La senda de la Corona [la senda #3]

2

Pasarían toda la tarde y la noche viendo películas que Mili alquiló en el videoclub de forma aleatoria, sin leer las sinopsis. Fer intentó concentrarse en las películas, pero lo cierto era que no podía.

Con un bote de helado de chocolate en las manos, cada vez que se llevaba una cucharada a la boca, era inevitable que sus ojos se fueran al anillo. Al condenado anillo. Mili también parecía un poco ida, con todo y eso, en ocasiones reaccionaba a lo que sucedía en el televisor, aunque parecía más un acto reflejo. Estaban a la mitad de la segunda película cuando el timbre sonó. Fer puso pausa e intercambió una mirada con Mili, esta enarcó una ceja.

—¿Esperabas a alguien? —Fer miró la hora en el reloj de la mesita de luz, eran las cuatro y media, a esa hora ella estaba siempre en la pastelería y no le había informado a nadie de lo que pasó en el local, por lo que no parecía probable que alguno de sus conocidos fuera a buscarla a esa hora. Fer se bajó de la cama y comentó mientras salía de la habitación.

—Debe ser la vecina.

Mientras se acercaba a la puerta se convenció de ello. Su vecina en ocasiones llamaba a su puerta para pedirle café, sal o incluso huevos. Pero cuando Fer abrió la puerta fue como si se adentrara en una pesadilla de la que llevaba meses intentando escapar, erradicar de su mente. Quedó literalmente congelada, con la mano en el picaporte de la puerta, los ojos muy abiertos, la quijada caída en una mueca de horror creciente. Entonces la cerró. La estampó contra el marco de la puerta, como si con eso pudiera borrar el horror que había visto. Pero volvieron a tocar, y Fer casi pudo escuchar su suspiro exasperado. Así que se armó de valor, el corazón golpeando en su pecho, y la abrió, pero esta vez solo abrió una rendija y asomó un ojo por ella. Allí estaban, allí estaban.

—¿Podemos dejar de jugar? —Por supuesto, el primero en hablar fue Keveth, tenía una mueca de exasperación y una mirada dura. Tras él, Doriat ostentaba su sonrisa fácil de siempre.

—Hola, florecilla, lamento la sorpresa. —Fer cerró la puerta de nuevo. Simplemente no podía, eso no podía ser cierto. Miró a su alrededor, intentando convencerse de que aquello lo estaba soñando. Pero de nuevo tocaron a la puerta, esta vez de forma más dura y desesperante. Mili apareció entonces.

—¿Qué pasa, quién es? —Mili lucía ligeramente alarmada, de seguro la mueca de horror en el rostro de Fernanda debía ser muy obvia.

—Es... —Pero Fer no hallaba cómo explicarlo. ¿Qué se suponía que debía decir? Keveth le ahorró la respuesta, pues desde el otro lado, con su voz de exasperación, exclamó bastante alto.

—Esto es molesto, Fernanda. ¿Acaso olvidaste todos tus modales? Deja la tontería y abre la puerta, tenemos que hablar. —Mili enarcó una ceja, pero entonces se acercó a Fer y susurró.

—¿Qué pasa? ¿Es un acosador? ¿Llamamos a la policía?

Fernanda no creía que la policía fuera de ninguna ayuda y lo cierto era que tampoco podía pensar en Keveth como un acosador. Pero no podía explicarse qué hacían ellos allí, era imposible. Ella los había rechazado, ellos la habían dejado en su mundo, ella no tenía que volverlos a ver nunca más.

—Fer, amiga, me estás asustando.

Keveth no volvió a hablar. Fer apretó la mano de Mili para decirle de alguna forma que no se preocupara, porque se dio cuenta de que se hallaba sin voz. Se acercó al ojo de pez de la puerta y miró hacia afuera. El pasillo estaba desierto. Sintió un ligero alivio en su pecho. Fue una alucinación, eso debía ser. Algo de tipo estrés postraumático y estaba viendo cosas en donde no había nada. Dejó salir un suspiro y se volvió a Mili.

—No están, no es nada.

—¿Segura? Porque parecía molesto. —Fer quería decirle que no dijera eso, porque entonces eso significaba que no lo había alucinado si Mili también los oyó, pero no tuvo tiempo de decir nada. Del otro lado del ventanal, Fer vio dos mariposas revoloteando. Una azul y la otra verde.

—No —susurró—. Tiene que ser una broma.

—¿Qué? ¿Qué sucede? —Fer caminó hacia el ventanal, gracias al cielo cerrado, y Mili la siguió. Las mariposas parecían luchar con el viento que hacía afuera. Golpearon el cristal, como si intentaran atravesarlo y de la nada se metamorfosearon y en su lugar aparecieron dos hombres, dos que Fer conocía muy bien. Mili dejó escapar un grito y la gata se escapó de sus brazos.

—¿Pero qué carajos? —Eso fue todo lo que dijo, un golpe sordo le siguió y con horror Fer notó que se había desmayado. Corrió junto a su amiga y le palmeó las mejillas, al mismo tiempo, Doriat le daba golpecitos al cristal, su voz le llegó amortiguada por el vidrio.

—¿Puedes abrirnos, florecilla? Tenemos un par de cosas que discutir contigo. —Fer rogó porque Mili estuviera bien y se encaró a las dos hadas. Keveth tenía los brazos cruzados y la fulminaba con la mirada. Llevaba pantalones azul cobalto y camisa blanca. Doriat, que le sonreía, llevaba pantalones negros y una ligera camisa azul celeste.

—No tengo nada que hablar con ustedes —les gritó para que la escucharan del otro lado—. Renuncié a mi premio, ya no tengo nada que ver con Daha. Váyanse de aquí. —Las dos hadas intercambiaron una mirada, Keveth se adelantó.

—Esto no tiene nada que ver con el torneo. Es algo mucho más serio y, si sirve de algo, no venimos a llevarte a la fuerza como la primera vez. Esta vez será tu decisión. —¿Esta vez? Fer casi quería reírse en sus caras por su descaro. De nuevo se presentaban de la nada, sin aviso, para llevársela.




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