La Semilla de los Animales y de la Vida

Capítulo 27 Cicatrices

El frío andino la envolvió antes de que pudiera abrir los ojos, una caricia gélida que contrastaba con el calor residual de su sueño divino. Al despertar, Nefertari sintió que su cuerpo no le pertenecía; era una masa de plomo, pesada y vibrante de dolor. Una punzada de claridad hiriente golpeó sus pupilas cuando el sol, brillante e inclemente, se filtró por una ventana alta, iluminando las texturas ásperas de la habitación de piedra.

En un rincón, bañada por la luz dorada, notó una silueta menuda. Era Carolina, la hermana de Nina. Llevaba puesto un gorro de lana que le cubría las orejas de color blanco y un poncho tejido con patrones geométricos en tonos tierra, debajo llevaba un suéter tejido de color blanco y unos jeans de color azul. Estaba absorta en el brillo azul de su teléfono, ajena al frío que empezaba a colarse por las rendijas de la piedra.

—¿Carolina…? —logró articular Nefertari. Su voz era un hilo quebradizo, y su garganta se sintió como si hubiera tragado arena del desierto.

La joven se levantó de un salto, dejando caer el teléfono sobre la silla, y corrió hacia ella con el rostro iluminado por un alivio genuino.

—¡Oh, Dios! ¡Al fin despertaste! —exclamó Carolina, su voz resonando en las paredes de piedra—. Estábamos tan asustados...

Nefertari intentó incorporarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Cada músculo protestaba, y su sistema nervioso parecía emitir chispas de estática. Al mover el brazo izquierdo, sintió un tirón molesto en el dorso de la mano; bajó la mirada y descubrió una vía conectada a una bolsa de suero que colgaba de un soporte improvisado junto a la cama. El líquido transparente goteaba con una parsimonia que le resultó irritante.

—¿Qué pasó? —preguntó, luchando por conectar los fragmentos de su memoria.

—Ya estás a salvo. Nina te estabilizó en las ruinas y luego llamó a mi padre —explicó Carolina, hablando rápido por los nervios—. Tranquila, tranquila, solo descansa, ¿Cómo te sientes?

La expresión de la niña se ensombreció, y ese silencio fue el catalizador que Nefertari necesitaba. los recuerdos regresaron: el olor a pólvora y el impacto brutal en su pecho. Instintivamente, llevó su mano al torso. Bajo el pijama de lana sus dedos trazaron el relieve rugoso de una cicatriz que le atravesaba el pecho. La cicatriz fue el catalizador que Nefertari necesitaba. Los recuerdos regresaron: el olor a pólvora y el impacto brutal en su pecho. Era la marca de la garra de Leo; una prueba tangible de la derrota que habían sufrido.

La angustia por la Semilla robada y el sacrificio de tantos Guardianes la golpeó como una ola física. Curiosamente, su enfrentamiento metafísico con Nimrod y la conversación con su madre se habían disuelto en una bruma indistinta, como un sueño que se desvanece al despertar, pero deja una sensación de inquietud. Sin embargo, en el fondo de su ser, sentía una sutil oscuridad echando raíces, un eco de la batalla, algo que ella sentía que alimentaba su orgullo.

Apretó el escarabajo de su collar, buscando anclarse a la realidad.

—¿Dónde están los demás? —inquirió en un susurro urgente—. ¿Dónde está Leo?

—Mi hermana y Pachamama están con Leo en el patio. Él no se ha movido de allí desde que llegaron —respondió Carolina. — Y Alexia está en la sala.

Nefertari hizo un esfuerzo considerable para sentarse en el borde de la cama. El mundo dio un vuelco mareante, pero se obligó a fijar la vista en un punto en la pared hasta que el equilibrio regresó. Cuando intentó ponerse de pie, Carolina, con los ojos muy abiertos y una expresión de alarma, se acercó para detenerla.

—¿A dónde crees que vas? —preguntó la niña, extendiendo las manos como si Nefertari fuera una figura de cristal a punto de romperse.

—A ver a mis amigos... —respondió Nefertari, quitándose el suero pegado a su brazo. Aunque su voz era débil, su sonrisa tenía una determinación que no admitía discusiones.

Carolina se quedó a su lado, tensa y lista para amortiguar una caída. El cuerpo de Nefertari reaccionaba con una lentitud exasperante; sentía las piernas pesadas, como si caminara a través de lodo, pero la fuerza estaba regresando a sus nervios. Apoyando una mano en la irregularidad de las paredes de piedra, avanzó centímetro a centímetro, bajo la mirada vigilante y nerviosa de la pequeña.

Al llegar a la sala, la escena le resultó extrañamente normal, casi irreal. Allí estaba Alexia, sentada en un sofá de madera, absorta en el brillo de su teléfono. Llevaba unos leggings negros azabache y una franela de lana gruesa manga larga blanca con un corazón rojo en el pecho; una imagen de cotidianidad que chocaba violentamente con los recuerdos de la batalla. Al escuchar el roce de los pasos, Alexia soltó el teléfono dejándolo caer en el cojín del mueble, se puso en pie de un salto.

—¡Nefer! —exclamó, y antes de que Nefertari pudiera articular palabra, ya estaba envuelta en un abrazo desesperado.

Alexia la apretó con tal intensidad que Nefertari no pudo evitar un siseo de dolor cuando la cicatriz del pecho protestó.

—Calma... todavía estoy reconstruyéndome —murmuró con esfuerzo.

—Lo siento, lo siento mucho —se disculpó Alexia rápidamente, aflojando el agarre pero manteniendo sus manos en los hombros de su amiga, como si necesitara asegurarse de que era real y no un fantasma—. Es que... por un momento pensamos que no volverías.




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