por una incredulidad que rayaba en lo patético.

—¡Tú también, cállate y libéralos! —le interrumpió Aracelis con un grito autoritario que silenció cualquier objeción.

Con una mezcla de derrota y resignación, Sebastián asintió y dio la orden a sus hombres. Uno a uno, los guardianes comenzaron a desatar a los mercenarios. Sus movimientos eran agónicos, lentos, como si cada nudo desecho fuera una traición a sus propios principios. Nefertari se vio obligada a acercarse también; sus manos temblaban de rabia mientras desataba las amarras de uno de los hombres. Mantuvo el rostro inexpresivo, aunque sentía que la humillación se le pegaba a la piel como una mancha de brea. Era la victoria más amarga de Aracelis.

Mientras los últimos mercenarios recuperaban la libertad y recogían sus fusiles, Xavier, que había permanecido sentado detrás de Leo, se puso de pie con una elegancia insultante.

—Leo, ¿me quieres ayudar con esto? —le soltó con una sonrisa irónica, buscando la grieta en el autocontrol del descendiente.

La respuesta de Leo fue instantánea y brutal. Con una velocidad que Nefertari apenas pudo seguir, se giró y sus manos, transformadas en garras, atraparon a Xavier por el cuello. Lo empujó con una fuerza explosiva contra el muro de piedra. El impacto resonó en el silencio del templo como un trueno. Xavier soltó un gemido ahogado mientras Leo soltaba un gruñido gutural, con los músculos en tensión, a punto de romperle la tráquea.

—¡Oye, tranquilo, Leo! ¡No te vuelvas loco! —la voz de Aracelis cortó el aire. La amenaza era tan tangible como el metal de la pistola hundido en la sien de Nina—. Si él muere, ella también.

A regañadientes, Leo aflojó el agarre, aunque sus ojos seguían prometiendo una carnicería. Terminó de romper las cuerdas de Xavier con un tirón violento. El traidor se frotó el cuello, manteniendo esa sonrisa victoriosa que hacía que a Nefertari le doliera el estómago.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.