La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 24 Los Oscuros

Todos los ojos, desde los escasos guardianes que aun respiraban entre los cadáveres de sus compañeros hasta los mercenarios que aún sostenían sus armas con manos temblorosas, se clavaron en las tres figuras que coronaban la colina. El aire de Machu Picchu se había vuelto denso, cargado con una presencia que helaba la sangre; una fuerza antigua y malevolente que eclipsaba incluso el dolor desgarrador por la muerte de Sebastián. El silencio que siguió al sismo era absoluto, roto solo por el viento que silbaba entre las piedras.

Nefertari estudió a la mujer que aún mantenía su mano posada sobre la tierra fracturada, una grieta de unos tres metros de ancho y una profundidad que podría tragarse a un hombre por completo; como si la montaña misma hubiera gritado antes de rendirse. Era robusta, de rasgos orientales y una presencia poderosa que emanaba autoridad física. Su piel clara, con un sutil toque bronceado, contrastaba con sus cejas finas y rectas sobre unos ojos negros y almendrados que no parpadeaban. Nefertari notó su mandíbula prominente y sus pómulos marcados; una expresión de inquebrantable determinación. Vestía un abrigo de lana voluminoso de color marrón oscuro, asegurado con grandes hebillas de metal que brillaban bajo la escasa luz, protegiéndola del frío andino que ahora parecía calar hasta los huesos. Su cabello oscuro, recogido en una trenza gruesa, caía por su espalda como una cuerda de amarre.

—¿Quiénes son ustedes? —gruñó Leo.

Su voz sonó animal, cargada de una vibración que denotaba que su juicio seguía nublado por la furia y el luto. Claramente, no había escuchado el susurro previo de Nefertari; para él, eran solo nuevos objetivos a los que despedazar.

Era alto, de una complexión delgada, casi esquelética, que le confería un aire de fragilidad engañosa. Vestía con una pulcritud perturbadora: una chaqueta de traje negra sobre una camisa verde oliva, pantalones de vestir y guantes negros. Su cabello castaño estaba perfectamente peinado sobre unas cejas gruesas. Nefertari clavó la vista en sus ojos pequeños y marrones tras los lentes de lectura; eran penetrantes, cargados de una inteligencia fría.

—Somos la Mano Invisible. Aunque tus dioses nos conocen como… —continuó el hombre con una calma que resultaba insultante en medio de aquel matadero, antes de ser interrumpido.

—¡Los Oscuros! —exclamó Nefertari. Esta vez proyectó la voz, asegurándose de que cada Guardián y cada aliado escuchara el nombre de la leyenda que ahora cobraba vida frente a ellos.

—Así es —asintió el hombre con una sonrisa gélida, su mirada calculadora recorriendo el lugar como quien inspecciona una propiedad recién adquirida.

—Así que ellos son los malos, malos de verdad —murmuró Alexia, situándose al lado de Nefertari. Sus ojos aún estaban rojos e hinchados por la muerte de Sebastián, pero una nueva chispa de indignación comenzaba a arder en sus pupilas.

Aracelis aún parecía estar en shock, una cáscara vacía que se aferraba a la Semilla de la Vida corrompida como si fuera lo único que la mantenía anclada a la existencia.

—Aracelis, acércate. Tráeme esa Semilla —ordenó el hombre de lentes, había algo en el que a Nefertari le parecía familiar.

Mientras Aracelis comenzaba a caminar con pasos lentos y arrastrados, como si un cuerpo vacío sin alma, la mente de Nefertari corrió a través del manuscrito y las advertencias que Isis le había susurrado en sueños.

Los Oscuros. Su origen se hundía en las raíces mismas de la humanidad, cuando los primeros dioses y mortales compartían el aliento del mundo. Su plan: revivir a su rey devorado, un ser consumido por su propia oscuridad, y gobernar sobre las cenizas de los antiguos dioses.

Xavier flanqueaba a Aracelis mientras ella tropezaba ligeramente con los escombros de la grieta. Al llegar frente al hombre de lentes, le tendió el orbe verdoso con manos que no dejaban de temblar.

—Aquí tienes, Santiago—, dijo Aracelis, la formalidad en su voz apenas perceptible por el temblor. El nombre golpeó a Nefertari como una descarga eléctrica. Santiago. Era él, el hombre que había visto hace casi un mes atrás, un mes que parecía una eternidad a este punto. Era el hombre que guiaba a los guerrilleros en el Amazonas para robar la semilla, el que conocía los “cuentos de niño”.

—Gracias, niña —respondió Santiago. Tomó la Semilla de la Vida con una sonrisa gélida que no alcanzó sus ojos, los cuales se posaron de inmediato en Xavier.

—Buen trabajo, Xavier. Pudiste cumplir tu parte del plan. —dijo la joven junto a Santiago.

La mujer no pasaba de los veinte años, aunque emanaba una confianza antigua. Era de baja estatura, con un cuerpo atlético y piel bronceada. Vestía un abrigo largo de lana de alpaca de color marrón oscuro sobre una blusa amarillo que brillaba con el último aliento del atardecer. Nefertari notó su maquillaje ligero y sus joyas de oro, que enmarcaban un rostro de labios gruesos y nariz respingada.

—Dale las gracias a tus hombres Fabiola —dijo Xavier, asintiendo hacia la joven—. Han hecho un gran trabajo.

—Sí, los guerrilleros ya me habían sido útiles anteriormente —respondió Fabiola con un desdén breve, como quien habla de herramientas desechables.

Fue entonces cuando Nefertari lo vio. En la mano de Fabiola descansaba una piedra del tamaño de un balón de fútbol, de un color dorado oscuro con lunares marrones. La reconoció de inmediato; era la misma que había visto en su visión meses atrás, la que latía con una energía salvaje y primaria.




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