La mañana siguiente llegó con un sol que Nefertari sintió injustamente brillante, se despertó con el eco de la visita de Inti, esperaba que Pachamama estuviera presente con alguna pista del paradero de los Oscuro, sin embargo, el frio de la mañana traía otro recado: era su cumpleaños.
El teléfono vibró temprano con mensajes de su familia. Su hermana Maya fue la única que mostró una preocupación genuina, preguntando cómo estaba y qué tal iba el viaje. Nefertari respondió con frases cortas y asépticas; no podía contarle que llevaba una cicatriz en el pecho, y mucho menos que la Semilla de la Vida estaba en manos de los Oscuros. De sus padres, recibió felicitaciones formales, cargadas de esa expectativa de perfección que siempre la asfixiaba. No sabía si su padre ya conocía la noticia del desastre, pero se juró a sí misma que no le daría el gusto de escucharla admitir su fracaso por teléfono. Mientras escribía, sintió un frío punzante en la base de la nuca, una punzada de esa oscuridad que no lograba descifrar, instándola a cerrar su corazón incluso ante Maya.
Nefertari se vistió con un suéter de lana de cuello alto color negro y unos pantalones gruesos para aislar el frio de color gris. No quería celebraciones. Sentía que cada vela en un pastel sería un insulto a los Guardianes caídos. Sin embargo, Alexia y las hermanas de Nina no permitieron que se hundiera en su melancolía.
Por la tarde, la obligaron a caminar por las calles empedradas de Aguas Calientes bajo el pretexto de "aire puro". Al regresar a la casa de Pachamama, la sorpresa la esperaba: Nina y sus hermanos habían preparado un bizcocho de chocolate con un glaseado azul rey, decorado con letras doradas: "Feliz Cumpleaños Nefertari".
A pesar del vacío en su estómago, el gesto la conmovió. Sus amigos intentaban, con una ternura casi infantil, remendar su espíritu roto. Recibió los regalos con una gratitud contenida: Nina y sus hermanas le entregaron un suéter de lana de colores vibrantes, tejido con la esperanza de devolverle algo de luz. Alexia, siempre fiel a su esencia, le obsequió un delicado juego de bisutería que brillaba bajo la luz de la sala.
Pero fue el regalo de Leo lo que más le pesó: un libro antiguo sobre la historia inca y los secretos de Machu Picchu. Fue un gesto silencioso, una forma de decirle que, a pesar de la destrucción, aún valoraba su intelecto y su sed de conocimiento.
Al caer la noche, el ambiente cambió. La melancolía se volvió insoportable para Leo y Alexia, quienes decidieron que el silencio era un enemigo que solo podía derrotarse con ruido.
—Muy bien, ya basta de funerales. Es hora de celebrar como se debe —anunció Leo, apareciendo en la sala con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero cargando botellas de pisco, tequila y ron como si fueran municiones de guerra. Llevo vestía su chaqueta negra, debajo una camisa de color borgoña y unos pantalones de corte moderno de color negro.
La música comenzó a sonar, rompiendo la paz del refugio, y el olor punzante del alcohol llenó el aire, marcando el inicio de una noche que prometía ahogar las penas... o hacer que todas salieran a flote.
—Leo, ¿qué estás haciendo? —preguntó Nefertari, tratando de frenar una euforia que sentía artificial—. No es necesario, en serio. No estamos para fiestas.
—Vamos, no todos los días se cumplen veinte años —insistió Leo con una insistencia casi agresiva.
Ignorando la resistencia de Nefertari, comenzó a distribuir vasos y hielo con movimientos rápidos y nerviosos. Sirvió el pisco con generosidad, entregándole un vaso a cada una, dejando fuera solo a las hermanas menores de Nina. La joven descendiente de la Pachamama aceptó el cristal con dedos temblorosos y una mirada de duda que Alexia, con sus sentidos de Afrodita agudizados por el cinismo, no tardó en captar.
—¿Qué pasa, Nina? ¿Es tu primera vez con el "agua de fuego"? —preguntó Alexia con una ceja alzada y un tono cargado de ironía. Alexia vestía una chaqueta de Lana de color oro pálido, que combinaba con su gorro, una franela crema se asomaba debajo de la chaqueta, y unos pantalones ajustados, de corte alto de color negro azabache, combinado con un maquillaje ligero.
—Eh, no... bueno, sí. Es solo que... solo he probado un par de sorbos antes —admitió Nina, y su voz se perdió en el bullicio de la música que Leo acababa de subir. Nina vestia con una chaqueta gruesa de color gris perla, debajo un suéter de color blanco y unos pantalones de corte moderno de color gris oscuro.
—¡Por favor! Ya tienes dieciocho años —le animó Alexia, dándole un empujoncito juguetón—. Ya es hora de que sepas lo que es una borrachera de verdad. Te aseguro que ayuda a olvidar que el mundo se está acabando.
Nefertari sentía una opresión en el pecho que no tenía nada que ver con su cicatriz. La escena le parecía grotesca. ¿Cómo podían estar riendo? ¿Cómo podían ignorar que la Semilla estaba en manos de los Oscuros?
—Chicos, hablo en serio —intervino Nefertari, con el ceño fruncido y alzando la voz sobre el ritmo estridente de la música—. No creo que sea el momento para esto, especialmente después de... de todo lo que perdimos allá arriba.
—¡Precisamente por eso es que debemos beber! —le soltó Leo. Antes de terminar la frase, vació su vaso de pisco de un solo trago—. ¿Qué mejor manera de sobrellevar la cagada que hicimos que bebiendo?
—¿Ahogar las penas en alcohol? ¿Es en serio, Leo? —le espetó ella, incapaz de ocultar su reproche.