Todavía existía una parte racional y lógica en alguna parte de Elliot, pero él estaba haciendo todo lo humanamente posible por acallarla. Esa parte hacía preguntas y planteaba dudas e hipótesis horrendas, pero él no quería escucharlas. Aquello no era Daha y la reina que lo esperaba no era Beth, pero lo cierto era que poco le importaba. Llevaba semanas intentando contactar con las hadas y por fin ellas habían ido por él. Así que pensaba disfrutarlo, como si fuera el afortunado ganador de la lotería, y todas aquellas preguntas las ignoró.
¿Cómo era que la reina de la corte de las Espinas sabía de su existencia? Qué importaba. ¿Por qué había enviado a buscarlo al mundo humano? Qué más daba. ¿Qué interés podía tener en él? El que fuera lo hacía feliz de que existiera. Porque nada más entrar al castillo pudo sentir el cosquilleo de la magia a su alrededor.
Era diferente al que se sentía en el castillo de la reina Beth, aquel era como más intenso y pesado. Pero Elliot lo abrazó como la sensación perdida de un viaje hecho hacía mucho tiempo. Caminó tras Arwin entre pasillos y más hadas. No tenía muy claro qué hacían allí, porque no parecían ser parte del servicio. Quizás fueran amigos de la reina, parte de su corte o lo que sea que fueran.
Cruzaron las puertas de un salón en la parte posterior del castillo, allí estaban reunidas más hadas. Elliot se sorprendió de lo diferentes que eran estas de las hadas de la corte de las Flores. Las hadas allí presentes se veían más siniestras y peligrosas, con cabellos de colores estridentes y atuendos sugerentes. Encajes, cuero, telas muy finas. A diferencia de lo que apreció en Daha, en donde las hadas derrochaban sensualidad elegante, las hadas de aquel reino eran más sugerentes e incluso se atrevería a decir: un poco más sucias, no en un sentido higiénico.
Permanecieron de pie a un lado de la puerta. Al fondo de la sala había un estrado y sobre él se sentaba una mujer. Elliot tuvo que contener un jadeo porque aquella mujer era idéntica a la reina Beth, salvo por un pequeño detalle: el cabello. En donde Beth tenía rizos dorados, la reina Eliza los tenía rojos como una herida sangrante. Sobre su cabeza descansaba una corona de cristal, pero era como si en su interior se hubiera atrapado el humo de un cigarro y un montón de espinas de diferente tamaño. Estaba sentada con la quijada apoyada en la mano derecha y miraba a dos hadas hombres frente a ella, que al parecer presentaban una especie de informe.
—Hasta el momento no ha habido ningún enfrentamiento, mi reina. Pero si las cosas siguen el mismo curso, solo será cuestión de tiempo. La reina Beth no se va a quedar de brazos cruzados y honestamente, alteza, con su respeto, no encuentro motivo suficiente para iniciar un conflicto. La corte de las Espinas y la corte de las Flores firmaron la paz mucho antes de que usted llevara esa corona. —La reina ladeó una sonrisa que a Elliot le resultaba perturbadora, sobre todo porque recordaba las sonrisas de Beth, que eran siempre más dulces, mientras que las de esta reina eran malévolas y algo locas.
—Qué bueno que hayas mencionado eso, Dentory. Ambas cortes firmaron la paz mucho antes de que yo usara esta corona. —La reina miró a los presentes—. Lo que quiere decir que esa no es mi paz y no tengo por qué respetarla. Daha es mucho más grande que Adah. La reina de la corte de las Flores quiere inmiscuirse en nuestros asuntos y eso no lo pienso permitir. Necesita una lección, siempre las ha necesitado y con gusto se la daré. —El tal Dentory hizo una mueca de desagrado, pero aún así parecía que no pensaba seguir cuestionando a su reina.
—Entonces, alteza. ¿Cuál es la orden?
—La misma. —La reina Eliza se examinó las uñas—. Si hay hadas de Daha por los alrededores, invítenlas a una estancia en el reino de Adah. —Mientras lo decía sonreía con malicia, lo que le hacía pensar a Elliot que el término invitar no era realmente lo que aquella reina tenía en mente y, a juzgar por la forma en que las demás hadas ladeaban sonrisas retorcidas, estas también parecían entenderlo—. Que las hadas de Adah sigan incursionando en Daha si gustan y lo mismo con el mundo humano. Nosotros no nos regimos por las reglas de la corona de las Flores. Nos regimos por las de esta corona.
La reina volvió a mirar en derredor, en aquella ocasión Elliot vio cómo Arwin alzaba una mano para captar la atención de la reina, tuvo éxito y al verlos esta sonrió. Se levantó de su silla y con un ademán les invitó a acercarse. Elliot y Arwin obedecieron, una vez frente a ella Elliot dejó a la chica gótica en el suelo, ofreciéndola como si fuera una ofrenda, fue Arwin la primera en hablar.
—Su majestad. Siguiendo sus órdenes, me interné en el mundo humano y encontré al espécimen que usted deseaba. Lo traigo hoy ante su presencia, asimismo él le ofrece este humilde obsequio. —La reina examinó a la chica en el suelo, luego chasqueó los dedos. Dos hadas masculinas acudieron a su llamado.
—Lleven a la humana a El Humano Ahogado. Les alegrará esta nueva adquisición.
Las hadas obedecieron y cargaron con la chica. Por un segundo Elliot sintió un ligero pesar al ver cómo una chica cuyo nombre no sabía era arrastrada a las entrañas de un mundo desconocido y a un lugar que llamaban El Humano Ahogado, estuvo a punto de arrepentirse de haberla llevado hasta allí e incluso comenzó a abrir la boca para decir algo, pero entonces la reina Eliza centró su atención en él, y la intención desapareció.
—Sé que no es solo Dentory quien piensa que no debo provocar al reino Daha y la corte de las Flores, y lo comprendo, pero no lo comparto. Merecemos más tierras y merecemos vivir al margen de ellos. Por sobre todo, mi hermana necesita bajarse de la nubecita en que la corona de las Flores la montó. Ustedes creen que no tenemos oportunidad en una guerra contra Daha. Después de todo contamos con la misma fuerza, el mismo poder. Pero ustedes no saben algo que yo sé. —La reina hizo una pausa, sonriendo con seguridad y malicia—. Yo tengo algo que Beth no tiene. Tengo, de hecho, dos cosas que ella no tiene. No necesitan saber de qué se trata, solo deben saber que es todo lo que necesitamos para vencer. Una de esas cosas está aquí, frente a nosotros.