La Semilla de los Animales y de la Vida

Capitulo 30: Ecos del Pasado

El silencio en la sala se volvió denso, un peso físico que se asentaba sobre los hombros de Nefertari como el lino empapado. Las palabras de las diosas no se habían marchado con ellas; por el contrario, daban vueltas en su mente.

—¿Debemos aprender de nuestras debilidades? —se preguntó en voz alta. Su voz sonó extraña, un eco frágil en la penumbra.

Miró sus manos, que aún conservaban un ligero temblor.

—¿Cuáles debilidades? —continuó, más para sí misma que para el resto—. Nuestra magia es un menor que la de los Oscuros. No entiendo qué esperan que hagamos con eso.

—Bueno, yo sé qué voy a hacer: necesito un trago para asimilar todo esto —soltó Leo.

Nefertari lo observó levantarse del sofá. Había algo roto en la forma en que se movía, una pesadez que no era solo física.

—Te sigo —secundó Alexia, poniéndose en pie con esa ligereza artificial que usaba para ocultar que estaba aterrada.

Nefertari y Nina permanecieron ancladas a sus asientos, dos estatuas de quietud en medio del refugio. El roce de la cicatriz bajo su ropa le recordaba a Nefertari que el tiempo seguía corriendo, aunque ellos se sintieran estancados.

—¿Y ahora qué sigue? —preguntó Alexia tras dar un trago largo a su copa, clavando sus ojos en Nefertari—. Una visión en este preciso momento sería perfecta, Nef.

Nefertari apretó los labios. La frustración le subió por la garganta, ácida.

—Sabes tan bien como yo que la clarividencia no funciona así, Alexia —respondió, y aunque intentó sonar calmada, la irritación se filtró en sus palabras—. No puedo invocar las visiones. Y si llegó a tener una ya sería demasiado tarde.

—¿A qué te refieres? —preguntó Nina, ladeando la cabeza con curiosidad genuina.

Nefertari suspiró, buscando las palabras para explicar la impotencia de su don. —Mis visiones muestran lo que esta por suceder o lo que ya ha comenzado a suceder. Si viera a los Oscuros robando una semilla ahora mismo, para cuando terminara de asimilar la imagen y lográramos avisar a los guardianes y preparar un vuelo, ya todo se habría acabado. Mis visiones no son para cambiar el destino; son advertencias que apenas me dan tiempo de cubrirme la cara.

Un silencio amargo regresó al grupo. Alexia dejó escapar un suspiro de resignación que empañó el borde de su copa. —Es increíble pensar que todo este desastre se pudo evitar si la madre de Aracelis no hubiese muerto —murmuró—. Cada acción tiene su reacción, supongo.

—Y ellos lo sabían —añadió Leo, y Nefertari detectó el veneno de la amargura en su tono—. Sabían cómo usar ese resentimiento para engañarnos, del mismo modo que usaron a Xavier para llegar a mi semilla. No solo son más fuertes; son mejores ajedrecistas.

Nefertari se volvió hacia Nina. Había una duda que la quemaba desde que Pachamama habló del equilibrio; una chispa de escepticismo que desafiaba su propia fe en la justicia divina.

—Nina —llamó Nefertari, suavizando el tono—. Hay algo que no deja de darme vueltas. ¿Por qué Pachamama no quiso curar a la madre de Aracelis? Si ella es la vida misma... ¿por qué permitir un dolor que sabían que nos destruiría?

—Es parte del equilibrio e igualdad —respondió Nina. Su voz, antes vacilante, cobró una claridad inusual; hablaba de la única verdad que comprendía hasta la médula—. No podemos curar enfermedades naturales. Ahí es la naturaleza misma la que está actuando, y no debemos interferir. Es muy diferente a curar una gripe, un golpe o una herida causada por un tercero.

Nina hizo una pausa, buscando las palabras para explicar lo inexplicable. —Además, las enfermedades son complejas. Mi magia, al igual que la tuya, Nefertari, tiene límites físicos. Por ejemplo, no puedo usar mi poder para sanarme a mí misma. Y curar a otros... me drena. Literalmente les entrego una parte de mi energía vital. Por eso me vieron tan agotada después de cerrar tu herida; ya había sanado a varios guardianes y estaba al límite de mis fuerzas.

Instintivamente, Nefertari se tocó la cicatriz en su pecho. El relieve del tejido le recordó que su vida era, en parte, un préstamo de la energía de Nina. Sintió un peso nuevo en el diafragma: la gratitud mezclada con el horror de la carga que su amiga llevaba.

—Ahora, imaginen la escala —prosiguió Nina, con los ojos reflejando una gravedad antigua—. Si fue agotador cerrar una herida abierta, imaginen lo que supone luchar contra un cáncer o una diabetes. Son males que el mismo cuerpo genera. Mientras yo intento destruir una célula enferma, dos más crecen. La única forma de vencer algo así sería que yo estuviera dispuesta a sacrificar mi vida por la de esa persona... entregarle hasta el último aliento de mi energía vital para que ella pueda seguir.

—Un intercambio equivalente —analizó Nefertari en voz baja, procesando la lógica matemática del sacrificio.

—Y lo peor —continuó Nina, y la tristeza en sus ojos se volvió profunda como un pozo— es que, aunque lograra curarla, esa persona podría recaer con el tiempo. Mi sacrificio sería en vano. Por eso no pudimos salvar a la madre de Aracelis; ese es el equilibrio implacable del que habla mi señora.

Nefertari asintió lentamente. Las piezas del rompecabezas, antes manchadas de sangre y confusión, comenzaron a encajar con una claridad gélida.




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