No estaba muy segura de cómo debía sentirse. Allí estaba, de nuevo en el mundo de las hadas, y se veía tan hermoso como lo recordaba. El aire era fresco, el paisaje verde y colorido, con esa carga mágica tan sutil que estaba allí, en cada pequeño lugar. Mili estaba maravillada. No dejaba de decir: wow, y de mirarlo todo como si se tratara de una niña de siete años en pleno Disneyland. Doriat parecía encantado con ella, caminaba junto a Mili y le mostraba las cosas que él consideraba más interesantes.
Se quedó rezagada, y no solo porque estaba varios pasos detrás de los otros, sino porque se sentía como si estuviera fuera de lugar, como si no perteneciera allí. Keveth se volvió hacia ella, mientras Mili y Doriat seguían su camino hacia delante, sin mirar atrás.
—¿No podían dejarme en paz? —preguntó ella, Keveth mirándola con seriedad.
—Odio cuando mientes —sentenció él—. Pero es aún peor cuando te mientes a ti misma.
—No quiero estar aquí, no pertenezco aquí. Eso no es una mentira. —Keveth se acercó y Fer no pudo evitar recordar el beso que le había obligado a darle hacía solo minutos atrás. Porque habían sido minutos, ¿cierto? El tiempo se sentía diferente una vez pisabas la tierra de las hadas, como si ya no importara, como si todo se detuviera en un único segundo infinito.
—No simplemente pertenecemos a un lugar o a alguien, elegimos hacerlo y si de algo estoy seguro, Fernanda, es que un día elegirás Daha. —Aquello fue dicho de tal forma que Fer estuvo a punto de asentir y decir: Por supuesto, así será. Pero no lo sería, con mil demonios no—. Pero no es el momento para detenernos a pensar en tonterías, la reina te espera. —Fer soltó una exhalación exasperada, aquello era tan Keveth.
—Por supuesto, tú qué vas a saber sobre cómo me siento. Mejor vayamos corriendo con tu preciada reina, no vaya a ser cosa de que su pesada corona le rompa el cuello.
Retomó el paso molesta, sin esperarse lo que pasaría a continuación. Keveth aferró su brazo, deteniéndola en seco, y cuando la miró a los ojos, había ferocidad en ellos.
—Nunca —dijo con énfasis—. Se bromea con la posibilidad de muerte de la reina. —Fer se zafó del agarre.
—No pienso disculparme.
—No pedí una disculpa, estaba dando una advertencia.
Acto seguido retomó el caminar, Fer lo siguió solo porque la alternativa era quedarse en medio de la nada, con el corazón acelerado por la manera tan efusiva de reaccionar del hada. Desde que ella lo conocía, muy pocas veces le vio dejarse dominar por una emoción y tal como las otras pocas veces, verlo hacerlo seguía siendo muy impactante.
Mili se desprendió de sus zapatos en algún tramo del camino, Fernanda no y no pensaba hacerlo. A diferencia de la vez anterior, no pensaba permitir que en esta ocasión su estancia en Daha se viera condicionada por las demandas de las hadas, en esta ocasión ella llevaría la voz cantante. Así que entró al castillo de la reina con sus Vans rojas y se preguntó si acaso aquellos serían los primeros zapatos en mucho tiempo en tocar el palacio real, o quizás simplemente los primeros zapatos en entrar a la corte de las Flores en toda la historia de esta. Al menos ella recordaba que en su estancia anterior, cuando fue arrastrada allí para participar del torneo, sus zapatos fueron la primera cosa que perdió.
La reina Beth estaba igual a como la recordaba. Cabello dorado descansando en suaves rizos sobre sus hombros, los cuales estaban desnudos, puesto que usaba un vestido strapless de larga falda hasta los tobillos, hecho en suave tela color melocotón. Estaba sentada en un estrado, con la corona sobre la cabeza, y hablaba con Walden, quien dirigió su vista hacia el grupo que recién ingresaba, y su siguiente reacción Fer no pudo evitarla. Fue consciente de que Doriat y Keveth hacían una reverencia y de que la reina comenzaba a abrir la boca para dirigirse a ellos, pero Fer la ignoró. Caminó directa hacia el estrado, ceño fruncido, ira contenida, y se dirigió a Walden.
—Quiero que me quites esto. —Estiró hacia él la mano que contenía el anillo que fuera un premio del mismo Walden en el pasado torneo. El antiguo lo miró un segundo, el silencio en la sala de audiencias del palacio de la corte de las Flores era profundo. Walden ladeó una sonrisa.
—Tengo tantas cosas que comentar a esto que no sé ni por dónde empezar. Mi reina, ¿usted qué opina? —Las mejillas de la reina Beth estaban coloradas.
—Opino que estoy furiosa.
—No es para menos —concordó Walden, pero él no se veía furioso, solo sonreía mientras miraba a Fer. La reina habló de nuevo, mientras Fer bajaba su mano y la apretaba en un puño.
—Keveth, ¿me recuerdas por qué tengo que soportar todo esto? ¿Me recuerdas por qué es que decidí quitar su castigo a Doriat y a ti y darles otra oportunidad? —Eso llamó la atención de Fernanda, que se giró en redondo hacia las que habían sido sus hadas guías.
—¿Castigo? ¿De qué está hablando? —Doriat parecía un poco aprensivo, Keveth, quien solía llevar su usual cara de póker, en aquel instante era evidente que había decidido lucir furioso, eso Fer podía leerlo con claridad en su rostro y aunque no la miró, dijo.
—Fernanda, por los próximos diez minutos, quiero tu absoluto silencio —suavizó su voz y continuó—. Mi reina, mis más sinceras disculpas. Sabía que nos enfrentaríamos a algo de hostilidad, como bien le comenté antes de que nos diera su permiso a Doriat y a mí de ir al mundo humano, sin embargo, no me esperaba tal altanería. Por otro lado, le reafirmo mi creencia de que Fernanda puede marcar una diferencia en nuestra actual situación, eso claro, una vez encuentre su autocontrol y raciocinio.