La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 25 La Trasformación del Jaguar

Todos los presentes guardaron un silencio sepulcral, atónitos ante la metamorfosis de Leo. En el aire enrarecido de la montaña, solo vibraba su respiración gutural y agitada, un sonido ominoso que presagiaba una carnicería. Nefertari recorrió con la mirada los rostros de Nina y Alexia; el horror en sus ojos era el espejo del suyo: su amigo se había desvanecido para dar paso a una bestia. Incluso Aracelis y Xavier, antes arrogantes, se encogían ahora como ratones bajo la mirada de un gato, conscientes de que la furia desatada frente a ellos no entendía de bandos.

Los Oscuros, sin embargo, permanecían imperturbables; más que temor, sus gestos denotaban un placer casi estético por el espectáculo. Una sonrisa depredadora se dibujó en los labios de Fabiola.

—Santi, ¿serías tan amable de sostener esto por mí? —le dijo a Santiago con una calma gélida, extendiéndole la Semilla y su abrigo de lana—. Las necesitaré más tarde.

Con una confianza que erizaba la piel, Fabiola caminó directamente hacia Leo. No hubo el crujido violento de huesos rompiéndose que la acompañaran como la de Leo; su transformación fue de un silencio sepulcral, una transición fluida y perfecta que desafiaba la lógica. En un parpadeo de sombras, su cuerpo fluyó; el pelaje negro como el abismo cubrió su piel mientras sus músculos se reconfiguraban con una elegancia aterradora.

Nefertari observó la transformación de Fabiola con una mezcla de asombro y una frustración amarga que le quemaba el pecho. Hasta ese momento, solo había escuchado las jactancias de Santiago, pero verlo en acción era otra historia. Los Oscuros no mentían: ellos dominaban su magia con una precisión quirúrgica. Lo que más la perturbaba no era el cambio físico, sino la mirada; mientras Leo parecía un esclavo de su propio instinto, un prisionero dentro de su nueva piel, Fabiola conservaba una claridad humana aterradora en sus ojos felinos. Ella era una reina gobernando a la bestia, mientras Leo se ahogaba en ella.

Ahora, los dos depredadores estaban cara a cara. Leo se erguía como un imponente jaguar antropomórfico, una masa de pelaje amarillo y lunares negros que rugía con una sed de sangre pura. Frente a él, Fabiola, transformada en una pantera negra de una belleza letal, mantenía una compostura inquietante. Nefertari notó la diferencia más aterradora en sus miradas: los ojos felinos de Fabiola conservaban una chispa de inteligencia humana, una astucia malévola que incluso curvaba su hocico en una mueca de burla. Leo, en cambio, era un animal ciego, un incendio de furia sin razón.

Finalmente, Leo estalló. Se abalanzó sobre la pantera con una velocidad que cortó el viento, una masa de músculos y odio. Pero Fabiola se movió con la agilidad de una sombra. En el último instante, se giró sobre su propio eje, usando el impulso de Leo en su contra. Sus poderosas patas traseras impactaron en el pecho del jaguar, lanzándolo hacia atrás con una fuerza que hizo vibrar el granito milenario y levantó una densa nube de polvo rojizo.

Leo gruñó, inquebrantable, y volvió a la carga. Esta vez logró cerrar sus garras delanteras alrededor de ella, pero Fabiola no entró en pánico. Con una técnica de combate depurada, mantenía los colmillos de Leo a distancia, girando y bloqueando cada embestida. No era solo una pelea de animales; era una danza brutal donde la técnica de la pantera empezaba a asfixiar la fuerza bruta del jaguar.

Los gruñidos bestiales de Leo y Fabiola reverberaban entre las ruinas milenarias, un concierto de violencia primaria que oprimía el pecho de Nefertari hasta dejarla sin aliento. Se sentía minúscula, una pequeña hormiga ante el choque de titanes que desdibujaba la frontera entre lo humano y lo salvaje. Cada mordisco, cada rasguño y cada embestida de aquellos cuerpos masivos se grababa en su mente con la crueldad de un cincel, mientras Urga y Santiago permanecían en la colina, observando la carnicería con la frialdad de quienes asisten a una función de teatro.

La batalla alcanzó un frenesí aterrador. Los dos depredadores se convirtieron en un torbellino de pelaje amarillo y negro, una esfera de garras y colmillos que chocaba contra el suelo, desprendiendo jirones de pelo que flotaban en el aire como cenizas. Con un horror creciente, Nefertari distinguió las primeras manchas carmesí en el lomo de Leo. Fabiola, a pesar de su elegancia aparente, estaba despedazando la defensa de Leo con una precisión quirúrgica.

En un breve respiro, las bestias se separaron, jadeantes. Sus poderosos torsos subían y bajando en un ritmo errático, y el pelaje de ambos lucía ya los estragos de la ferocidad: surcos abiertos de los que brotaba la sangre. Pero la tregua fue un espejismo. Fabiola se lanzó de nuevo, impulsada por una reserva de energía que parecía no tener fin.

Con un movimiento magistral, la pantera negra proyectó su peso sobre Leo, inmovilizándolo contra el suelo. El jaguar quedó atrapado boca arriba, vulnerable. Fabiola comenzó a castigarlo, hundiendo sus colmillos con una frialdad que contrastaba con los rugidos desesperados de Leo. Él lanzaba zarpazos ciegos para quitársela de encima, pero ella esquivaba cada golpe con una destreza insultante, manteniendo sus propios puntos vitales fuera de alcance.

El mundo se detuvo para Nefertari cuando vio a Fabiola abrir sus fauces sobre la garganta de Leo. El final estaba a un solo cierre de mandíbula.

—¡Leo! —El grito de Nefertari fue un desgarro que brotó desde lo más profundo de sus entrañas.

Sin un plan, impulsada por un instinto suicida, corrió hacia el epicentro del combate. Sabía que sus manos humanas no eran nada contra la fuerza de Fabiola, pero no podía quedarse allí para ver cómo la vida se le escapaba a Leo. Necesitaba ser una distracción, un estorbo, cualquier cosa que le diera a él un segundo de aire.




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