El ambiente cambió de forma drástica. Las risas, que antes llenaban la sala con una calidez genuina, se congelaron en el aire cuando la puerta principal se abrió de par en par, permitiendo que la luz de la luna silueteara las figuras de las cuatro diosas.
Nefertari y Leo se pusieron en pie de un salto, soltándose las manos con una torpeza eléctrica, mientras el respeto y el miedo luchaban por el control de sus rostros. Alexia, recuperando sus reflejos, comenzó a darle pequeños golpes a Nina para que despertara, pero la joven descendiente de la Tierra estaba hundida en un letargo profundo. Ante la mirada severa de las deidades, Alexia le propinó un pellizco más fuerte que la hizo reaccionar con un grito ahogado.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? —protestó Nina, apartando los brazos de Alexia con el fastidio propio de la embriaguez. —¡Nina, levántate ahora mismo! —insistió Alexia en un susurro urgente, sin dejar de sacudirla.
Nina se puso de pie a trompicones, pero sus ojos, aún nublados, tardaron en enfocar a las divinas visitantes. Fue entonces cuando la voz dulce, pero cargada de un peso ancestral de Afrodita, invadió la sala.
—Parece que se estaban divirtiendo.
Una sonrisa gélida y perfecta se dibujó en su rostro mientras recorría con la vista el estado del refugio: la mesa desordenada con restos de comida, las botellas de pisco vacías y la bocina parpadeando en colores vibrantes al ritmo de una música que ahora resultaba insultante.
Al notar quiénes estaban en el umbral, el rostro de Nina perdió todo rastro de color. Se acomodó el cabello despeinado con dedos temblorosos, reaccionando más por puro instinto de supervivencia que por protocolo.
—Mi señora Pachamama... eh, pues nosotros... —Nina balbuceó, su voz perdiendo la batalla contra el nerviosismo—. Es el cumpleaños de Nefertari y... solo quisimos celebrárselo.
La mirada de Pachamama se posó sobre ella; era una mezcla desconcertante de dulzura maternal y una severidad implacable, profunda como las raíces de las montañas. La diosa vestía una lliclla de lana de alpaca fina en color gris plomo, anudada al pecho por un tupu de plata en forma de serpiente que brillaba con un fulgor antiguo. Bajo el manto, su túnica de un profundo verde bosque caía hasta los tobillos, adornada con intrincados patrones de hojas de coca en color marrón oscuro que parecían moverse con su respiración. Llevaba sus características trenzas largas entrelazadas con hilos de colores vibrantes, una imagen que recordaba a la tierra misma: hermosa, fértil, pero absolutamente indomable.
—Tranquila, mi niña —dijo Pachamama, y su voz, aunque serena, pareció hacer vibrar el suelo bajo los pies de Nina.
—Sí, chicos, no se preocupen. Disfruten de la vida, de eso se trata —intervino Afrodita.
Afrodita irradiaba un brillo divino que hacía que las lámparas de la sala parecieran velas apagadas. Su piel tenía la textura de la seda y un tono que evocaba la arena de las islas griegas bajo el sol de mediodía. Su cabello dorado, rebelde y perfecto a la vez, caía como una cascada de rizos hasta su cintura, adornado con pequeñas perlas y delicadas flores de mirto que parecían recién cortadas.
Vestía un peplo de seda en color rosa empolvado que se adhería a su figura con una fluidez casi líquida. La tela estaba sujeta en los hombros por dos fíbulas de oro en forma de palomas, y un cinturón de eslabones dorados que ceñía su cintura, emitiendo un aura que nublaba los sentidos de quien la miraba. En sus pies, calzaba sandalias de tiras finas que se enroscaban hasta sus pantorrillas, hechas de un cuero dorado tan fino que parecía fundirse con su piel. Sus ojos, azules como el Mediterráneo profundo, poseían una dulzura que escondía un poder incalculable; una mirada que prometía el cielo pero que podía desatar tormentas.
Los cuatro jóvenes intentaron relajarse, pero el aire en la sala seguía pesado. Se sentían como niños traviesos, atrapados en una falta imperdonable y esperando el regaño que sabían que no tardaría en llegar.
—Mis señoras, disculpen... ¿A qué se debe su visita? —preguntó Nefertari, haciendo un esfuerzo por recuperar su voz de líder—. De haber sabido que vendrían, las habríamos recibido…—Nefertari guardo silencio un instante titubeando. Su mente, usualmente ágil para la retórica, tropezaba ahora buscando una excusa que justificara aquel escenario.
—Yo las invité —sentenció Pachamama, y el tono de su voz no admitió réplicas.
—Teníamos que hablar con ustedes —intervino Isis.
Su voz era un remanso de serenidad que, paradójicamente, erizó la piel de Nefertari. La diosa vestía un kalasiris de lino blanco, tan fino que parecía tejido con hilos de luz, que caía con una rectitud impecable hasta sus pies. Un cinturón dorado ceñía su cintura, destacando en el centro la figura de un escarabajo de oro, símbolo de resurrección y del poder que Nefertari portaba en su propio collar. Sus muñecas estaban adornadas con brazaletes de oro macizo que brillaban con cada movimiento comedido de sus manos, y calzaba unas sencillas pero elegantes sandalias de cuero blanco.
Pero lo que más impactó a Nefertari no fue su vestimenta, sino su mirada fría. Los ojos de Isis, delineados con un kohl perfecto, eran pozos de una sabiduría milenaria que no admitía excusas ni flaquezas. No la miraba con la ira de un padre, sino con la objetividad de un juez que observa con detalle.
—Pachamama nos puso al tanto de lo ocurrido. Era imperativo que nos encontráramos —añadió Tuheyoma.