Nefertari flotaba en un vacío absoluto. No había arriba ni abajo, solo una negrura insondable que parecía absorber la luz de su propia esencia. Su cuerpo, antes una masa de dolor y pulmones colapsados, ahora se sentía liviana, despojada no solo del dolor, sino de cualquier rastro de ropa; su piel estaba expuesta a la gravedad. No había frío, pero tampoco calor; era una nada aséptica que la envolvía como un sudario de silencio. Un silencio tan denso que el zumbido de su propia conciencia herida se volvía ensordecedor.
—¿Dónde estoy? ¿Estoy muerta? —se preguntó. Su voz no salió de sus labios, sino que pareció brotar directamente de sus pensamientos, expandiéndose en la inmensidad como un eco sin paredes donde rebotar. —¿Esto es lo que queda? ¿Una suspensión eterna? ¿Vendrá alguien o simplemente pasaré la eternidad así suspendida?
Un suspiro invisible escapó de ella, cargado de una frustración amarga. —¿Qué pasará ahora? —murmuró, y esta vez la calma fue sustituida por el peso del fracaso—. Fallé. Morí sin cumplir el objetivo. Solo espero que los demás... que ellos puedan detener a los Oscuros.
Una lágrima solitaria se desprendió de su mejilla. En ese vacío, la gota de agua brilló como una perla antes de perderse en la negrura. —Espero que puedan perdonar a Leo —añadió en un susurro quebrado.
Justo cuando Nefertari se abandonaba a su propia pena, una risa comenzó a filtrarse en la nada. Al principio fue un sonido sutil, similar al crujido de hojas secas bajo un paso invisible, pero pronto escaló hasta convertirse en un estruendo gélido que le erizó el vello de los brazos. La tranquilidad del vacío se rasgó. Nefertari se puso alerta, buscando desesperadamente un punto de apoyo en la oscuridad.
Entrecerró los ojos. No necesitaba ver para reconocer ese timbre malvado; lo llevaba grabado en las cicatrices de sus pesadillas. —Eres tú de nuevo... el Rey Nimrod—dijo, forzando una confianza que se desmoronaba ante el pavor que le atenazaba el pecho.
—¡Jajajaja! ¡Es bueno verte de nuevo, hija de Isis! —La voz retumbó con tal potencia que el vacío mismo vibró, golpeando el espíritu de Nefertari. —¿Crees que podrás detenerme, pequeño escarabjo? Pasaste noches en vela analizando estrategias, buscando formas de proteger la Semilla... ¿Y para qué? ¿Para terminar aquí, siendo nada?
La carcajada se intensificó, multiplicándose hasta parecer que venía de todas las direcciones a la vez. La oscuridad, antes estática, comenzó a ondularse con la violencia de un océano azotado por una tempestad. Luces espectrales, pequeñas y pálidas, parpadearon en la periferia de su visión, y el silencio dio paso a un murmullo lúgubre: el sonido de mil lamentos tomando forma.
De pronto, el ruido cesó. Fue un hachazo de silencio antinatural, más opresivo que la propia risa. Las luces parpadeantes se aglutinaron, retorciéndose como humo denso hasta formar siluetas grotescas. Antes de que Nefertari pudiera procesar la imagen, una fuerza gravitatoria invisible la golpeó, arrastrándola hacia abajo. El vacío desapareció y sus rodillas impactaron con dureza contra un suelo sólido.
La negrura se rasgó como un lienzo viejo, pero la luz que emergió no trajo consuelo. Nefertari se encontró de regreso en Machu Picchu, pero era una versión profanada y pesadillesca de la ciudadela. El cielo se había teñido de un rojo carmesí denso, como una herida abierta que goteaba sobre el mundo. Las rocas milenarias, la hierba y el aire mismo estaban impregnados de ese tono sanguinolento, transformando la majestuosidad de los Andes en un matadero eterno.
El aire se volvió espeso, casi sólido, una masa invisible que la aplastaba contra el suelo, impidiéndole siquiera erguir la espalda. Nefertari hundió las manos en la tierra carmesí, sintiendo su humedad pegajosa. El sabor metálico de la sangre inundó sus papilas, y el olor acre y corrosivo de la pólvora quemada invadió sus pulmones; era la esencia de la masacre magnificada para su tormento.
Frente a ella, el horror tomó forma. Los cuerpos de los Guardianes yacían esparcidos como marionetas rotas, mucho más numerosos de lo que su memoria registraba. Sus ojos, vidriosos y fijos, parecían perseguirla, acusándola con su mudez de haberlos abandonado a la muerte. A pocos metros, vio a Nina, con el rostro desfigurado por el llanto, hundiendo sus manos en el cuerpo de Alexia en un intento inútil por cerrarle heridas que eran simples jirones de carne y sombras.
Pero Leo no estaba. Su ausencia era un vacío que dolía más que la visión de los muertos. ¿Dónde estaba él? ¿Era aquella la realidad que ocurría en la superficie mientras ella se hundía en la nada? El terror se enroscó en su garganta como una serpiente.
—Tantos años preparándote para este encuentro... y fallaste —la voz del Rey Nimrod no resonó en el aire, sino que brotó de sus propias entrañas, vibrando en sus huesos.
Nefertari quiso gritar, negar la derrota, pero su cuerpo era una prisión de mármol. Solo podía observar y llorar, sintiendo cómo el peso del fracaso la hundía un centímetro más en la tierra roja con cada segundo que pasaba.
De pronto, el cielo carmesí comenzó a ondularse con una violencia enferma, como si la bóveda celeste fuera una piel desprendiéndose de los músculos de la tierra. Las montañas y las figuras destrozadas de sus amigos se disolvieron en remolinos de hollín y agonía.
El entorno se transformó bajo sus dedos. La tierra áspera y sangrienta dio paso a un mármol frío y pulido. Nefertari sintió el contacto del frío mineral contra su piel desnuda, una caricia hostil que le recordó su total vulnerabilidad. Las paredes de piedra de los incas se alzaron como muros lisos de una mansión aristocrática que llegaban a un techo grisáceo, del cual pendía un candelabro de cristal cuyo brillo era mortecino, carente de alma. El aire cambió: ahora era caluroso y rancio, cargado con el olor a lujo viejo y decadencia sofocante.