La senda de las Espinas [la senda #2]

3

Parecía que el sistema de vida de las hadas no era muy distinto del humano. Por supuesto, Elliot no se atrevió a verbalizar ese pensamiento, estaba seguro de que, de atreverse a hacerlo, Arwin no dudaría en hacerle alguna maldad, porque hasta donde podía ver parecía que existían millones de opciones para ello en la ciudad de Espinas.

Aquella ciudad tenía locales de ropa, cosméticos, alimentos y bares, muchos bares. Había sitios para bailar, para comer o solo para pasar el rato en pequeñas batallas mágicas, las cuales eran impresionantes. Arwin lo dejó presenciar un par de aquellas batallas en donde solo se permitía usar la magia y nada más. A veces no se podían apreciar porque los ataques eran invisibles, por lo que la gracia y astucia del rival estaba en prevenirlos o contraatacar a tiempo.

Luego de las batallas fueron por algo de comida. A diferencia de Daha, en aquel lugar la comida era muy distinta. Las frutas eran oscuras y de sabores fuertes, además ellos comían algo que en el reino de Daha no comían: carne.

Arwin pidió un asado de conejo y una variedad de salsas con las que aderezó la cena. Elliot trataba de controlarse, recordando el entrenamiento que Nissa le había dado en Daha, pero cada vez se le hacía más difícil. Era como si el conejo hubiera despertado un hambre inhumana en él que no podía controlar. Estaba chupándose el pulgar izquierdo cuando Arwin dejó salir una carcajada. Elliot la miró y no pudo evitar sorprenderse al verla. Por la comisura de la boca le chorreaba un hilo de salsa y sus dedos estaban embadurnados de la misma.

—Deja de controlarte —ella dijo con lo que él pensó era una especie de ronroneo—. No tienes que pensar cada bocado, solo... disfrútalo —dicho eso, ella atacó su pierna de conejo, de una forma que hubiera hecho enfadar a Nissa.

Pero por otro lado estaba hambriento y a cada segundo se volvía peor, así que pronto siguió el consejo del hada de cabellos verdes. Podía sentir la salsa chorreando por su barbilla, embadurnando sus dedos y gotas de salsa y sangre salpicando su camisa blanca. Cuando terminaron el conejo, Arwin dijo que era momento de una ducha. No fue lo que Elliot se imaginaba.

En vez de regresar al apartamento de Arwin, se internaron más en la ciudad. Luego viraron y caminaron unos cuantos minutos más. Comenzaron a salir de la ciudad y los establecimientos y locales comenzaron a disminuir. El sol estaba desapareciendo y ese hecho fascinaba y aterrorizaba de igual manera a Elliot. Porque aquel reino a plena luz del día era extraño y oscuro, pero con la noche cayendo casi parecía la postal de una ciudad gótica llena de monstruos, y quizás lo fuera.

Llegaron a su destino, el cual resultaba ser un lago que ya contaba con algunos bañistas. Algunas hadas se bañaban con su ropa, otras se habían desprendido de cualquier prenda que consideraran un estorbo. Arwin le dijo que hiciera lo que gustara mientras se sacaba su vestido de encaje verde y se metía en el lago. Elliot optó por quitarse su chaqueta y playera, pero conservó los pantalones.

El agua era tibia, a diferencia de lo que él había creído en primer lugar. Se hundió por completo en el agua para quitarse la salsa que le tenía pegajosa parte del rostro y, al salir de nuevo a la superficie, captó que Arwin lo observaba con una sonrisa que él no lograba definir. El cabello se le oscureció por el agua y sus ojos parecían brillar a la luz de las estrellas. Las risas flotaban por toda la zona y, aunque en un principio pensara que todo en aquel lugar era demasiado oscuro y estrambótico, sentía como si comenzara a entenderlo, a apropiarse de él. Arwin miró más allá de él entonces y fue como si una sombra cruzara su rostro. Segundos después chapotearon cerca de ellos.

—Tanto tiempo sin verte, mi querida Arwin. ¿Cómo lo llevas? —Había un tono de falsa condescendencia en la voz femenina y Elliot supo que la dueña lo hacía a propósito. Muy difícilmente un hada no controlaba cada tono y palabra que deseaba transmitir. Arwin esbozó una sonrisa, tan falsa como el tono de voz de su interlocutora.

—Te contestaría, pero no veo por qué eso deba ser de tu incumbencia. —Se acercó hasta ellos un hada de cabellos púrpuras que, a causa del agua, se veían más oscuros de lo que deberían verse en estado seco. Elliot no pudo evitar maravillarse. Aquellas hadas eran tan distintas a las que él conoció y aun así no tenían nada que envidiarles a las otras.

—Oh, pero qué descortés. Solo me interesaba tu situación. —Fue en aquel momento en que el hada reparó en la presencia de Elliot, se volvió hacia él, el agua llegándole a la altura del pecho y los ojos centelleantes de diversión—. ¿Quién te acompaña esta noche? —Arwin intentó controlar su expresión, pero por unos segundos Elliot pudo ver la molestia y preocupación a partes iguales dibujadas en sus facciones.

—Forma parte de una tarea real que me encomendó la reina Eliza, nada que deba interesarte. —La otra hada se volvió hacia Arwin, una ceja alzada.

—¿Por qué la reina te daría una tarea después de lo que hiciste? Hay algo que no me estás diciendo, quisiera saber qué. —Elliot sabía que debía permanecer pasivo, intentando casi parecer invisible en aquel mundo, pero un recuerdo le vino a la mente. El recuerdo de Fernanda plantada frente a toda la corte de las Flores rechazando su premio. A pesar de que estaba seguro de que, de haber estado en su posición, él jamás hubiera rechazado a las hadas, no se podía negar que Fernanda había sido muy valiente al hacer aquello. Así que él se irguió todo cuanto pudo y comentó:




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